Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La piel del tambor». Краткое содержание книги:

Un pirata informático irrumpe clandestinamente en el ordenador personal del Papa. Entretanto, en Sevilla una iglesia barroca se ve obligada a defenderse matando a quienes están dispuestos a demolerla. El Vaticano envía un agente, sacerdote, especializado en asuntos sucios: el astuto y apuesto padre Lorenzo Quart, quien en el curso de sus investigaciones verá quebrantarse sus convicciones e incluso peligrar sus votos de castidad ante una deslumbrante aristócrata sevillana… Estos son solo algunos de los elementos que conforman esta laberíntica intriga donde se dan cita el suspense, el humor y la Historia a lo largo de un apasionante recorrido por la geografía urbana de una de las ciudades más bellas del mundo.
«Arturo Pérez-Reverte es el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo.»
El País
1 ... 56 57 58 59 60 61 62 63 64 ... 112
Перейти на страницу:

– Nunca lo hubiera imaginado -comentó-. Me refiero a usted, y a todo esto.

Era el suyo un tono conciliador, no del todo desprovisto de sinceridad. Había algo en su punto de vista sobre el padre Ferro que cambiaba con rapidez en las últimas horas. Por su parte, el párroco frotaba el telescopio como si en el interior del tubo de latón estuviese un genio dormido a quien correspondieran todas las respuestas. Al cabo de un instante encogió los hombros bajo la sotana tan raída y llena de lamparones que parecía virar del negro al gris. Era un curioso contraste, consideró Quart: el pequeño y descuidado sacerdote, y aquel instrumento que relucía bajo el cuidado minucioso de su pañuelo.

– Me gusta mirar el cielo de noche -dijo por fin-. La señora duquesa y su hija me permiten venir un par de horas cada día, después de la cena. Puedo subir directamente desde el patio, sin molestar a nadie.

Quart tocó el lomo de uno de los libros. Della celeste fisionomía, 1616. A su lado había unas Tabulae Astronomicae de las que no había oído hablar en la vida. Tosco cura rural, había dicho Su Ilustrísima Aquilino Corvo. El recuerdo lo hizo sonreír para sus adentros mientras hojeaba las tablas astronómicas.

– ¿Cuándo se aficionó a esto?

El padre Ferro, que ya parecía satisfecho con el estado del telescopio, se había guardado el pañuelo en el bolsillo y, vuelto hacia Quart, observaba sus gestos con recelo. Al cabo de un momento le cogió el libro de las manos para devolverlo a su sitio.

– Viví muchos años en una montaña. De noche, cuando me sentaba en el porche de la iglesia, no había otra distracción que mirar el cielo.

Se calló de pronto, con brusquedad, como si hubiese dicho más de lo que exigían las circunstancias. Y no resultaba difícil imaginarlo inmóvil al oscurecer bajo el pórtico de piedra de su iglesia rural, observando la bóveda celeste allí donde ninguna luz humana podía perturbar la armonía de las esferas girando en el Universo. Quart tomó un volumen de los Cuadros de viaje de Heme, y lo abrió al azar por una página marcada con cinta roja:

«La vida y el mundo son el sueño de un dios ebrio, que escapa silencioso del banquete divino y se va a dormir a una estrella solitaria, ignorando que crea cuanto sueña… Y las imágenes de ese sueño se presentan, ahora con una abigarrada extravagancia, ahora armoniosas y razonables… La Ilíada, Platón, la batalla de Maratón, la Venus de Médicis, el Munster de Estrasburgo, la Revolución francesa, Hegel, los barcos de vapor, son pensamientos desprendidos de ese largo sueño. Pero un día el dios despertará frotándose los ojos adormilados, sonreirá, y nuestro mundo se hundirá en la nada sin haber existido jamás…»

Había una ligera brisa cálida. De los patios y calles que se extendían a sus pies, entre los techos de tejas pardas y las terrazas, llegaban hasta el palomar sonidos amortiguados por la altura y la distancia. Tras las ventanas de un colegio cercano, un coro de voces infantiles recitaba una lección, un poema o un canto. Quart aguzó el oído: algo sobre nidos y pájaros. De pronto cesó el recitado y el coro estalló en gritos, risas. Hacia los Reales Alcázares, un reloj daba tres campanadas. Quince minutos para las seis.

– ¿Por qué las estrellas? -preguntó Quart, devolviendo el libro de Heine a su lugar.

El padre Ferro había sacado del bolsillo de la sotana una caja de lata estrecha y abollada, y de ella un cigarrillo de tabaco negro, sin filtro, que se puso en la boca tras humedecer un extremo con los labios.

– Son limpias -dijo.

Encendía el pitillo con un fósforo en el hueco de la mano, inclinando la cabeza rapada a trasquilones, y el gesto le arrugaba más la frente y el rostro tallado por viejas cicatrices. El humo se fue por los arcos de la galería mientras el olor, acre y fuerte, llegaba hasta Quart.

– Comprendo -dijo éste, y los ojos oscuros del párroco se detuvieron en él con un chispazo de interés, o curiosidad, mientras a su boca acudía algo parecido a una sonrisa que no llegó a definir. Incómodo, sin saber si lamentarlo o felicitarse por ello, Quart comprendió que algo había cambiado. El carácter neutral del palomar situado entre cielo y tierra disipaba un tanto la mutua desconfianza, como si al modo antiguo ambos se acogieran a sagrado. Por un instante sintió el impulso de camaradería que a menudo -no demasiado a menudo, en su caso- se establecía entre un clérigo y otro. Soldados perdidos, solitarios, reconociéndose en la confusión de un campo de batalla hostil.

– ¿Cuánto tiempo estuvo allá arriba?

El párroco lo miraba con el cigarrillo consumiéndosele en la boca.

– Veintitantos largos años -dijo.

– Una parroquia pequeña, supongo.

– Muy pequeña. Cuarenta y dos habitantes a mi llegada. Ninguno cuando me fui: morían o se iban. Mi última feligresa era octogenaria, y no resistió las nieves del último invierno.

Una paloma se había posado en el alféizar de la galería y se paseaba arriba y abajo, cerca del sacerdote. Éste se la quedó mirando del mismo modo que si esperase un mensaje y ella pudiera traerlo atado a una de las patas. Pero cuando emprendió el vuelo con un aleteo, el párroco mantuvo la vista fija en el mismo sitio. Sus gestos torpes, su desaliño, seguían recordándole a Quart al viejo y detestable cura de su infancia; pero ahora era capaz de advertir importantes diferencias. Había creído que la tosquedad del padre Ferro respondía a un estado primitivo original. Que se limitaba a ser uno de esos apéndices marginales y miserables del oficio, grises eclesiásticos incapaces -como el lejano sacerdote que ocupaba la memoria de Quart- de superar su propia mediocridad y su ignorancia. Sin embargo, el palomar desvelaba una variedad clerical distinta: la regresión voluntaria, la renuncia al desempeño brillante de la vocación o la profesión elegida podían darse en forma de paso atrás realizado con plena conciencia. Saltaba a la vista que el padre Ferro había sido alguna vez -y de algún modo continuaba siendo, casi en la clandestinidad-, algo más que un grosero cura rural, o el párroco hosco y cerrado que se atrincheraba en el latín preconciliar para decir misa en Nuestra Señora de las Lágrimas. Aquél no era un problema de cultura ni de edad, sino de actitudes. Puestos a usar las referencias de Quart: si de elegir bandera se trataba, era evidente que don Príamo Ferro había escogido la suya.

Había un cuaderno abierto sobre el escritorio, con dibujos a lápiz de una constelación de estrellas. Pensó Quart en el sacerdote inclinado ante su telescopio, de noche, absorto en el silencio del firmamento que giraba despacio al otro extremo de la lente, mientras Macarena Bruner leía Ana Karenina o las Sonatas sentada en uno de los viejos sillones, con las mariposas nocturnas revoloteando a la luz de la lámpara. De pronto sintió un inquietante deseo de echarse a reír. Aquello le producía unos celos terribles.

Cuando alzó los ojos encontró la mirada reflexiva del padre Ferro, como si la expresión que había dejado traslucir le diese que pensar:

– Orión -dijo, y Quart, desconcertado, tardó unos segundos en comprender que se refería al croquis dibujado en el cuaderno-. En esta época del año sólo puede verse la estrella superior del hombro izquierdo del Cazador. Se llama Betelgeuse y aparece por allí -señaló un punto del cielo todavía azul, en el horizonte-. Hacia el Oeste-Noroeste.

Seguía con el pitillo en la boca, y las brasas del pésimo tabaco le caían sobre la pechera de la sotana. Quart pasó páginas llenas de anotaciones, dibujos y cifras. Sólo reconoció la constelación del León, su propio signo zodiacal, en cuyo cuerpo de metal, según la leyenda, rebotaban las jabalinas de Hércules.

1 ... 56 57 58 59 60 61 62 63 64 ... 112
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)