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El tercer gemelo

Электронная книга - «El tercer gemelo». Краткое содержание книги:

Ayer acabé otra novela de Ken Follet de las que tengo por casa pendientes.
El tercer gemelo habla sobre el tema de la clonación de seres humanos. Una empresa pionera en estas investigaciones decide, allá por los años setenta, lanzar sus pruebas a los seres humanos pero sin advertir a los afectados.
Veintitrés años después de que se llevaran a cabo algo hará que se descubra todo el pastel, gracias a una profesora que trabaja para esa empresa sin saber el fin real de sus estudios.
“Una joven científica está desarrollando una investigación sobre la formación de la personalidad y las diferencias de comportamiento entre gemelos. De pronto, cuando descubre dos gemelos absolutamente idénticos nacidos de madres distintas, se da cuenta de que alguien intenta frenar su investigación al precio que sea.
¿Es posible que se hayan hecho experimentos secretos de clonación en seres humanos sin ser ellos conscientes? ¿Y de qué forma puede estar involucrado un candidato a la presidencia de los Estados Unidos?”
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– No tengo nietos.

– ¿Esa es su excusa?

– No necesito excusas…

– Tal vez no, pero ¿no obraría usted mucho mejor procurando descubrir un caso de violación de intimidad que realmente preocupase a alguien? ¿No sería ese, incluso, un reportaje mucho mejor para su periódico?

– Seré yo quien juzgue eso.

Jeannie suspiró. Se había esforzado al máximo. Rechinó los dientes y procuró poner fin a la conversación con un toque amistoso.

– En fin, le deseo suerte.

– Agradezco su colaboración, doctora Ferrami.

– Adiós. -Jeannie colgó y dijo-: ¡zorra!

Ted le tendió una taza de café.

– Deduzco que han anunciado la cancelación de tu programa.

– No lo entiendo. Berrington me dijo que hablaríamos acerca de lo que íbamos a hacer.

Ted bajo la voz:

– No conoces a Berry tan bien como yo. Créeme, es una serpiente. Yo no lo perdería de vista.

– Tal vez fue un error -dijo Jeannie, deseosa de agarrarse a un clavo ardiendo-. Quizá la secretaria del doctor Obell envió el comunicado por equivocación.

– Es posible -concedió Ted-. Pero yo apuesto mi dinero sobre la teoría de la serpiente.

– ¿Crees que debería llamar al Times y decir que la persona que contestó en mi teléfono era un impostor?

Ted se echó a reír.

– Lo que creo es que deberías presentarte en el despacho de Berry y preguntarle si tenía intención de enviar el comunicado antes de hablar contigo.

– Buena idea.

Jeannie se bebió el café y se levantó.

Ted fue hacia la puerta.

– Buena suerte. Estoy contigo.

– Gracias.

Jeannie pensó en darle un beso en la mejilla, pero decidió no hacerlo. Se alejó pasillo adelante y subió el tramo de escaleras que conducía al despacho de Berrington. La puerta estaba cerrada con llave. Continuó su camino, rumbo a la oficina de la secretaria que estaba al servicio de todos los profesores.

– ¡Hola, Julie! ¿Dónde esta Berry?

– Se marchó y dijo que hoy ya no volvería, pero me pidió que te diese cita para mañana.

Maldición. El hijo de mala madre le daba esquinazo. La teoría de Ted era acertada.

– ¿A qué hora?

– A las nueve y media.

– Aquí estaré.

Bajó a su planta y entró en el laboratorio. Sentada ante el banco de trabajo, Lisa verificaba la concentración de los ADN de Steven y Dennis que tenía en las probetas. Había mezclado dos microlitros de cada muestra con dos mililitros de tintura fluorescente. La tintura brillaba en contacto con el ADN y la intensidad del brillo indicaba la cantidad de ADN, que medía un fluorímetro dotado de un cuadrante que daba el resultado en nanogramos de ADN por microlito de muestra.

– ¿Cómo estás? -preguntó Jeannie.

– Muy bien.

Jeannie observó con atención el semblante de Lisa. Seguía en negativo, eso saltaba a la vista. Concentrada en la tarea, su expresión era impasible, pero se la apreciaba tensa bajo la superficie.

– ¿Hablaste ya con tu madre?

Los padres de Lisa vivían en Pittsburgh.

– No quiero preocuparla.

– Para eso está. Llámala.

– Quizás esta noche.

Jeannie le contó la historia de la reportera del New York Times mientras Lisa seguía con su trabajo: mezcló muestras de ADN con una enzima denominada endonucleasa de restricción. Estas enzimas destruyen el ADN extraño que pueda introducirse en el cuerpo. Actúan cortando la molécula larga de ADN en miles de fragmentos. Lo que las hacía tan útiles para los ingenieros genéticos era que las endonucleasas siempre seccionan el ADN en el mismo punto específico. Así que los fragmentos de dos muestras de sangre se podían comparar. Caso de corresponderse, la sangre era de un solo individuo o de gemelos idénticos. Si los fragmentos eran distintos, debían proceder de individuos diferentes.

Era como cortar dos centímetros de la cinta de casete de una ópera. Se toma un corte de cinco minutos del principio de dos cintas distintas: si la música de ambas piezas de cinta es un dúo que canta Se a caso madama, los trozos de cinta son de Las bodas de Fígaro. Para eludir la posibilidad de que dos óperas completamente distintas pudieran tener la misma secuencia de notas, era necesario comparar varios fragmentos, no sólo uno.

El proceso de fragmentación llevaba varias horas y no podía apresurarse: si el ADN no se fragmentaba en su totalidad, la prueba no resultaría.

A Lisa le causó bastante impacto el relato que le hizo Jeannie, pero no se mostró tan compasiva como la doctora esperaba. Tal vez era porque Lisa había sufrido un trauma devastador sólo tres días antes y, en comparación, la crisis de Jeannie parecía ser menos grave.

– Si hubieses de decir adiós a tu proyecto -dijo Lisa-, ¿qué otro estudio emprenderías?

– No tengo ni idea -replicó Jeannie-. No puedo imaginar que tenga que despedirme de este.

Jeannie se daba cuenta de que Lisa era incapaz de identificarse afectivamente, de comprender ese anhelo que impulsa a los científicos. Para Lisa, ayudante de laboratorio, un proyecto de investigación era más o menos igual que otro.

Jeannie volvió a su despacho y telefoneó a la Residencia Bella Vista del Ocaso. Con todo lo que le estaba ocurriendo a ella, se le había pasado por alto hablar con su madre.

– ¿Podría ponerme con la señora Ferrami, por favor? -pidió.

– Están almorzando. -La respuesta fue brusca.

Jeannie vaciló.

– Bueno. ¿Tendría usted la bondad de decirle que ha llamado su hija y que volverá a hacerlo dentro de un rato?

– Sí.

Jeannie tuvo la sensación de que la mujer no estaba tomando nota del recado.

– Soy J-e-a-n-n-i-e -dijo-. Su hija.

– Sí, vale.

– Gracias, muy amable.

– De nada.

Jeannie colgó. Tenía que sacar a su madre de allí. Aún no había realizado ninguna gestión para conseguir clases que dar durante los fines de semana.

Consultó su reloj: poco más de las doce del mediodía. Cogió el ratón y miró la pantalla, pero parecía inútil seguir trabajando en un proyecto que podían cancelar. Dominada por una sensación de rabia e impotencia, decidió dar por concluida la jornada laboral.

Apagó el ordenador, cerró el despacho y abandonó el edificio. Aún tenía su Mercedes rojo. Subió al coche y palmeó el volante con una agradable sensación de familiaridad.

Trató de animarse. Tenía padre; lo cual no dejaba de ser un raro privilegio. Tal vez debiera pasar tiempo con él, disfrutar de la novedad de su compañía. Podrían darse un paseo hasta el puerto y caminar un poco juntos. Le compraría una chaqueta deportiva nueva en Brooks Brothers. Ella no tenía dinero, pero se la cargarían en cuenta. Qué diablos, para cuatro días que va a vivir una…

Se sentía mucho mejor al aparcar el automóvil ante su domicilio.

– Papá, ya estoy en casa -avisó mientras subía las escaleras. Al entrar en el salón notó que algo no encajaba. Al cabo de un momento reparó en que el televisor no estaba en su sitio. Quizá su padre lo trasladó al dormitorio para ver algún programa. Miró en el cuarto contiguo; su padre no estaba allí. Volvió a la sala de estar-. ¡Oh, no! -exclamó. La videograbadora también había desaparecido-. ¡No es posible que me hayas hecho esto, papá! -El estero había volado, lo mismo que el ordenador de encima del escritorio-. ¡No! ¡No puedo creerlo! -Corrió a su alcoba y abrió el joyero. El pendiente nasal con el diamante de un quilate que le había regalado Will Temple brillaba por su ausencia.

Repicó el teléfono y Jeannie descolgó con gesto estómago.

– Aquí, Steve Logan -dijo la voz-. ¿Cómo estás?

– Este es el día más espantoso de mi vida -dijo Jeannie, y rompió a llorar.

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