La locura de Dios
- Автор: Агилера Хуан Мигель
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
El objetivo es descubrir la mítica ciudad del Preste Juan, pero su inesperado destino será la insólita ciudad de Aristarcópolis que, tal vez, encierra en su nombre la explicación del origen de su misteriosa tecnociencia. Juan Miguel Aguilera ha imaginado una larga excursión por tierras de Asia narrada por el mismísimo Ramón Llull pocos años antes de su muerte. El viaje y la fabulación de esta amena novela son fruto de la imaginación, pero resultan compatibles con la verdad histórica y, sobre todo, con la incansable curiosidad y versatilidad que el verdadero Llull mostrara en vida.
Sus armaduras les cubrían todo el cuerpo y eran de un vivo color escarlata. No parecían estar hechas de metal, sino de algún material semejante a la cerámica o al cristal, pero tan fuerte como el acero y tan ligero como la madera. Cuando pregunté sobre este material a la capitana de la falange -una altísima mujer de nombre Mirina-, ésta me explicó que, al igual que los falsos cristales de los aeróstatos, se trataba de un material sintetizado a partir del aceite de piedras.
El yelmo de aquellos soldados parecía una cabeza de dragón con las fauces abiertas. La visera era de un material semejante al del resto de la armadura, pero transparente también como el cristal. Según afirmaba Mirina, protegía perfectamente los ojos del fuego y el calor.
Los dragones cargaban a su espalda dos grandes depósitos cilíndricos. Uno contenía aceite de piedras, y el otro un componente que, combinado con este aceite, se inflamaba al instante. Los dos líquidos pasaban por dos delgados tubos que iban a desembocar a los lados de una pieza metálica sobre la que estaba tallada la esfinge de un dragón, y que recordaba a las gárgolas de las catedrales. Al accionar un mecanismo situado en la panza del dragón, los dos líquidos se combinaban y la gárgola arrojaba un largo chorro de fuego por la boca.
Pero ésta no era la única arma de los dragones. Todos llevaban además una especie de lanza corta y gruesa, de sólo un par de varas de longitud, con un afilado cuchillo sujeto a un extremo. El otro extremo era de madera, y su forma se adaptaba perfectamente a la mano del que lo empuñaba. La parte central de la lanza era un tubo hueco de metal de más de una pulgada de diámetro.
Pregunté a Mirina por la utilidad de aquellas lanzas, y la capitana preparó cuidadosamente su arma y, dirigiendo el extremo del cuchillo hacia arriba, hizo fuego.
El estampido sobresaltó a los almogávares y a los sarracenos, pero no a mí que durante los preparativos del disparo había adivinado de qué se trataba. ¡Por fin algo cuyo origen podía comprender! Aquella lanza era una especie de diminuto trueno [31] de pólvora. Yo mismo había conseguido la fórmula de aquel polvo negro explosivo, y había fabricado una pequeña cantidad de él en el patio de mi alquería de Mallorca. Después había hecho un agujero en el suelo, lo había llenado con aquel polvo, y lo había tapado con una piedra. Al hacerlo estallar con una mecha, la piedra había salido disparada a más de veinte varas de altura. Y al caer estuvo a punto de alcanzarme.
– A esto lo llamamos pyreions explosivos -me dijo Mirina-; o simplemente pyreions; por la piedra que genera la chispa en su interior.
Mirina tendría poco más de treinta años. Alta, fuerte y silenciosa, como casi todos los apeironitas que había conocido hasta entonces. Lucía una corta melena negra al estilo griego, y parecía una amazona salida de algún antiguo poema. El resto de los dragones que formaban la falange, hombres y mujeres por igual, tenían una complexión similar a la de su capitana. Aquella gente conocía perfectamente sus cuerpos, y sabían cómo cuidarlos y desarrollarlos. A su lado, los almogávares parecían canijos y contrahechos; pero, como se vio más adelante, no todo está en el aspecto físico.
Ordenadamente, todos subimos a bordo del aeróstato. Dragones, sarracenos y almogávares se mezclaron por la bodega. A través de las portillas vimos cómo las hélices empezaban a girar. Todo el aeróstato vibró y un murmullo temeroso corrió por entre los almogávares y los sarracenos. Yo intenté demostrar calma y confianza en aquella máquina, pero mi frente se estaba cubriendo de sudor.
Uno de los aeronautas, que vestían una especie de largo guardapolvo gris, vino a mi encuentro y me invitó a presenciar el desamarre desde el puente.
Seguí al hombre de gris a través de la bodega y descendí por la escalerilla hasta la barcaza situada bajo la proa de la Salaminia , el puente, donde Vadinio me esperaba.
En el puente, Vadinio me fue presentando al segundo capitán, que era una mujer joven cuyo nombre era Calionira; al piloto, un muchacho llamado Melampo; y al operador del telecomunicador, un hombre de edad madura, con pelo y barba completamente blancos pero de complexión recia, de nombre Frixo.
Los otros seis aeronautas de la Salaminia eran los mecánicos del motor de vapor, y su lugar estaba en la sentina.
– Es un momento emocionante -me dijo Vadinio-, pero no hay motivos para la preocupación; estos aparatos están sobradamente probados.
Yo fingí que estas palabras me habían tranquilizado por completo, y me concentré en las maniobras de desamarre. A través de las amplias cristaleras del puente vi cómo un hombre, que se había encaramado en la torre de madera, desenganchaba la proa de la Salaminia. La nave dio un pequeño brinco pero seguía sujeta por los fuertes músculos de al menos medio centenar de hombres que mantenían aún las cuerdas de amarre entre sus manos. A una señal de Vadinio estos cabos fueron largados y la Salaminia empezó a elevarse rápidamente hacia el cielo.
Sentí la desagradable sensación de que mi estómago se había escurrido hasta mis pies, y busqué desesperadamente un punto de apoyo al que agarrarme. El murmullo de angustia que me llegó desde la bodega me demostró que, al menos almogávares y sarracenos, estaban pasando por la mismas sensaciones que yo.
Tragándome el miedo, ojeé a través de los ventanales. El suelo del desierto, y el techo curvo del tinglado, se alejaban a toda velocidad. Tragué saliva.
– Si Dios hubiese querido que el hombre volara… -empecé a decir.
– Nos habría dado alas -completó Vadinio con una sonrisa. Para el genovés todo aquello debía de ser muy divertido, consideré-. Pero nosotros somos ahora más ligeros que el aire, no te preocupes porque no podemos caer.
El genovés le ordenó al timonel que sobrevolara Apeiron, y la nave empezó a girar elegantemente en el cielo.
Vimos acercarse la ciudad desde lo lejos, como un puñado de joyas derramadas sobre las arenas del desierto. Los grandes toldos cónicos brillaban al temprano sol con una blancura deslumbrante, y sus sombras se alargaban sobre las dunas.
Distinguí el estrecho camino de hierro, delgado como una línea, que llevaba hasta el tinglado; y por él vi circular uno de los vehículos de vapor, arrastrando un flotador, que ahora parecía diminuto, de camino hacia la ciudad. Debía de ser el que había llevado a los dragones hasta el tinglado, que ya estaba de regreso.
Apeiron estaba rodeada por un cinturón de campos de cultivo que desde el aire destacaban como una diana de verde violento sobre las arenas amarillas. El verde no era uniforme, sino que formaba parches de diferente tonalidad dependiendo del tipo de cultivo que se desarrollaba en cada zona. Dispuestos en círculos concéntricos en torno a la ciudad, protegidos por aquellos enormes toldos y cuidados por una legión de campesinos que utilizaban carros, impulsados por vapor, para labrar la tierra; y que eran regados por un sistema maravilloso en el que miles de delgadas conducciones de cobre llevaban el agua, gota a gota, hasta las mismas raíces de las plantas, sin que se perdiera ni se desperdiciara nada; sin que crecieran malas hierbas entre ellas.
La Salaminia sobrevoló después el mar de toldos cónicos que formaban la cúpula de la ciudad, y se alineó con un estrecho camino de tonos verdes que trazaba una delgada línea sobre las pálidas arenas del desierto, alejándose cada vez más de Apeiron.
Observé la brújula, y comprobé que nuestra dirección era jaloque.
– ¿Qué es eso? – pregunté a Vadinio, señalando el sendero verde.
– Las conducciones del suministro de agua discurren por ahí -me explicó el viejo navegante-. Esos hierbajos crecen gracias a la humedad que escapa de las tuberías. Son hierbajos muy resistentes, capaces de medrar en esas arenas salinas.
[31] Los primeros y toscos cañones recibieron este nombre. Ya a mediados del siglo XIV comienza a llamárseles bombardas.