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Hombres de armas [Men at Arms - es]

Электронная книга - «Hombres de armas [Men at Arms - es]». Краткое содержание книги:

“¡Sé un HOMBRE en la Guardia de la Ciudad! ¡La Guardia de la Ciudad necesita HOMBRES!”
Hasta ahora, sin embargo, la Guardia Nocturna solo cuenta con el cabo Zanahoria (técnicamente un enano), el agente Cuddy (realmente un enano), el agente Detritus (un troll), la agente Angua (una mujer… la mayor parte del tiempo) y el cabo Nobbs (descalifica do de la carrera evolutiva por hacer trampas).
Y necesitan toda la ayuda que puedan conseguir. Porque hay un asesino suelto en las calles, con un arma nueva y mortífera y, lo más peligroso, un PLAN para devolver a la ciudad de Ankh-Morpork su grandeza perdida. Además, el misterio debe resolverse antes del mediodía, cuando el capitán Vimes devolverá su placa y se casará con la mujer más rica de la ciudad. Comparado con lo que les viene ahora, acabar con aquel dragón que atacó la ciudad hace un tiempo resultó fácil, ¡enfrentarse a un ejército de enanos sería más fácil! Y si la tarea es incluso complicada para un cuerpo de vigilancia normal, para la Guardia Nocturna puede convertirse en un quebradero de cabeza… literalmente.
Una espléndida novela de acción, misterio y humor, Hombres de armas es la decimoquinta entrega de la conocida serie Mundodisco.
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—Oh, sí, nos iremos ahora mismo, porque todo ha quedado aclarado —dijo Nobby—. ¿Has oído eso, Cuddy?

—¿El qué, lo de que todo ha quedado aclarado? —dijo Cuddy—. Oh, sí. Bueno, pues en ese caso supongo que podemos irnos. ¿Estás de acuerdo, Detritus?

Detritus estaba contemplando lúgubremente la nada con los nudillos apoyados en el suelo. Aquella era la postura normal para un troll mientras esperaba la llegada del próximo pensamiento.

Las sílabas de su nombre hicieron que una neurona iniciara una nerviosa actividad dentro del cerebro de Detritus.

—¿Qué? —dijo.

Todo ha quedado aclarado.

—¿El qué?

—Ya sabes… la muerte del señor Martillogrande y todo lo demás.

—¿Sí?

—¡Sí!

—Oh.

Detritus estuvo meditando en ello durante unos momentos, asintió y luego volvió a adoptar cualquiera que fuese el estado mental que ocupaba normalmente.

Otra neurona emitió una tenue descarga.

—Claro —dijo.

Cuddy lo contempló durante unos momentos sin decir nada.

—Bueno, pues eso es todo —dijo con tristeza—. Eso es todo lo que vamos a conseguir.

—No tardaré mucho en volver —dijo Zanahoria—. ¿Vamos a…? Joey, ¿verdad? ¿Doctor Carablanca?

—Supongo que no hay ningún mal en ello —dijo el doctor Carablanca—. Muy bien. Enséñale al cabo Zanahoria todo lo que quiera ver, Boffo.

—Bien, señor —dijo el pequeño payaso.

—Eso de ser un payaso tiene que resultar un trabajo muy divertido —dijo Zanahoria.

—¿Tiene que serlo?

—Montones de bromas y chistes, quiero decir.

Boffo miró a Zanahoria como si no supiera qué responder a eso.

—Bueno… —dijo finalmente—. Tiene sus momentos…

—Apuesto a que los tiene. Sí, apuesto a que los tiene.

—¿Sueles estar de guardia en la puerta, Boffo? —preguntó Zanahoria afablemente mientras iban por el Gremio de Bufones.

—¡Uh! Prácticamente todo el tiempo, sí —dijo Boffo.

—¿Y cuándo vino a visitar exactamente a Beano ese amigo suyo, ya sabes, el Asesino?

—Oh, así que sabes lo de ese amigo suyo —dijo Boffo.

—Oh, sí —dijo Zanahoria.

—Pues hará cosa de unos diez días —dijo Boffo—. Es por aquí, más allá del alcance de los pasteles.

—Había olvidado el nombre de Beano, pero conocía la habitación. No conocía el número, pero fue directamente a ella —siguió diciendo Zanahoria.

—Eso es. Supongo que el doctor Carablanca te lo contó —dijo Boffo.

—He hablado con el doctor Carablanca —dijo Zanahoria.

Angua tenía la sensación de que estaba empezando a entender la manera en que Zanahoria hacía preguntas. Las hacía no haciéndolas. Se limitaba a decirle a las personas lo que pensaba o sospechaba, y entonces las personas se encontraban añadiendo los detalles en un intento de no quedarse atrás. Y, en realidad, Zanahoria nunca llegaba a decir ni una sola mentira.

Boffo abrió una puerta y se dedicó a encender una vela.

—Bueno, pues aquí estamos —dijo—. Cuando no estoy en la jodida puerta, me encargo de esto.

—Dioses —musitó Angua—. Es horrible.

—Es muy interesante —dijo Zanahoria.

—Es histórico —dijo Boffo el payaso.

—Todas esas cabecitas…

Las caras diminutas de payaso se perdían a lo lejos bajo la luz de la vela, estante tras estante de ellas; como si de pronto una tribu de cazadores de cabezas hubiera desarrollado un sofisticado sentido del humor y un deseo de hacer que el mundo fuera un sitio mejor.

—Huevos —dijo Zanahoria—. Huevos de gallina normales y corrientes. Lo que haces es coger un huevo de gallina, y luego abres un agujerito en cada extremo del huevo y soplas hasta que todo lo de dentro se haya salido, y entonces un payaso pinta su maquillaje encima del huevo y ese es su maquillaje oficial, y ningún otro payaso puede usarlo. Eso es muy importante. Algunas caras llevan generaciones en la misma familia. Una cosa muy valiosa, la cara de un payaso. ¿No es así, Boffo?

El payaso lo estaba mirando.

—¿Cómo sabes todo eso?

—Lo leí en un libro.

Angua cogió un huevo antiguo. Había una etiqueta colgando de él y en la etiqueta había una docena de nombres, todos ellos tachados excepto el último. La tinta de los primeros nombres se había ido desvaneciendo hasta casi desaparecer. Angua volvió a dejar el huevo en su sitio y se limpió la mano en la túnica sin darse cuenta de lo que hacía.

—¿Qué ocurre si un payaso quiere utilizar la cara de otro payaso? —preguntó.

—Oh, comparamos todos los huevos nuevos con los que ya hay en los estantes —dijo Boffo—. No está permitido.

Anduvieron entre pasillos de caras. Angua imaginó que oía el chasquear líquido de un millón de pantalones llenos de nata y los ecos de mil narices que soltaban bocinazos y de un millón de sonrisas en rostros que no estaban sonriendo. Hacia la mitad de la estancia había una alcoba que contenía un escritorio y una silla, un estante lleno de libros viejos y grandes, y un banco de trabajo cubierto de botes de pintura seca, tiras de crines de distintos colores, lentejuelas y demás adminículos propios del arte especializado del pintor de huevos. Zanahoria cogió una pequeña mecha de crin coloreada y la hizo girar pensativamente entre sus dedos.

—Pero supongamos —dijo— que un payaso, y me estoy refiriendo a un payaso que ya tiene su propia cara… supongamos que ese payaso utilizara la cara de otro payaso. ¿Qué pasaría entonces?

—¿Cómo dices? —preguntó Boffo.

—Supongamos que tú utilizaras el maquillaje de otro payaso, por ejemplo —dijo Angua.

—Oh, eso es algo que ocurre continuamente —dijo Boffo—. La gente siempre se está cogiendo prestada la torta…

—¿La torta? —dijo Angua.

—El maquillaje —tradujo Zanahoria—. No, Boffo, creo que lo que está preguntando la guardia interina es: ¿podría un payaso maquillarse de tal manera que pareciese otro payaso?

La frente de Boffo se llenó de arrugas, como alguien que está haciendo un gran esfuerzo para entender una pregunta imposible.

—¿Disculpa?

—¿Dónde está el huevo de Beano, Boffo?

—Aquí en el escritorio —dijo Boffo—. Si quieres, puedes echarle una mirada.

Le entregó un huevo. Tenía una fláccida nariz roja y una peluca roja. Angua vio cómo Zanahoria lo levantaba hacia la luz y se sacaba un par de hebras rojas del bolsillo.

—Pero —dijo, haciendo un nuevo intento de conseguir que Boffo lo entendiera—, ¿no podrías despertar una mañana y ponerte maquillaje de tal manera que parecieses un payaso distinto?

Boffo la miró. Su expresión resultaba bastante difícil de distinguir bajo aquella boca de comisuras permanentemente inclinabas hacia abajo, pero por lo que Angua pudo ver de ella bien podía haberle sugerido que llevara a cabo cierto acto sexual con una gallinita.

—¿Cómo iba a poder hacer eso? —preguntó—. Entonces no sería yo.

—Pero ¿otra persona podría hacerlo?

El ojal de la solapa de Boffo soltó un chorrito.

—No tengo por qué escuchar esta clase de obscenidades, señorita.

—Lo que estás diciendo, entonces —dijo Zanahoria—, es que ningún payaso se maquillaría nunca la cara con el diseño de otro payaso, ¿verdad?

—¡Ya estamos otra vez!

—Sí, pero quizá, a veces por accidente un payaso muy joven tal vez podría…

—Mira, somos gente decente, ¿de acuerdo?

—Lo siento —dijo Zanahoria—. Me parece que ya lo he entendido. Pero… cuando encontramos al pobre señor Beano, no llevaba puesta su peluca, pero una cosa así podría habérsele desprendido fácilmente de la cabeza en el río. Su nariz, en cambio… Tú le dijiste al sargento Colon que alguien se había llevado su nariz. Su verdadera nariz. ¿Podrías —dijo Zanahoria, empleando el tono lleno de afabilidad de alguien que le está hablando al tonto de un pueblo— señalarnos tu verdadera nariz, Boffo?

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