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Электронная книга - «La piel del tambor». Краткое содержание книги:

Un pirata informático irrumpe clandestinamente en el ordenador personal del Papa. Entretanto, en Sevilla una iglesia barroca se ve obligada a defenderse matando a quienes están dispuestos a demolerla. El Vaticano envía un agente, sacerdote, especializado en asuntos sucios: el astuto y apuesto padre Lorenzo Quart, quien en el curso de sus investigaciones verá quebrantarse sus convicciones e incluso peligrar sus votos de castidad ante una deslumbrante aristócrata sevillana… Estos son solo algunos de los elementos que conforman esta laberíntica intriga donde se dan cita el suspense, el humor y la Historia a lo largo de un apasionante recorrido por la geografía urbana de una de las ciudades más bellas del mundo.
«Arturo Pérez-Reverte es el novelista más perfecto de la literatura española de nuestro tiempo.»
El País
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El párroco arrugaba el gesto, despechado. Se hubiera dicho que aquellos paseos lo ponían celoso. Los miércoles eran los días que la duquesa del Nuevo Extremo rezaba el rosario sin él, y tampoco lo invitaba a merendar.

– Ni me gusta ni me deja de gustar, señora -apuntó incómodo-. Pero considero censurable la postura de don Octavio Machuca en el problema de Nuestra Señora de las Lágrimas. Pencho Gavira es subordinado suyo, y podía prohibirle seguir adelante con este sacrilegio -el desagrado endurecía más su rostro lleno de cicatrices-. En eso no las ha servido bien a ustedes dos.

– Octavio tiene un sentido de la vida extraordinariamente práctico -afirmó Cruz Bruner-. A él la iglesia le da lo mismo. Respeta nuestros vínculos sentimentales, pero también cree que mi yerno tomó la decisión adecuada -se quedó mirando los escudos nobiliarios labrados en las enjutas de los arcos del patio-. El futuro de Macarena, decía él, no era mantenerse a flote sobre los restos del naufragio, sino subirse a un yate nuevo y flamante. Y eso es mi yerno quien habría podido costeárselo.

– De todas formas -intervino su hija- hay que decir que don Octavio no toma partido ni a favor ni en contra. Permanece neutral.

Alzó don Príamo Ferro un dedo apocalíptico:

– No conozco neutrales cuando está de por medio la casa de Dios.

– Por favor, padre -Macarena le sonreía con dulzura-. Tómelo con calma. Y con un poco más de chocolate.

Rechazó el párroco aquella tercera taza con aire digno, para quedarse mirando, enfurruñado, la punta de sus gruesos zapatones sin lustrar. Ya sé a quién me recuerda, se dijo Quart. A Jock, el fox-terrier peleón y gruñón de La dama y el vagabundo, pero mucho más atravesado. Miró a la anciana duquesa:

– Antes se refirió usted a su padre el duque… ¿Era el hermano de Carlota Bruner?

La vieja dama pareció sorprendida.

– ¿Conoce la historia? -jugueteó un instante con las varillas del abanico; luego miró a su hija y por fin de nuevo a Quart-. Carlota era mi tía: hermana mayor de mi padre. Es un triste asunto de familia, como quizá usted sepa… Desde niña. Macarena estuvo obsesionada con esa historia. Se pasaba el día con su baúl, leyendo las desdichadas cartas que nunca llegaron, probándose viejos vestidos en la ventana donde dicen que ella se asomaba.

Había algo nuevo en el ambiente. El padre Ferro desvió la mirada, molesto, cual si estuviese lejos de sentirse a sus anchas en aquel tema. En cuanto a Macarena, parecía preocupada.

– El padre Quart -dijo- tiene una de las postales de Carlota.

– Eso es imposible -objetó la duquesa-. Están dentro del baúl, en el palomar.

– Pues la tiene. Una donde se ve la iglesia. Alguien la puso en su habitación del hotel.

– Qué tontería. ¿Quién iba a hacer una cosa así? -la vieja dama miró a Quart brevemente, con recelo-, ¿Te la ha devuelto? -preguntó a su hija.

Ésta negó despacio con la cabeza:

– He permitido que la conserve. De momento.

La duquesa parecía perpleja:

– No me lo explico. Al palomar sólo subes tú, y el servicio.

– Sí -Macarena miraba al párroco-. Y también don Príamo.

El padre Ferro casi estuvo a punto de saltar de la silla.

– Por el amor de Dios, señora -su tono era agraviado, a medio camino entre la indignación y el sobresalto-. No estará insinuando que yo…

– Bromeaba, padre -dijo Macarena, con una expresión tan indefinible que Quart se preguntó si realmente ella había hablado en broma, o no-. Pero lo cierto es que la postal llegó al hotel Doña María. Y eso es un misterio.

– ¿Qué es el palomar? -preguntó Quart.

– No se ve desde aquí, sino desde el jardín -explicó Cruz Bruner-. Llamamos así a la torre de la casa, porque en otro tiempo hubo un palomar. Mi abuelo Luis, el padre de Carlota, era aficionado a la astronomía, e instaló un observatorio. Con el tiempo se convirtió en la habitación donde mi pobre tía pasó, recluida, sus últimos años… Ahora es don Príamo quien trabaja allí.

Miró Quart al párroco sin disimular su sorpresa. Se explicaba ahora los libros encontrados en su vivienda:

– No sabía que era usted aficionado.

– Lo soy -el párroco parecía molesto-. Y no hay razón para que lo sepa, porque ése no es asunto suyo ni de Roma. La señora duquesa tiene la bondad de permitirme utilizar el observatorio.

– Es cierto -confirmó Cruz Bruner, complacida-. Todos los instrumentos están anticuados, pero el padre los conserva limpios, en uso. Y me cuenta sus observaciones. No tiene material para descubrimientos, por supuesto. Pero es agradable -se golpeó suavemente las piernas con el abanico, sonriendo-. Yo no tengo fuerzas para subir allí, aunque Macarena sí va a veces.

Sorpresa tras sorpresa, pensaba Quart. Era un insólito club, el del padre Ferro. El cura indisciplinado y astrónomo.

– Tampoco usted me contó -se había vuelto hacia los ojos oscuros de Macarena, preguntándose qué otras sorpresas encerraban- su interés por la astronomía.

– Me interesa la paz -repuso ella, con sencillez-. Y arriba, cerca de las estrellas, hay paz. El padre Ferro trabaja y me permite estar allí, leyendo o mirando, tranquila.

Observó Quart el cielo por encima de sus cabezas; un rectángulo de azul enmarcado por los aleros del patio andaluz. Había una sola nube, a lo lejos. Era pequeña, solitaria e inmóvil como el padre Ferro.

– En otro tiempo -dijo- esa ciencia estaba prohibida a los clérigos. Excesivamente racional, y por tanto peligrosa para el alma -ahora le sonreía sinceramente al viejo sacerdote-. La Inquisición lo habría encarcelado por eso.

Bajó la frente el párroco. Malhumorado. Duro.

– La Inquisición -murmuró- me habría encarcelado por un montón de cosas, además de la astronomía.

– Pero ya no lo hacen -dijo Quart, que se acordaba del cardenal Iwaszkiewicz.

– No será por falta de ganas.

Por primera vez rieron todos juntos, incluido el mismo padre Ferro, a regañadientes primero y luego del mismo modo bonachón que la vez anterior. Era como si al hablar de astronomía Quart se hubiera acercado a él un poco más. Macarena se daba cuenta y parecía satisfecha, mirando alternativamente al uno y al otro. Sus ojos tenían de nuevo reflejos color de miel, y parecía feliz, recobrada aquella risa sonora y franca, de muchacho. Entonces le sugirió al párroco que le enseñase a Quart el palomar. Relucía el telescopio de latón junto a los arcos mudéjares abiertos a modo de galería en los cuatro costados de la torre, sobre los tejados de Santa Cruz. En la distancia, entre antenas de televisión y bandadas de palomas volando en todas direcciones, podían verse la Giralda, la Torre del Oro y un trecho del Guadalquivir con los trazos azules de las Jacarandas en flor de sus orillas. El resto del paisaje ante el que un siglo atrás había languidecido Carlota Bruner estaba ocupado ahora por edificios modernos de cemento, acero y cristal. No había ninguna vela blanca a la vista, ni barcos balanceándose en la corriente, y los cuatro pináculos del Archivo de Indias parecían centinelas olvidados sobre la antigua Lonja que guardaba el papel, el polvo y la memoria de un tiempo muerto.

– Magnífico lugar -dijo Quart.

El padre Ferro no contestó. Había sacado su pañuelo sucio del bolsillo y frotaba el tubo del telescopio, echándole el aliento. El instrumento era un modelo azimutal de lentes, muy viejo, de casi dos metros de longitud, situado sobre un trípode de madera. El largo tubo de latón y todas las piezas metálicas estaban bruñidas con esmero y relucían bajo los rayos del sol que se iba lentamente hacia la otra orilla, sobre Triana. No había muchas más cosas de interés en el palomar: un par de viejos sillones de cuero cuarteado por el tiempo, un escritorio con muchos cajones, una lámpara, un grabado de la Sevilla del XVII en la pared, y algunos libros encuadernados en pieclass="underline" Tolstoi, Dostoievsky, Quevedo, Heine, Galdós, Blasco Ibáñez, Valle-Inclán, y también tratados de cosmografía, mecánica celeste y astrofísica. Quart se acercó a echarles un vistazo: Tolomeo, Porta, Alfonso de Córdoba. Algunas ediciones eran muy antiguas.

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