Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La piel del tambor». Краткое содержание книги:

Un pirata informático irrumpe clandestinamente en el ordenador personal del Papa. Entretanto, en Sevilla una iglesia barroca se ve obligada a defenderse matando a quienes están dispuestos a demolerla. El Vaticano envía un agente, sacerdote, especializado en asuntos sucios: el astuto y apuesto padre Lorenzo Quart, quien en el curso de sus investigaciones verá quebrantarse sus convicciones e incluso peligrar sus votos de castidad ante una deslumbrante aristócrata sevillana… Estos son solo algunos de los elementos que conforman esta laberíntica intriga donde se dan cita el suspense, el humor y la Historia a lo largo de un apasionante recorrido por la geografía urbana de una de las ciudades más bellas del mundo.
«Arturo Pérez-Reverte es el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo.»
El País
1 ... 50 51 52 53 54 55 56 57 58 ... 112
Перейти на страницу:

– Hombre, don Octavio -masculló, molesto-. Yo no pretendía. Quiero decir que…

Había un destello burlón, seco, tras los párpados entornados del banquero:

– Una vez, hace muchísimo tiempo, estaba yo sentado en este mismo sitio y pasó una mujer -Machuca volvió a mirar a la joven de la tienda, como atribuyéndole aquel recuerdo-. Una mujer muy hermosa, de esas que te quitan el aliento… La vi pasar y ella cruzó su mirada con la mía. Mientras se iba pensé que debía levantarme, retenerla. Pero no lo hice. Pesaron más las convenciones sociales, el ser conocido en Sevilla… No pude abordarla, y se fue. Me consolé diciendo que volvería a verla otra vez. Pero ella no volvió a pasar por aquí. Nunca.

Lo había contado sin rastro de emoción: el mero relato de un suceso objetivo. Cánovas se acercaba, cartera bajo el brazo, y tras una seca inclinación de cabeza en atención a Gavira tomó posesión de la silla que éste acababa de abandonar. Recostado en el respaldo de la suya, Machuca gratificó al vicepresidente del Cartujano con otra de sus frías sonrisas:

– Soy muy viejo, Pencho. En mi vida gané unas batallas y perdí otras; y ahora todas, hasta las que debieran ser mías, las considero ajenas -sostuvo entre las manos flacas como garras el primero de los documentos que le ofrecía el secretario-. Más que ganas de victoria, lo que siento es curiosidad. Igual que cuando uno encierra un escorpión y una araña en un frasco y se los queda mirando, ¿entiendes?… Sin sentir simpatía por ninguno de los dos.

Se concentró en los documentos, y Gavira murmuró una despedida antes de irse calle abajo, hacia el coche. Tenía una profunda arruga vertical en la frente, y las baldosas del suelo parecían moverse bajo sus pies. Peregil, que se alisaba el pelo sobre la calva con una mano, desvió la mirada al verlo acercarse.

En la esquina blanca y ocre del Hospital de los Venerables, la luz del sol rebotaba como un pelotazo. Al otro lado de la calle, bajo el cartel que anunciaba la corrida del domingo en la Maestranza, dos turistas de piel blanca agonizaban sentados junto a una mesa, al filo de la insolación aguda. Dentro de Casa Román, a salvo de la intensa luz que reverberaba en aquel horno de cal, almagre y calamocha, Simeón Navajo peló cuidadosamente una gamba, y con ella en la mano miró a Quart:

– El Grupo de Delitos Informáticos no tiene nada que le sirva a usted. Ningún antecedente. Nada.

Dicho eso se comió la gamba y despachó de un trago media caña de cerveza. Andaba a todas horas con desayunos suplementarios, aperitivos, pinchos y bocadillos, y Quart se preguntó, mientras observaba la menuda y flaca figura del subcomisario, dónde metía todo aquello. Hasta el 357 Magnum le abultaba tanto en el cuerpo que lo llevaba en una bolsa colgada del hombro; una bolsa moruna, de cuero repujado con flecos, que seguía oliendo a zoco y a piel de camello mal curtida. Con las grandes entradas del pelo que llevaba largo por detrás y recogido en una coleta, las gafas redondas de acero y la holgada camisa apache de flores que lucía aquella mañana, la bolsa le daba a Simeón Navajo un aspecto peculiar. Algo que contrastaba con la alta, delgada y severa figura vestida de negro del sacerdote.

– No existe en nuestros archivos -prosiguió el policía- ninguna referencia sobre las personas que le interesan… Tenemos estudiantes jovencitos que se divierten con travesuras informáticas, un montón de gente que comercializa copias piratas de programas, y un par de fulanos de cierto nivel que de vez en cuando se pasean por donde no deben. Uno de ellos intentó hace un par de meses entrar en las cuentas corrientes del Banksur y hacerse unas transferencias a sí mismo. Pero de lo que usted busca, ni rastro.

Estaban de pie ante la barra, bajo una sucesión de embutidos que pendían del techo. El policía cogió otra gamba cocida del plato, le arrancó la cabeza para chuparla con deleite, y luego se puso a pelar el resto con mano experta. Quart miró el vaso empañado de su cerveza, casi intacto:

– ¿Hizo la gestión que le pedí con las empresas comerciales y con Telefónica?

– La hice -Navajo asentía con la boca llena-. Nadie de su lista adquirió, al menos con nombre y número de identificación fiscal propio, material informático avanzado. En cuanto a Telefónica, el jefe de seguridad es amigo mío. Según me cuenta, su Vísperas no es el único que se mete clandestinamente en la red para viajar por el extranjero, al Vaticano o a donde sea. Todos los piratas lo hacen. A unos los atrapan y a otros no. El suyo parece listo. Entra y sale de Internet, y al parecer usa un complicado sistema de bucles, o algo así, dejando detrás una especie de programas que borran el rastro y vuelven los sistemas de detección completamente gilipollas.

Se comió la gamba, apurando la cerveza, y pidió otra. Una pata del bicho se le había quedado enredada en el bigote.

– Eso es cuanto puedo contarle.

Quart le sonrió al policía:

– No es gran cosa, pero se lo agradezco.

– No debe agradecerme nada -Navajo ya la emprendía con otra gamba; el montoncito de cascaras bajo sus pies crecía con rapidez vertiginosa-. Me encantaría poder echarle una mano de verdad, pero mis jefes lo han dejado muy claro: cooperación oficiosa, la que sea posible. Algo en plan personal, entre usted y yo. Por los viejos tiempos. Pero no quieren complicarse la vida con iglesias, curas, Roma y todo eso. Otra cosa sería que alguien cometiera o hubiese cometido un delito concreto, de mi competencia. Pero las dos muertes fueron consideradas accidentes por el juez… Y que un hacker se dedique a incordiar al Papa desde Sevilla es algo que nos la trae bastante floja -chupó ruidosamente la cabeza de su gamba, mirando a Quart por encima de las gafas-, Si me permite la expresión.

Se deslizaba el sol despacio sobre el Guadalquivir, sin un soplo de brisa, y en la otra orilla las palmeras parecían centinelas inmóviles montándole guardia a La Maestranza. El Potro del Mantelete era un perfil de estatua contra el reverbero del río en la ventana; un cigarrillo en la boca y tan quieto como el bronce de su maestro Juan Belmente. A don Ibrahim, sentado ante la mesa del comedor, un aroma de huevos fritos con morcilla le venía desde la cocina con la canción que tarareaba la Niña Puñales:

¿Por qué me despierto temblando azoga

y miro la calle desierta y sin luz?

¿Por qué yo tengo la corazona

de que vas a darme sentencia de cruz?…

Aprobó un par de veces con la cabeza el ex falso letrado, moviendo silenciosamente los labios bajo el mostacho para acompañar la letra que la Niña iba desgranando bajito, con su voz ronca de aguardiente, mientras rasera en mano y delantal sobre el vestido de lunares freía los huevos con muchas puntillas, como le gustaban a don Ibrahim. Cuando no se apañaban tapeando por los bares de Triana, los tres compadres solían reunirse a comer algo en casa de la Niña, un modesto segundo piso de la calle Betis que, eso sí, tenía una vista de Sevilla con el Arenal a tiro de piedra, y la Torre del Oro y la Giralda, que ya la hubieran querido los reyes y los millonarios y los artistas de cine con todos sus parneses. Aquella ventana al Guadalquivir era el único patrimonio de la Niña Puñales; había comprado el piso mucho tiempo atrás, con los escasos beneficios que logró reunir de su pasajera fama, y -decía, a modo de consuelo- al menos eso no se lo llevó la trampa. Allí vivía sin necesidad de pagar alquiler, con algunos viejos muebles, una cama de latón reluciente, una estampa de la Virgen de la Esperanza, una foto dedicada de Miguel de Molina, y una cómoda donde amarilleaban las colchas, los manteles y las sábanas bordadas del ajuar intacto. Eso le permitía destinar sus escasos recursos a pagar puntualmente las cuotas mensuales de El Ocaso, S.A., con las que desde hacía veinte años se costeaba un humilde nicho y una lápida en el rincón más soleado del cementerio de San Fernando. Porque la Niña era cantidad de friolera.

1 ... 50 51 52 53 54 55 56 57 58 ... 112
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)