Электронная книга - «Un asesinato musical». Краткое содержание книги:
– ¡Dos veces! -insistió Eli-. ¿Quieres que lo retengamos?
– De momento, sí -dijo Michael pensativo. Trató de reprimir el sorprendente desengaño que le inspiraban los resultados de Izzy-. Puedes ponerte con él ya mismo, yo me voy a hablar con Balilty y luego vuelvo. Empieza tú, los demás no tardarán en volver del lugar de los hechos, enseguida llegarán refuerzos.
Pasada la una de la mañana, Michael llegó a casa de Nita. Todas las luces estaban encendidas. Se inclinó sobre la niña, dormida en el cochecito y se dio cuenta de que no tardaría en quedársele pequeño. Había crecido tanto durante el último mes que pronto sería necesario trasladarla a una cuna, incluso cuando estuviera en casa de Nita. Recordó de pronto que no había llamado a su hermana Yvette. Tal vez había sido mejor así, pues resultó que Dalit, la policía, había localizado y hecho venir a una chica etíope de resplandeciente sonrisa que estaba dispuesta a quedarse de interna para cuidar a los niños. En los ojos de Dalit relucía el orgullo, la conciencia de saberse indispensable, cuando se apresuró a explicar cómo había dado con la chica. Supo de la existencia de la etíope, que se llamaba Sara, por casualidad, y se enteró de que estaba libre hasta el comienzo del curso universitario. También por casualidad, Dalit estaba al tanto de las virtudes de Sara, que había trabajado de ayudante en la guardería Wizo, donde los niños la adoraban. Y sabía asimismo que Sara estaba buscando casa y que no tenía dinero.
En pie junto a la cuna de Ido, Balilty cabeceaba.
– Es imposible hablar con ella, con tu amiga. Dice que no está segura, que no recuerda. Puede que siga bajo los efectos del sedante que le dio el médico. Si continúa así, tendremos que llamar a otro médico. Me da la impresión de que está a punto de perder la cabeza. He pensado en pedir ayuda a Elroi.
– ¿Qué hay de las cuerdas? -preguntó Michael-. Lo demás no es tan urgente.
– Ahí está el problema -Balilty escudriñaba las baldosas del suelo-. No lo recuerda, y su hermano dice no saber nada. Ella no se comunica. Theo justo al revés. Si le das cuerda luego no hay manera de que se calle. Pero inténtalo tú con ella, sólo para ponerla en situación, lo básico. Luego hablamos.
– ¿Estás partiendo de la base de que ha sido la misma persona en los dos casos? -preguntó Michael.
– ¿Con qué me vienes ahora? ¿Crees que, así, por casualidad, dos personas distintas iban a matar a dos miembros de la misma familia en un periodo de tiempo tan corto? ¡No me hagas reír! -dijo Balilty, y luego preguntó qué había resultado del interrogatorio de Izzy.
En ese momento se abrió la puerta del dormitorio y apareció Dalit, una figura delgada en vaqueros. Cruzó los brazos bajo los pequeños senos y se reclinó, posando, contra el marco de la puerta.
– ¿Sí? -dijo Michael.
– Pensaba que querrían… ponerme al día -dijo con una mezcla de vehemencia y vulnerabilidad, y se pasó una titubeante mano por el rubio cabello corto.
– Enseguida -dijo Balilty-. De momento, puedes preparar otra ronda de cafés.
– Su niña se ha despertado -anunció ella con una sonrisa forzada.
– Tengo que prepararle el biberón -dijo Michael. Y a Balilty-: Acompáñame a la cocina. Podemos seguir hablando allí.
– Ya los he preparado yo -dijo Dalit-. Dos biberones.
Michael le preguntó cómo, siendo tan joven, sabía preparar biberones.
– Nita me ha explicado cómo se hace -respondió Dalit con desenvoltura.
– No sé qué habríamos hecho sin ella -comentó Balilty admirativamente-. Esta chica es un tesoro.
– Tenemos cuidadora para los niños -dijo Michael en tono animoso a la vez que se sentaba en la cama de matrimonio donde reposaba Nita y le acariciaba la mano.
Estaban solos por primera vez desde el descubrimiento del cadáver. Cuando al fin Nita despegó los labios, su voz sonó ronca, como si hubiera pasado horas desgañitándose. Con los ojos fijos en la alfombra azul de pie de cama, musitó:
– Es como despertarse sobresaltado una y otra vez de una pesadilla. Como si estuviera haciéndose realidad.
Michael no comprendió de qué le hablaba y no dijo nada. Nita frotó el borde del edredón con la mano libre, sin retirar la vista de la alfombra.
– ¿Quieres saber qué me resultó más difícil en el primer momento? -preguntó.
Michael asintió con un gesto. Ella alzó la cabeza y estudió la expresión de Michael, como para asegurarse de que realmente quería saberlo. Antes de volver a posar la vista en la alfombra, le advirtió:
– Lo que te voy a contar es espantoso -él redobló la presión sobre su mano-. No te lo había contado. No podía contártelo. No sabía cómo expresarlo. Ahora ya lo sé. Es algo que me ha atormentado durante mucho tiempo, durante meses, todos los días, casi a todas horas, minuto a minuto a veces, sobre todo hasta que nació Ido, pero después también. Una imagen recurrente, una pesadilla recurrente, una especie de visión que nunca me abandonaba, ni dormida ni despierta. Era como ver una película. La tenía ante los ojos todo el rato.
Se quedó callada. Su mano, en la de Michael, estaba fría, pegajosa. Michael no se movió. Tras unos segundos de silencio, Nita dijo:
– Era la imagen de mi cabeza cortada. Me veía sujetando los extremos de una cuerda con las manos. Me la llevaba a la parte de arriba del cuello y tiraba con todas mis fuerzas. Luego veía cómo me cortaba el cuello. Era como si me desdoblara. Era la persona decapitada y, a la vez, la que decapitaba. La sangre comenzaba a manar, regueros de sangre, ríos de sangre, y mi cabeza se desprendía -se tragó un sollozo y quedó en silencio.
Michael inclinó la cabeza y cerró los ojos. Se estremeció. Abrió los ojos y la miró. Nita estaba inmóvil. Sus ojos seguían fijos en la alfombra azul, como si a ella hubieran afluido los regueros y ríos de sangre.
– Probablemente tiene algo que ver con la sensación de haber sido una imbécil, de merecer un castigo. Como si la estúpida cabeza mereciera que la cortaran por ser tan crédula a pesar de todo lo que sabía.
– Por eso dejaste de tocar durante tanto tiempo -Michael expresó en un susurro lo que acababa de comprender. Le dio la impresión de que lo decía a gritos.
– Por eso no tocaba -corroboró Nita-. Todos creían que estaba deprimida por el desengaño amoroso. Pero no era eso, sino que tenía miedo. ¡Me moría por tocar! No sabes cómo… Pero en cuanto veía el chelo, veía las cuerdas, y al verlas pensaba en la cabeza cortada, y eso acababa con el placer de la música. Ese miedo me ha echado a perder la música.
Conmovido, horrorizado, Michael se oyó decir:
– ¿Por qué no me lo has contado antes?
– No podía. Aun antes de conocerte empecé a… pensé que me estaba librando de esa imagen. Luego, al aparecer tú, las cosas mejoraron. Cuando mi padre… cuando mi padre murió, comenzó a acosarme de nuevo. Pero me dije que desaparecería por sí sola. No podía, no podía expresarlo con palabras -alegó-. Era algo tan nítido y real que…
Michael soltó la mano de Nita y la miró: el tinte amarillento de su piel, los ojos hundidos en las cuencas, las oscuras medias lunas bajo los iris gris azulados perfilados en negro, la suave luz que la envolvía. Tenía los labios trémulos, profundas arrugas marcaban las comisuras de su boca. Una sombra retinta anegaba sus mejillas chupadas. Sólo le temblaba la barbilla. El resto de su rostro parecía tan apretado como un puño.
– Y hoy -susurró Nita-, al ver a Gabi, no ha sido sólo que Gabi… que Gabi… que ya no iba a tenerlo a mi lado, eso todavía no he empezado a asimilarlo; ni tampoco que la imagen que he visto no es como para olvidarla; además de todo eso, me dio la impresión de que estaba viéndome a mí misma en el suelo. De que me habían plagiado la imagen, esa visión de la que nunca había hablado a nadie. Pero, de alguna manera, alguien estaba enterado de la imagen y la hizo realidad en Gabi en lugar de en mí. Por error. Lo de Gabi ha sido un error -Nita levantó la cabeza, se inclinó hacia Michael y lo miró a los ojos-: ¡Yo debería haber estado ahí tirada, con la garganta abierta! ¡Yo y no Gabi! -Michael volvió a tomarle la mano y sintió que las suyas se enfriaban. El terror crecía en él minuto a minuto-. Así, de pronto, vi cómo era en realidad. Qué habría ocurrido si lo hubiera hecho en realidad. Creo… me siento como si le hubiera enseñado a alguien a hacerlo. O… o como si lo hubiera hecho yo.