Las Huellas Del Hombre Muerto
- Автор: Джеймс Питер
- Серия: Detective Comisario Roy Grace #4
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Las Huellas Del Hombre Muerto». Краткое содержание книги:
Una bandera estadounidense sobresalía inclinada de los cascotes, como si alguien acabara de conquistar el lugar.
Reinaba un caos total y absoluto.
Era perfecto, pensó Ronnie.
Giró la cabeza. La larga fila de personas se extendía, infinita, detrás de él. Salió de ella, dejó que continuara su camino y siguió alejándose. Luego, disimuladamente, y un poco arrepentido, dejó caer el móvil entre los escombros y lo hundió. Lo pisoteó y avanzó unos pasos. Sacó la cartera de la chaqueta y la revisó, retiró los billetes y se los guardó en el bolsillo trasero de los vaqueros.
Dejó dentro sus cinco tarjetas de crédito, su tarjeta de socio del RAC, su tarjeta de socio del Club del motor de Brighton y Hove y, después de pensarlo unos momentos, también su carné de conducir.
Sin estar seguro de si aquí podía fumar o no, se puso discretamente un cigarrillo entre los labios, sacó el encendedor y protegió la llama con las manos. Pero en lugar de prender el pitillo, comenzó a quemar las esquinas de la cartera. Luego también la dejó caer entre los escombros y la pisoteó, con fuerza.
Entonces se encendió el cigarrillo y fumó agradecido. Cuando se lo acabó, se agachó y cogió la cartera. Luego volvió sobre sus pasos y recogió el móvil. Los llevó hasta uno de los depósitos provisionales para los objetos recuperados.
– He encontrado esto -dijo.
– Échalo en la bolsa. Se revisará todo -le dijo una mujer policía.
– Puede que ayuden a identificar a alguien -explicó, para asegurarse.
– Para eso estamos aquí -le tranquilizó ella-. Tenemos muchos desaparecidos desde el martes. Muchos.
Ronnie asintió.
– Sí. -Luego, para asegurarse otra vez, señaló la bolsa-. ¿Alguien va a registrarlo todo?
– Por supuesto. Va a registrarse todo, cielo. Cada artículo, cada zapato, cada hebilla de cinturón. Cualquier cosa que encuentres nos la traes. Todos tenemos familiares ahí… En alguna parte -contestó la policía, señalando ampliamente la devastación que se extendía ante ellos-. Todas las personas de esta ciudad tienen a un ser querido aquí.
Ronnie asintió con la cabeza y se alejó. Había sido mucho más fácil de lo que pensaba.
72
Octubre de 2007
– Aquí -dijo Abby-. Justo después de la farola de la izquierda. -Volvió a mirar hacia atrás por el parabrisas trasero. Ni rastro del coche de Ricky o de él. Pero era posible que hubiera tomado un camino más rápido, pensó-. ¿Podría seguir, girar a la izquierda y dar la vuelta al edificio, por favor?
El taxista obedeció. Era una zona residencial tranquila, cerca del Eastbourne College. Abby escudriñó con detenimiento las calles y coches aparcados. Aliviada, vio que no había rastro del coche de alquiler de Ricky ni de él.
El conductor la llevó de nuevo a la calle ancha de casas pareadas de ladrillo rojo, al final de la cual estaba el bloque de pisos bajos de los años sesenta, totalmente atípico en esta zona, donde vivía su madre. Había sido construido con materiales baratos y cuatro décadas de ráfagas de vientos salados del Canal lo habían transformado en una monstruosidad.
El taxista aparcó en doble fila junto a un Volvo familiar. El taxímetro marcaba treinta y cuatro libras. Le dio al conductor dos billetes de veinte.
– Necesito su ayuda -dijo-. Voy a darle esto ahora para que sepa que no voy a irme sin pagar. No me devuelva el cambio, quiero que deje en marcha el taxímetro.
El hombre asintió, lanzándole una mirada de preocupación. Ella volvió a mirar atrás, pero seguía sin estar segura.
– Voy a entrar en el edificio. Si no salgo dentro de cinco minutos, ¿de acuerdo?, cinco minutos exactos, quiero que marque el 091 y le diga a la policía que venga. Diga que me están atacando.
– ¿Quiere que entre con usted?
– No, estoy bien, gracias.
– ¿Tiene problemas con su novio? ¿Su marido?
– Sí. -Abrió la puerta, se bajó y volvió a examinar la calle-. Voy a darle mi número de móvil. Si ve un Ford Focus gris, de cuatro puertas, limpio, con un tipo dentro con una gorra de béisbol, llámeme enseguida.
El hombre tardó unos momentos agónicos en encontrar su bolígrafo. Luego, con la mayor lentitud con que había visto escribir a alguien, comenzó a anotar los números.
En cuanto terminó, Abby corrió hacia la puerta de entrada del edificio, la abrió y entró en el sombrío vestíbulo comunitario. Era extraño volver a estar aquí; nada parecía haber cambiado. El linóleo del suelo, que tenía pinta de estar allí desde que se construyó el edificio, lucía inmaculado, como siempre, y la correspondencia y quizá también los mismos folletos de pizzas, comida china, tailandesa e india abarrotaban varios de los mismos casilleros metálicos. Percibió una peste intensa a abrillantador y verduras hervidas.
Miró el buzón de su madre para ver si lo habían vaciado y vio consternada varios sobres atascados, como si no quedara más espacio dentro. Uno de ellos, que casi estaba colgando, era un recordatorio para renovar la licencia de televisión por satélite.
El correo era uno de los momentos estelares del día para su madre. Era una fanática de los concursos, estaba suscrita a varias revistas que los contenían, y siempre se le habían dado muy bien. Diversos regalos de la infancia de Abby e incluso vacaciones habían salido de concursos que había ganado y ahora la mitad de las cosas que poseía su madre eran premios.
¿Por qué no había recogido el correo, entonces?
Con el corazón en la boca, Abby recorrió deprisa el pasillo hasta la puerta del piso de su madre al final del edificio. Oía el sonido de un televisor en otro apartamento arriba en algún lugar. Llamó a la puerta, luego abrió con su llave sin esperar respuesta.
– ¡Hola, mamá!
Oyó unas voces. El parte meteorológico.
Alzó la voz.
– ¡Mamá!
Dios mío, qué extraño era. Hacía más de dos años que no estaba aquí. Era muy consciente de la impresión que se llevaría su madre, pero ahora no podía preocuparse por eso.
– ¿Abby? -La voz de su madre parecía totalmente asombrada.
Corrió adentro, atravesando el pequeño vestíbulo hasta e salón, sin apenas notar el olor a cerrado y humedad. Su madre estaba en el sofá, flaca como un palillo, el pelo lacio y más gris de lo que recordaba. Llevaba una bata de flores y unas zapatillas con pompones. Sobre las rodillas tenía una bandeja con rosas dibujadas que Abby recordaba de su infancia. Encima había una lata de arroz con leche.
En el suelo enmoquetado había esparcidas hojas con concursos arrancadas de periódicos y revistas, y en el televisor Sony de pantalla ancha, que Abby recordó que su madre había ganado, estaban puestas las noticias del tiempo del mediodía. El aparato descansaba encima de un mueble-bar metálico, otro premio.
La bandeja cayó al suelo cuando su madre se sobresaltó, parecía que hubiera visto un fantasma.
Abby cruzó la habitación corriendo y echó los brazos al cuello de su madre.
– Te quiero, madre -dijo-. Te quiero muchísimo.
Mary Dawson siempre había sido una mujer menuda, pero ahora aún lo parecía más de lo que recordaba, como si hubiera encogido durante estos dos últimos años. Aunque seguía teniendo un rostro hermoso, con unos ojos azul claro preciosos, estaba más arrugada que la última vez que la había visto. La abrazó con fuerza, las lágrimas rodaron por su cara y mojaron el pelo de su madre, que olía a sucio, pero olía a su madre.
Después de que su padre falleciera de cáncer de próstata, una muerte horrible pero rápida gracias a Dios, Abby albergó la esperanza de que su madre encontrara a alguien. Pero cuando le diagnosticaran la enfermedad, esa esperanza se desvaneció.