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Электронная книга - «La piel del tambor». Краткое содержание книги:

Un pirata informático irrumpe clandestinamente en el ordenador personal del Papa. Entretanto, en Sevilla una iglesia barroca se ve obligada a defenderse matando a quienes están dispuestos a demolerla. El Vaticano envía un agente, sacerdote, especializado en asuntos sucios: el astuto y apuesto padre Lorenzo Quart, quien en el curso de sus investigaciones verá quebrantarse sus convicciones e incluso peligrar sus votos de castidad ante una deslumbrante aristócrata sevillana… Estos son solo algunos de los elementos que conforman esta laberíntica intriga donde se dan cita el suspense, el humor y la Historia a lo largo de un apasionante recorrido por la geografía urbana de una de las ciudades más bellas del mundo.
«Arturo Pérez-Reverte es el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo.»
El País
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– Una vez me recibió en audiencia Su Santidad -le dijo a Quart la vieja duquesa-. También a Macarena, cuando su boda.

Inclinaba un poco la cabeza, evocadora, mirando el estampado de su vestido oscuro cual si entre las pequeñas flores rojas y amarillas hubiese un rastro de tiempos perdidos. Entre su visita a Roma y la de su hija distaba más de un tercio de siglo y varios papas; pero se refería a Su Santidad como si siempre fuera el mismo, y Quart se dijo que, de algún modo, ése era el planteamiento lógico. Cuando se llega a los setenta años, algunas cosas cambian demasiado rápidamente o ya no cambian en absoluto.

El padre Ferro seguía contemplando, hosco, el fondo de su taza de chocolate, y Macarena Bruner observaba a Quart. La hija de la duquesa del Nuevo Extremo vestía téjanos y camisa azul a cuadros, con el pelo recogido en cola de caballo, e iba sin maquillaje. Se movía despacio, tranquila y segura de sí, con la jícara del chocolate del párroco o la cafetera en las manos, atenta a su madre y a los invitados, y sobre todo a Quart. Parecía divertida con la situación.

Cruz Bruner bebió un sorbito de coca-cola y sonrió afable, con el vaso y el abanico en el regazo:

– ¿Qué le ha parecido nuestra iglesia, padre?

Tenía una voz firme a pesar de los años. Insólitamente firme y serena. Ahora lo miraba en espera de respuesta. Sintiendo también los ojos de Macarena Bruner, Quart sonrió a medias, cortés.

– Entrañable -dijo, confiando en que aquello no lo comprometiera demasiado en un sentido o en otro. De soslayo advertía la presencia oscura, silenciosa, del padre Ferro. Estaban en terreno neutral después de cambiar algunas fórmulas convencionales en presencia de la duquesa y de su hija. El resto del tiempo procuraban no dirigirse la palabra, pero Quart intuía que aquello era sólo el prólogo de algo. Así que se reservaba para más tarde. Nadie invita a café a un cazador de cabelleras y a su presunta víctima sin tener algo entre ceja y ceja.

– ¿No cree que sería una lástima perderla? -insistió la duquesa.

Quart movía la cabeza, tranquilizador:

– Espero que no ocurra nunca.

– Creíamos -dijo Macarena Bruner, con intención- que usted vino a Sevilla para eso.

El collar de marfil le destacaba entre el cuello abierto de la camisa, y Quart no pudo menos que preguntarse si también escondía aquella tarde el encendedor de plástico en el tirante del sujetador. Habría pagado a gusto dos meses de Purgatorio por ver la expresión del padre Ferro mientras ella encendía un cigarrillo.

– Se equivocan -dijo-. Estoy aquí porque mis superiores quieren hacerse una idea exacta de la situación -bebió otro sorbo de café y puso cuidadosamente la taza sobre el platillo, en la mesita taraceada-. Nadie pretende desalojar al padre Ferro de su parroquia.

El aludido se enderezó en su silla:

– ¿Nadie? -bajo el pelo cano a trasquilones, su cara llena de cicatrices se alzaba hacia las galerías del piso alto, como si a modo de respuesta alguien estuviese a punto de asomarse allá arriba-. Se me ocurren varios nombres y entidades, así, de pronto. El arzobispo, por ejemplo. El Banco Cartujano. El yerno de la señora duquesa… -los ojos oscuros y recelosos se clavaron en Quart- Y no me diga que a Roma le quita ahora el sueño la defensa de una iglesia y de un cura.

Os conozco de sobra, decían aquellos ojos. Así que no me vengas con historias. Sintiéndose observado por Macarena Bruner, Quart hizo un ademán conciliador:

– A Roma le importa cualquier iglesia y cualquier cura.

– No me haga reír -dijo el padre Ferro. Y se rió sin ganas.

Cruz Bruner le tocó afectuosamente un brazo con el abanico.

– Estoy segura de que el padre Quart no pretende hacerle reír, don Príamo -miraba a Quart pidiéndole que confirmara sus palabras-. Parece un sacerdote muy cabal, y creo que su misión es importante. Puesto que de informarse se trata, deberíamos cooperar con él -le dirigió un vistazo rápido a su hija antes de abanicarse un poco, el gesto fatigado-. La verdad nunca hace daño a nadie.

Inclinaba el párroco la frente testaruda, respetuoso y cimarrón a un tiempo.

– Ojalá compartiera su inocencia, señora -bebió un poco de chocolate, y una gota le quedó suspendida en los reflejos blancos y grises, mal afeitados, de la barbilla. Se la secó con un pañuelo enorme, mugriento, que extrajo del bolsillo de la sotana-. Pero me temo que en la Iglesia, como en el resto del mundo, casi todas las verdades son mentira.

– No diga eso -se escandalizaba la duquesa, medio en broma medio en serio-. Se va usted a condenar.

Cerraba y abría el abanico, agitándolo ante sus ojos. Y entonces, por primera vez. Lorenzo Quart vio sonreír de verdad al padre Ferro. Una mueca bonachona y escéptica, semejante a la de un oso adulto al que incomodan los oseznos. Un gesto que suavizaba su rostro tallado a buril, humanizándolo de modo inesperado: el de la foto polaroid que tenía en su habitación del hotel, hecha en aquel mismo patio. Por asociación, Quart se acordó de monseñor Spada, su jefe del IOE. Arzobispo y párroco sonreían del mismo modo, a la manera de gladiadores veteranos para quienes la dirección del pulgar, arriba o abajo, fuera lo de menos. Se preguntó si alguna vez él sonreiría así. Macarena Bruner todavía lo miraba, y también ella parecía poseer el secreto de esa sonrisa.

La duquesa observó a su hija y después a Quart.

– Escuche, padre -dijo, tras corta reflexión-. Esa iglesia es importante para mi familia… No sólo por lo que significa; sino porque, como dice don Príamo, una iglesia que se destruye es un trozo de cielo que desaparece. Y no me interesa que el lugar a donde quiero ir se reduzca en extensión -llevó a sus labios el vaso de coca-cola, entornando los ojos con placer cuando las burbujas le cosquillearon la nariz-. Confío en nuestro párroco para que me haga llegar en un plazo razonable.

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