El Lugar Maldito
- Автор: Кунц Дин Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
– Pero ¿por qué la barandilla de la cama? -preguntó Hal-. No hay ninguna razón para que él quiera llevarse consigo eso.
Bobby dijo a Frank:
– Ahora no puedes recordarlo, pero tú sabías muy bien lo que sucedía cuando te viste atrapado por esa serie de «teletransportes». Intentaste detenerla, pediste a Hal que te detuviera y aferraste la barandilla para hacerlo, para echar anclas en la habitación del hospital. Te concentraste en tu presa sobre esa barandilla, así que cuando te fuiste la llevaste contigo. Respecto a las irregularidades de la ropa, son… Tal vez tu mente se concentrara primero en la recomposición fiel de tu cuerpo, porque la recreación física sin error era crucial para tu supervivencia, y quizá te faltaran energías para hacer una tarea similar con objetos secundarios como la ropa.
– Bueno -dijo Frank-, no puedo recordar nada de lo sucedido con anterioridad a la semana pasada, pero ésta es la primera vez que me sucede algo parecido desde entonces, incluso aunque aparentemente haya estado… viajando la mayoría de las noches. Por otra parte, si bien mi ropa ha salido del paso intacta, yo parezco estar cada día más fatigado, débil y confundido…
No necesitó terminar la frase porque todos le comprendieron, a juzgar por la expresión pesarosa de sus ojos y rostro. Si él estuviera «teletransportándose» y si ello fuera un acto fatigoso que le robase una energía imposible de restituir mediante el descanso, sería cada vez menos meticuloso con la reconstitución de su ropa y de cualquier otro objeto que intentara llevarse consigo.
Pero, aún más importante, podría tener también dificultades para reconstituir su propio cuerpo, y entonces quizá volviera algún día de una de sus correrías nocturnas para encontrar fragmentos del suéter tejidos en el dorso de su mano, y la piel remplazada por aquel algodón, podría reaparecer como un parche pálido en el cuero oscuro del zapato, y aquel trozo de cuero pasar a ser parte integrante de su lengua… o como una sarta de células extrañas intercaladas en su tejido cerebral.
El miedo, nunca distante y evolucionando cual tiburón en las profundidades del pensamiento de Frank, salió de pronto a la superficie, estimulado por la compasión e inquietud que veía en los rostros de aquellos de quienes dependía para su salvación. Cerró los ojos, pero fue una pésima idea, porque entonces tuvo una visión de su propio rostro, el rostro que podía tener tras una reconstitución desastrosa, al final de un futuro viaje telecinético: ocho o diez dientes surgiendo de la cuenca de su ojo derecho; este ojo, sin pestañas, mirando desde el centro de la mejilla correspondiente; su nariz, una protuberancia horrible de carne y cartílagos, sobresaliendo a un lado de la cara. En esa visión, abría la deforme boca, quizá para gritar, y dentro aparecían dos dedos y una porción de su mano enraizados en donde debiera haber estado la lengua.
Abrió los ojos mientras un grito de terror y angustia escapaba de sus labios.
Empezó a temblar. No podía detenerse.
Después de llenar otra vez todas las tazas de café y, a instancias de Bobby, reforzar el de Frank con un chorro de whisky no obstante lo temprano de la hora, Hal fue a la antecocina, frente a la sala de recepción, para preparar otra cafetera.
Cuando Frank empezó a reanimarse con unos cuantos sorbos del café así aderezado, Julie le enseñó una fotografía y observó atenta su reacción.
– ¿Reconoces a alguna de estas personas?
– No. Todas son desconocidas para mí.
– El hombre es George Farris -dijo Bobby-. El auténtico George Farris. Obtuvimos esta foto de su cuñado.
Frank estudió la fotografía con renovado interés.
– Tal vez lo conozca, y ésa puede ser la razón de que haya asumido su nombre… pero no puedo recordar haberlo visto antes.
– Está muerto -dijo Julie, y pensó que la sorpresa de Frank era genuina. Le explicó cómo había muerto Farris, hacía años; y luego cómo su familia había sido asesinada en fechas mucho más recientes. También le habló de James Román, y de cómo la familia de Román había muerto durante un incendio, en noviembre.
Frank contestó con lo que parecía desazón y confusión sinceras:
– ¿Por qué todas esas muertes? ¿Es una coincidencia?
Julie se inclinó hacia delante:
– Nosotros creemos que el señor Luz Azul los mató.
– ¿Quién?
– El señor Luz Azul. El hombre que, según tú, te persiguió aquella noche en Anaheim, el que creíste que te daba caza por alguna razón. A nuestro parecer, él descubrió que estabas viajando bajo los nombres de Farris y Román, así que se dirigió a las señas de los interesados y cuando no te encontró allí mató a cada uno de ellos, bien fuera por no poder hacerles revelar la información que deseaba… o sólo por gusto.
Frank pareció fulminado. Su pálido rostro palideció aún más, como una imagen desvaneciéndose en una pantalla de cine. La desolación de sus ojos se acentuó.
– Si yo no hubiera usado ese carné de identidad falso, él no habría ido nunca a esas personas. Tengo la culpa de que murieran.
Compadeciéndose del pobre hombre y avergonzada de la sospecha que la indujera a abordar de aquella forma el tema, Julie dijo:
– No permitas que eso te abata, Frank. Muy probablemente el artista que falsificó tus documentos eligió al azar los nombres de una lista de fallecimientos recientes. Si hubiera usado otro método, ni la familia Farris ni la Román habrían atraído la atención del señor Luz Azul. Pero no es culpa tuya que el falsificador optara por el método más rápido y menos trabajoso.
– No debes culparte -dijo Hal desde la puerta, en donde se había detenido el tiempo suficiente para captar la esencia de la conversación. Parecía afligido de verdad al ver la angustia de Frank. A semejanza de Clint, Hal se había dejado conquistar por la voz afable, el comportamiento modesto y el aspecto querúbico de Frank.
Frank se aclaró la garganta y, por fin, las palabras brotaron:
– No, no, no es culpa mía, Dios mío, ninguna de esas personas ha muerto por mi causa.
En el centro de ordenadores de Dakota amp; Dakota, Bobby y Frank tomaron asiento en dos sillas de escribir a máquina con ruedas de goma, y Bobby encendió uno de los tres ordenadores IBM PC que estaban enlazados con el mundo mediante su propio módem y línea telefónica. Aunque lo bastante luminosas para permitir el trabajo, las luces del techo eran tan suaves y difusas que no resplandecían en las pantallas terminales, y la única ventana del aposento estaba cubierta con un paño por la misma razón.
Como policías en la época del silicio, los detectives privados y los consultores de seguridad confiaban en el ordenador para agilizar su trabajo y acumular un volumen de información que no podría ser asequible jamás con los anticuados métodos de Sam Spade y Philip Marlowe. Gastar suela, entrevistar a testigos y montar guardia eran todavía facetas de su trabajo, por descontado, pero sin el ordenador serían tan ineficaces como un herrero intentando reparar un neumático pinchado con un martillo, un yunque y otras herramientas de su oficio. A medida que el siglo XX avanzaba hacia su última década, los investigadores privados que hacían caso omiso de la revolución electrónica existían sólo en los dramas de la televisión y en el mundo anticuado de las novelas.
Lee Chen, quien había diseñado y ahora programaba su sistema electrónico para la recopilación de datos, no llegaría a la oficina hasta las nueve. Bobby no quiso esperar casi una hora para hacer trabajar el ordenador en el caso de Frank. No era un buen programador, como Lee, pero conocía bien la maquinaria, tenía capacidad para aprender aprisa la nueva logística cuando lo necesitaba y se sentía casi tan cómodo buscando información en el espacio cibernético como hojeando los archivos de amarillentos periódicos.
Usando el código de Lee, que sacó de un cajón cerrado con llave, Bobby entró primero en la red informativa de la Seguridad Social, que contenía archivos a los que tenía acceso el gran público. Otros archivos en el mismo sistema eran restrictivos y supuestamente inaccesibles tras los muros de los códigos de seguridad requeridos por varias leyes sobre el derecho a la intimidad.