El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Los caballos fueron avanzando esquivando enormes troncos de árboles que se erigían como columnas en el cieno. Tanto Kahlan como Richard tuvieron que ir apartando de su camino enredaderas y masas de musgo. Al cruzar una zona del pantano donde las aguas no eran tan profundas, la punta de la espada quedó en el aire y las serpientes regresaron al instante. Richard se inclinó para hundirla de nuevo, y las serpientes huyeron otra vez. El joven se preguntó qué ocurriría al alcanzar terreno seco. ¿Conseguiría la magia de la espada que se quedaran en el agua? Aquellas serpientes podían causarles tantos problemas como los canes corazón.
Al trepar a la isla, el agua se escurrió por los flancos del caballo de Kahlan. En el punto más alto —una pequeña elevación en el centro de la isla, donde la tierra estaba seca— crecían álamos, mientras que en el borde del agua había cedros, aunque en su mayor parte estaba cubierta por carrizos y algunos lirios. Para ver qué pasaba, Richard retiró la espada del agua antes de lo necesario, y las serpientes se lanzaron hacia él. Al salir del agua algunas se dieron la vuelta y se marcharon nadando y otras se quedaron en el borde del agua, acechando. Pero ninguna se aventuró a terreno seco.
Era casi de noche. Richard tendió a Zedd y a Chase junto a los álamos. A continuación sacó un trozo de lona de las mochilas y construyó un pequeño refugio sujetándolo entre los árboles. Todo estaba húmedo pero, como no soplaba el viento, la improvisada tienda evitaba que la lluvia los mojara. Encender fuego era imposible, ya que toda la leña que había por allí estaba completamente empapada. Al menos no hacía frío. Las ranas no cesaban de croar en la húmeda oscuridad. Richard colocó un par de velas sobre un trozo de madera, para que al menos tuvieran un poco de luz en el refugio.
Juntos examinaron a Zedd. El mago no presentaba heridas pero continuaba inconsciente. El estado de Chase tampoco había mejorado.
—No es buena señal que un mago cierre de este modo los ojos —comentó Kahlan, mientras acariciaba la frente del anciano—. No sé cómo puedo ayudarlos.
—Yo tampoco —replicó el joven, sacudiendo la cabeza—. Al menos, podemos alegrarnos de que no tengan fiebre. Tal vez encontremos un curandero en Puerto Sur. Voy a hacer unas parihuelas que los caballos puedan arrastrar. Creo que será mejor esto que volverlos a atar a las monturas, como hoy.
Kahlan cubrió a sus amigos con dos mantas más para mantenerlos calientes, tras lo cual ella y Richard se sentaron uno junto al otro, cerca de las velas. La lluvia goteaba a su alrededor. En la oscuridad ojos amarillos los acechaban desde la vereda, entre los árboles. Los ojos se movían cuando los canes corazón caminaban inquietos de un lado a otro. De vez en cuando, Richard y Kahlan oían sus frustrados aullidos, y vigilaban a sus perseguidores por encima de las negras aguas.
—Me pregunto por qué no nos habrán seguido —comentó Kahlan, sin quitar ojo a los brillantes ojos.
—Creo que tienen miedo de las serpientes —replicó Richard, al tiempo que lanzaba a la mujer una mirada de soslayo.
Ésta se puso de pie de un salto y escrutó rápidamente la isla.
—¿Serpientes? ¿Qué serpientes? No me gustan las serpientes —dijo precipitadamente.
—Grandes serpientes de agua. —Richard levantó la vista hacia ella—. Se marcharon cuando introduje la espada en el agua. No creo que debamos preocuparnos; al llegar a terreno seco dejaron de seguirnos. Aquí estamos seguros.
Kahlan miró a su alrededor con recelo, se abrigó mejor con la capa y después volvió a sentarse, esta vez más cerca de él.
—Podrías haberme avisado —le recriminó, ceñuda.
—No lo supe hasta que las vi, y los canes nos pisaban los talones. No teníamos elección y, además, no sabía que las serpientes te dan miedo.
Kahlan no dijo nada más. El joven sacó una gran salchicha y una hogaza de pan seco, la última que les quedaba. Acto seguido partió la hogaza por la mitad, cortó la salchicha en trozos y ofreció algunos a Kahlan. Ambos sostuvieron una taza de hojalata bajo el agua de lluvia que goteaba de la lona. Comieron en silencio, atentos a cualquier signo de peligro a su alrededor, escuchando el golpeteo de la lluvia.
—Richard —preguntó finalmente la mujer—, ¿viste a mi hermana, allá en el Límite?
—No. Fuera lo que fuese lo que te atrapó, a mí no me pareció una persona, y apuesto a que el ser que maté al principio, a ti no te pareció mi padre. Simplemente adoptan una forma que recrea una persona a la que deseas ver, para seducirte.
—Creo que tienes razón. —Kahlan lanzó un suspiro y dio otro mordisco a la salchicha. Cuando acabó de masticar, añadió—: Me alegro. No soportaba la idea de que tuvimos que hacerles daño.
Richard asintió y la miró. El cabello de la mujer se veía húmedo, y algunos mechones se le pegaban a un lado de la cara.
—Hay algo más —le dijo—, algo que me parece muy extraño. La cosa del Límite, fuera lo que fuese, atacó a Chase rápidamente y lo tumbó al primer golpe y, antes de que pudiésemos hacer nada, te agarró a ti sin ningún problema. Lo mismo con Zedd: lo derribó a la primera. Pero cuando yo regresé a por ellos me atacó y falló, y ya no volvió a intentarlo.
—Sí, me di cuenta —confirmó Kahlan—. Ni siquiera se acercó. Fue como si no supiera dónde estabas. A nosotros tres pudo localizarnos perfectamente, pero a ti no.
—Tal vez fue cosa de la espada —dijo Richard tras un momento de reflexión.
Kahlan se encogió de hombros y comentó:
—Fuera por la razón que sea, me alegro.
Richard no estaba del todo seguro de que la razón fuese la espada. LaEspada de la Verdadhabía asustado a las serpientes y las había hecho huir, pero la bestia del Límite no demostró ningún miedo; simplemente pareció que no podía localizarlo. Había una cosa que lo intrigaba: cuando mató al ser que tenía el aspecto de su padre no sintió ningún dolor. Zedd le había explicado que cada vez que matara con la espada tendría que pagar un precio y que sentiría el dolor de lo que había hecho. Tal vez no hubo dolor porque aquel ser ya estaba muerto. Tal vez no era real y todo estaba en su cabeza. No, era imposible; era lo suficientemente real para tumbar a sus amigos. Su convicción de que no era su padre lo que había matado empezó a flaquear.
Terminaron la comida en silencio. Richard cavilaba qué podía hacer por Zedd y Chase y llegó a la conclusión que nada. Zedd llevaba medicinas en su bolsa, pero sólo él sabía cómo usarlas. Tal vez lo que los había dejado en ese estado fue la magia del Límite. Zedd también llevaba instrumentos mágicos, pero, de nuevo, sólo él sabía cómo usarlos.
Richard cogió una manzana, la troceó, quitó las semillas y ofreció la mitad a Kahlan. Ésta se acercó más y apoyó la cabeza en un brazo del joven mientras la comía.
—¿Cansada?
—Me duele incluso en lugares que no puedo mencionar —contestó la mujer con una sonrisa—. ¿Sabes algo acerca de Puerto Sur? —inquirió tras comer otro trozo de manzana.
—Sólo lo que decían guías que estaban de paso en la ciudad del Corzo. Según ellos, está lleno de ladrones y gentes que no encajan en ninguna otra parte.
—No parece el tipo de lugar en el que podamos encontrar un curandero. —Richard guardó silencio—. ¿Qué haremos si no hay ninguno?
—No lo sé. Pero mejorarán y se recuperarán.
—¿Y si no? —insistió Kahlan.
El joven apartó de la boca el trozo de manzana que estaba a punto de comerse y la miró.
—Kahlan, ¿qué tratas de decirme?
—Sólo digo que debemos estar preparados para dejarlos atrás y seguir solos.