La piel del tambor
- Автор: Перес-Реверте Артуро
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La piel del tambor». Краткое содержание книги:
«Arturo Pérez-Reverte es el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo.»
El País
– O a vengarse.
– Puede ser.
– Algo le hiciste, Pencho -el viejo banquero movía la cabeza, convencido-. Macarena se casó enamorada de ti.
Gavira miró a un lado y a otro, observando sin fijarse demasiado a la gente que pasaba por la calle.
– Le juro que no lo entiendo -respondió por fin-. Ni siquiera como venganza. El primer lío después de casado lo tuve al mes largo de dejarme Macarena, cuando ya se había dejado ver con ese bodeguero de Jerez, Villalta. A quien por cierto, don Octavio, con su permiso, acabo de negarle un crédito.
Machuca alzó una de sus manos flacas como garras, descartando todo aquello. Estaba al corriente de la relación, reciente y superficial, de su delfín con una modelo publicitaria; y sabía que éste decía la verdad. En cualquier caso. Macarena tenía demasiado buena casta como para organizar un escándalo público a causa de una historia de faldas de su marido. Si todas hicieran eso, apañada iba Sevilla. En cuanto a la iglesia, el banquero ignoraba si era el problema, o el pretexto.
Gavira se tocaba el nudo de la corbata, incómodo:
– Pues estamos iguales, don Octavio. Un padrino y un marido en la inopia.
– Con una diferencia -Machuca sonreía de nuevo bajo la nariz afilada, cruel-. Tanto la iglesia como tu matrimonio son cosa tuya… ¿Verdad? Yo me limito a mirar.
Gavira le echó un vistazo a Peregil, que seguía de guardia junto al Mercedes. Endureció las mandíbulas.
– Voy a apretar un poco más.
– ¿A tu mujer?
– Al cura.
Sonó la risa áspera del viejo banquero.
– ¿A cuál de ellos? Se multiplican como los conejos, últimamente.
– Al párroco. El padre Ferro.
– Ya -Machuca miró también, de soslayo, en dirección a Peregil, antes de exhalar un largo suspiro-. Espero que tengas el buen gusto de ahorrarme detalles.
Pasaron unos turistas japoneses cargando enormes mochilas y al límite de la deshidratación. Machuca dejó el periódico sobre la mesa y estuvo un rato callado, recostándose en el respaldo de mimbre de su silla. Por fin se giró hacia Gavira.
– Es duro vivir en la cuerda floja, ¿verdad? -los ojos de rapaz tenían un aire burlón entre sus cercos oscuros-. Así estuve yo años y años, Pencho. Desde que pasé el primer alijo por Gibraltar, terminada la guerra. O cuando compré el banco, preguntándome en qué me iba a meter. Esas noches sin dormir, con todos los miedos del mundo en el pensamiento… -sacudió brevemente la cabeza-. De pronto, un día descubres que has cruzado la meta y que todo te da lo mismo. Que los perros no te alcanzarán ya, por mucho que ladren y corran. Sólo entonces empiezas a disfrutar de la vida, o de lo que te queda de ella.
Torció la boca en un gesto a medio camino entre la diversión y el cansancio. Una sonrisa fría le helaba las comisuras.
– Espero que cruces esa meta, Pencho -añadió-. Hasta entonces, abona intereses sin rechistar.
Gavira no respondió en seguida. Hizo un gesto para que viniera el camarero, encargó otra cerveza y otro café con leche, se pasó la palma de la mano por el pelo repeinado en la sien izquierda y le echó un distraído vistazo a las piernas de una mujer que pasaba.
– Yo nunca me he quejado, don Octavio.
– Lo sé. Por eso tienes un despacho en la planta noble del Arenal y una silla a mi lado, en esta mesa. Un despacho que yo te doy y una silla que yo te cedo. Y mientras, leo el periódico y te miro.
Vino el camarero con la cerveza y el café. Machuca se puso un terrón de azúcar en la taza y removió la cucharilla. Dos monjas de Sor Angela de la Cruz pasaron calle abajo, con sus hábitos marrones y sus velos blancos.
– Por cierto -dijo de pronto el banquero-. ¿Qué pasa con el otro cura? -miraba irse a las monjas-. El que anoche cenó con tu mujer.
El temple de Pencho Gavira se notaba en momentos como aquél. Mientras calmaba el molesto batir de la sangre en sus tímpanos se obligó a seguir con la vista un automóvil, desde que doblaba una esquina hasta que fue a desaparecer por la siguiente. Diez segundos más o menos. Al cabo de este tiempo enarcó una ceja:
– No pasa nada. Según mis noticias, sigue investigando por cuenta de Roma. Eso lo tengo bajo control.
Machuca hizo un gesto aprobador.
– Así lo espero, Pencho. Que también lo tengas bajo control -se llevó la taza a los labios con un leve gruñido de satisfacción-. Bonito sitio, La Albahaca -bebió otro sorbo-. Hace tiempo que no voy por allí.
– Recuperaré a Macarena. Se lo prometo.
El banquero asintió de nuevo:
– En realidad te nombré vicepresidente porque te casaste con ella.
– Lo sé -Gavira sonreía con despecho-. Nunca me hice ilusiones sobre eso.
– Entiéndeme -Machuca se había vuelto hacia él-. Eres una buena cabeza. No había mejor futuro para Macarena, y así lo vi desde el principio… -una de sus manos se apoyaba ligeramente en el brazo de Gavira: un contacto huesudo y seco-. Supongo que te aprecio, Pencho. Tal vez seaas lo mejor que puede ocurrirle ahora al banco; pero sucede que a estas alturas el banco me da igual -retiró la mano y se lo quedó mirando-. A lo mejor es tu mujer lo que me importa. O su madre.
Gavira desvió la vista al kiosco de periódicos de la esquina. A veces se sentía como un atún en la almadraba, buscando inútilmente una salida. Pedalear, se repitió. Pedalear siempre en la bicicleta, para no caerse.
– Pues si me permite usted decirlo, la iglesia era también el futuro de ellas dos.
– Pero sobre todo el tuyo, Pencho -Machuca le dirigió un vistazo malicioso-… ¿Sacrificarías el proyecto de la iglesia y la operación de Puerto Targa por recuperar a tu mujer?
Gavira tardó en responder. Esa era la cuestión, y lo sabía mejor que nadie.
– Si pierdo esta oportunidad -dijo, evasivo-, lo pierdo todo.
– Todo, no. Sólo tu prestigio. Y mi apoyo.
Con calma, Gavira se permitió una sonrisa:
– Es usted un hombre muy estricto, don Octavio.
– Es posible -el viejo contemplaba el cartel de la Peña Botica -. Pero soy justo: la operación de la iglesia fue idea tuya, y tu matrimonio también. Aunque yo facilitara un poco las cosas.
– Entonces quisiera hacerle una pregunta -Gavira puso una mano sobre la mesa y luego la otra-. ¿Por qué no me ayuda ahora, si tanto aprecia a Macarena y a su madre?… Le bastaría una conversación para que fuesen más razonables.
Machuca se volvió muy lentamente hacia él. Sus párpados estaban entornados hasta reducir las pupilas a una fina línea.
– Puede que sí, y puede que no -dijo, cuando Gavira ya apenas esperaba respuesta-. Pero en tal caso, lo mismo me habría dado permitir que Macarena se casara con cualquier imbécil. A ver si lo entiendes, Pencho: es como quien tiene un caballo, un boxeador, o un buen gallo. Lo que a mí me gusta es verte pelear.
Dijo eso, y sin añadir nada más le hizo una seña al secretario. La audiencia terminaba, y Gavira se levantó abrochándose la americana.
– ¿Sabe una cosa, don Octavio? -se había puesto unas gafas oscuras de diseño italiano y estaba frente a la mesa, templado, impecable-. A veces usted da la impresión de no desear un resultado concreto… Como si en el fondo todo le diera iguaclass="underline" Macarena, el banco, yo mismo.
Al otro lado de la calle, una joven con falda muy corta y largas piernas había salido con un cubo y una fregona a baldear los zócalos de los escaparates de una tienda de ropa. Pensativo, el viejo Machuca observaba los movimientos de la muchacha. Por fin, muy tranquilo, se volvió a Gavira:
– Pencho… ¿Nunca te has preguntado por qué vengo aquí todos los días?
Sorprendido, una mano en el bolsillo, Gavira lo miraba sin saber qué decir. A cuento de qué venía aquello, pensaba. El maldito viejo.