El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Siguieron caminando hasta estar a una buena distancia del Límite, detrás de los caballos. Cuando finalmente el joven se detuvo y la soltó, Kahlan le echó los brazos al cuello. La mujer temblaba. Richard tuvo que reprimir la cólera que sentía y que lo incitaba a regresar y atacar. Sabía que tenía que guardar la espada para sofocar la furia, el impulso de atacar, pero no se atrevió.
—¿Y los otros? ¿Dónde están? —preguntó Kahlan, presa del pánico—. Tenemos que encontrarlos.
La mujer se apartó de Richard y empezó a correr en dirección a donde se levantaba el Límite. Richard la cogió bruscamente por la muñeca y tiró de ella con tanta fuerza que casi la derribó.
—¡Quédate aquí! —le gritó con voz mucho más violenta de lo que la situación requería, al tiempo que la empujaba hacia el suelo.
Richard encontró a Zedd en el suelo, inconsciente. Al inclinarse sobre el anciano algo barrió el aire por encima de su cabeza. El arrebato de furia del joven no se hizo esperar. Trazó un arco con la espada y cercenó parte de la forma oscura. El muñón retrocedió precipitadamente hacia el Límite con un estridente alarido, mientras que la parte cercenada se desintegraba en el aire. Richard se echó a Zedd al hombro, como un saco de patatas, y lo llevó hacia donde estaba Kahlan. Después de depositarlo con suavidad en el suelo, la mujer sostuvo la cabeza del mago en su regazo y lo examinó en busca de heridas. Richard regresó corriendo, con la cabeza gacha, pero, para su decepción, el esperado ataque no se produjo; el joven ansiaba entrar en combate y batirse. Encontró a Chase atrapado en parte bajo un tronco. Richard tiró de él por la cota de malla. El guardián presentaba un corte profundo en un lado de la cabeza del que manaba sangre. En la herida se había adherido broza.
El joven pensó rápidamente tratando de decidir qué hacer. No podía levantar a Chase con un brazo y tampoco se atrevía a guardar la espada. Tampoco podía llamar a Kahlan para que lo ayudara, pues no quería ponerla otra vez en peligro. Agarró con fuerza la túnica de piel de Chase y empezó a arrastrarlo. Aunque el resbaladizo suelo cubierto de vegetación le facilitaba la tarea no era nada fácil, pues tenía que sortear los árboles caídos. Sorprendentemente, nada lo atacó. Tal vez había herido o matado a aquel ser. Richard se preguntó si era posible matar algo que ya estaba muerto. Pese a tratarse de una espada mágica, él lo dudaba. Además, ¿quién decía que los seres del Límite estaban muertos? Finalmente, llegó donde estaban Kahlan y Zedd. El mago continuaba inconsciente.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Kahlan atribulada. Su rostro mostraba un tono ceniciento.
—No podemos quedarnos aquí —contestó Richard, mirando a su alrededor—, y tampoco podemos dejarlos. Tendremos que subirlos a los caballos y marcharnos. Cuando nos encontremos a una distancia segura, trataremos de curarles las heridas.
Las nubes eran más densas que antes, y la bruma lo cubría todo con una mortaja húmeda. Después de escrutar en todas direcciones, Richard guardó la espada y subió a Zedd al caballo sin ningún esfuerzo. Con Chase no fue tan fácil; el guardián era muy grande y sus armas pesaban mucho. La sangre seguía manando de la herida en la cabeza, empapándole el cabello, y sangró aún más al colocarlo de través en el caballo. Richard decidió que tenían que ocuparse inmediatamente de la herida. Rápidamente cogió una hoja de aum y una tira de tela de una bolsa. A continuación estrujó la hoja para que soltara todo el fluido curativo y la presionó contra la herida. Kahlan vendó la cabeza de Chase con la tela. Ésta quedó empapada de sangre casi al instante, pero Richard sabía que la hoja de aum detendría la hemorragia.
El joven ayudó a Kahlan a montar. Se daba cuenta de que las piernas le dolían más de lo que estaba dispuesta a admitir. Después de entregarle las riendas de la montura de Zedd, él también montó, asió las riendas del caballo de Chase y trató de orientarse. Sabía que no lo tendrían nada fácil para hallar el camino; la bruma era cada vez más densa y limitaba la visibilidad. Richard tenía la sensación de que había fantasmas que acechaban en las sombras en todas direcciones. No sabía si debía ir él en cabeza o dejarse guiar por Kahlan; tampoco sabía cuál era la mejor manera de protegerla, por lo que acabó cabalgando a su lado. Zedd y Chase no estaban atados a las respectivas sillas y podían resbalar y caerse fácilmente, razón por la cual tendrían que ir lentamente. Miraran donde mirasen sólo se veían pinos muertos, indiferenciados, y no podían avanzar en línea recta debido a los árboles caídos. Richard escupió los mosquitos que no dejaban de metérsele en la boca.
No había manera de vislumbrar el sol y orientarse; el cielo tenía el mismo color gris oscuro en todas las direcciones. Transcurrido un rato Richard no estaba nada seguro de si iban en la dirección correcta; le parecía que ya deberían haber vuelto a la senda. Se guiaban por los árboles; se fijaba en la posición de uno concreto y, al llegar a él, fijaba la vista en otro más adelante, confiando en avanzar así en línea recta. Para hacerlo como es debido, para asegurarse de que no se desviaban, sabía que tenía que alinear al menos tres árboles, pero la bruma le impedía ver tan lejos. No podía estar seguro de que no estuvieran avanzando en círculos. Y, aunque fuesen en línea recta, no tenía modo de saber que la senda se encontrara en esa dirección.
—¿Estás seguro de que vamos por buen camino? —preguntó Kahlan—. A mí me parece todo lo mismo.
—No. Pero, al menos, no nos hemos topado con el Límite.
—¿Crees que deberíamos parar y atenderlos?
—Es demasiado arriesgado. Por lo que sabemos podríamos estar a tres metros del inframundo.
Kahlan miró alrededor, inquieta. Richard se planteó la posibilidad de decirle que esperara con los heridos mientras él se adelantaba y trataba de localizar la senda, pero la rechazó, pues temía no ser capaz de encontrarla de nuevo. Tenían que permanecer juntos. El joven empezó a preguntarse qué iban a hacer si no lograban encontrar el camino antes de que anocheciera. ¿Cómo se protegerían de los canes corazón? Ni siquiera la espada podría detenerlos si eran demasiados. Chase había dicho que debían llegar al pantano antes de que cayera la noche, aunque no había dicho por qué ni cómo los protegería éste. La hierba marrón formaba un interminable mar a su alrededor con innumerables restos de árboles encallados en él.
A cierta distancia, a su izquierda, apareció un roble y después más. Sus hojas húmedas de color verde oscuro brillaban en la neblina. No habían venido por allí. Richard se desvió un poco a la derecha. Hasta donde alcanzaba la vista, siguiendo el borde de la hierba muerta, con la esperanza de que los condujera a la senda.
Las sombras de los matorrales que crecían entre los robles los vigilaban. El joven se dijo que era su imaginación la que ponía ojos a las sombras. No soplaba viento, no se veía ningún movimiento y no se oía ningún sonido. Richard estaba enojado consigo mismo por haberse perdido, aunque hacerlo en un lugar como ése era muy sencillo. Pero él era un guía y, para un guía, perderse era algo imperdonable.
Al fin vio la senda y soltó un suspiro de alivio. Rápidamente desmontaron y comprobaron el estado de sus amigos. Zedd seguía igual, pero al menos el corte de Chase en la cabeza ya no sangraba. Richard no tenía ni idea de qué hacer con ellos. No sabía si estaban inconscientes por un golpe o debido a algún tipo de magia del Límite. Tampoco Kahlan lo sabía.
—¿Qué crees que deberíamos hacer? —inquirió ésta.
—Chase dijo que teníamos que llegar al pantano o los canes nos atacarían —repuso Richard, tratando de disimular la preocupación—. No creo que sea una buena idea tenderlos aquí en el suelo y esperar a que despierten, con la amenaza de los canes cerniéndose sobre nosotros. Yo sólo veo dos posibilidades: dejarlos aquí o llevarlos con nosotros. Y yo no pienso dejarlos. Los ataremos a los caballos para que no caigan y nos dirigiremos al pantano.