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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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Reconocí el montón de ladrillos que había visto en la Máquina Parlanchina.

—¿Ésa es su máquina de fisión?

—Es el segundo reactor de grafito del mundo —dijo Wallis—. Es más bien una copia del primero, el que construyó Fermi en la Universidad de Chicago. —Sonrió—. Creo que lo construyó en una cancha de squash. Es una historia increíble.

—Sí-dije algo irritado—, pero ¿qué reacciona con qué?

—Ah —dijo y se quitó las gafas para limpiar las lentes con la punta de la corbata—.Intentaré explicárselo…

No tengo que decir que le llevó algo de tiempo, pero me las arreglé para destilar la esencia y entender un poco.

Ya sabía por Nebogipfel que había una subestructura en el interior del átomo, y que Thomson daría uno de los primeros pasos hacia ese descubrimiento. Ahora descubrí que esa subestructura podía cambiarse. Eso podría suceder con la combinación de un núcleo atómico con otro, o quizás espontáneamente, con la desintegración de un átomo masivo; a esa desintegración se la llama fisión atómica.

Y, ya que la subestructura determina la identidad del átomo, el resultado de ese cambio no es otra cosa, por supuesto, que la transmutación de un elemento en otro, el viejo sueño de los alquimistas.

—Ahora —dijo Wallis—, no le sorprenderá saber que con cada desintegración atómica se libera algo de energía, ya que los átomos siempre buscan el estado más estable y con menor energía. ¿Me sigue?

—Por supuesto.

—En esta pila tenemos seis toneladas de carolinio, cincuenta toneladas de óxido de uranio y cuatrocientas toneladas en bloques de grafito… y produce un flujo de energía invisible, incluso mientras la miramos.

—¿Carolinio? No lo he oído nombrar.

—Es un elemento artificial nuevo, producido por bombardeo. Tiene una vida media de diecisiete días, es decir, pierde la mitad de su energía en ese periodo de tiempo.

Miré nuevamente el anodino montón de ladrillos: ¡parecía tan vulgar, tan poco atractivo! Y aun así, pensé, si lo que Wallis decía sobre la energía del núcleo atómico era cierto…

—¿Cuáles son las aplicaciones de esa energía?

Se volvió a colocar las gafas.

—Tenemos tres áreas principales. Primero, la producción de energía a partir de una fuente compacta: con una pila así a bordo, podemos concebir Juggernauts submarinos que podrían pasar meses debajo del océano, sin necesidad de repostar; o podríamos construir bombarderos de gran altitud que podrían dar docenas de veces la vuelta al mundo sin tener que aterrizar, e ideas similares.

»Segundo, empleamos la pila para irradiar materiales. Podemos utilizar los productos de la fisión del uranio para transmutar otros materiales… De hecho, hay ahí en este momento cierto número de muestras para el profesor Gödel, para apoyar algún oscuro experimento suyo. No podemos verlas, por supuesto, las muestras están en el interior de la pila…

—¿Y la tercera aplicación?

—Ah —dijo, y una vez más sus ojos adoptaron ese brillo remoto y calculador.

—Ya lo entiendo —dije sombrío—. La energía atómica podría emplearse en una buena bomba.

—Por supuesto hay importantes problemas prácticos que resolver —dijo—. La producción de los isótopos adecuados en cantidades suficientes… la coordinación de la explosión inicial… pero sí, parece que podría servir para fabricar una bomba con la potencia suficiente para aplastar una ciudad, Bóveda incluida; una bomba lo bastante pequeña para encajar en una maleta.

10. EL PROFESOR GÖDEL

Recorrimos más pasillos estrechos de hormigón, para salir, finalmente, al edificio principal del college. Llegamos a un corredor lujosamente alfombrado y con retratos de hombres eminentes del pasado en las paredes; ya conocen el lugar: ¡un mausoleo de científicos muertos! Había soldados, pero su presencia era discreta.

Allí estaba situada la oficina de Kurt Gödel.

Con pinceladas ágiles y rápidas, Wallis me dibujó la vida de Gödel. Había nacido en Austria y se había licenciado en matemáticas en Viena. Bajo la influencia de los positivistas lógicos que conoció allí (yo nunca he tenido demasiado tiempo para las filosofías), los intereses de Gödel pasaron a ser la lógica y el fundamento de la matemática.

En 1931 —apenas con veinticinco años— Gödel había publicado su tesis sorprendente sobre la incompletitud eterna de la matemática.

Más tarde, demostró interés en el reciente estudio de los físicos del Espacio y el Tiempo, y produjo algunos artículos especulativos sobre la posibilidad del viaje en el tiempo (supongo que ésos debían de ser los estudios publicados que Nebogipfel había mencionado). Pronto, por presión del Reich, se le trasladó a Berlín, donde comenzó a trabajar en las aplicaciones militares del viaje en el tiempo.

Llegamos a una puerta con una placa de níquel que llevaba grabada el nombre de Gödel. Era tan reciente que pude encontrar serrín de los agujeros en la alfombra.

Wallis me advirtió que la visita duraría sólo unos minutos. Llamó a la puerta.

Una voz aguda y alta sonó dentro:

—¡Pasen!

Penetramos en una habitación amplia, con techos altos, una buena alfombra, un bonito papel pintado y una mesa cubierta de cuero verde. Antes la habitación debía de tener una buena iluminación, ya que las grandes ventanas —ahora cubiertas— estaban orientadas al oeste: de hecho, en dirección al lugar donde yo me alojaba.

El hombre de la mesa continuó escribiendo cuando entramos; mantenía el brazo alrededor de la página, evidentemente para que no viésemos nada. Era un hombre bajo, delgado y de aspecto enfermizo, con una frente amplia y frágil; su traje era de lana y estaba lleno de arrugas. Mi impresión era que tenía unos treinta años.

Wallis levantó una ceja.

—Es un tipo raro —me susurró—, pero una mente increíble.

La habitación tenía estanterías, que en aquel momento estaban vacías; la alfombra estaba repleta de cajas, libros y revistas —la mayoría en alemán— que se habían caído formando montones desiguales, y había varios botes de muestras. ¡Y en uno de ellos vi algo que hizo que el corazón me saltase de emoción!

Me aparté de la caja e intenté ocultar mi agitación.

Finalmente, con un sonido de exasperación, el hombre tras la mesa tiró la pluma lejos de él —chocó contra una pared— y arrugó las hojas escritas con las manos, ¡antes de tirar todo —todo lo que había escrito— a una papelera!

Levantó la vista como si se hubiese dado cuenta por primera vez de que estábamos allí.

—Ah —dijo—. Wallis. —Puso las manos tras la mesa y pareció hundirse sobre sí mismo.

—Profesor Gödel, es muy amable al permitir que le visitemos. Éste es… —me presentó.

Ah —dijo Gödel nuevamente, y sonrió mostrando dientes desiguales—. Por supuesto —se puso en pie, con movimientos angulares, y caminó alrededor de la mesa para ofrecerme la mano. La estreché; era delgada, huesuda y fría—, el placer es mío: Anticipo que tendremos muchas discusiones apasionantes. —Hablaba un buen inglés con un ligero acento.

Wallis tomó la iniciativa y nos llevó a unos sillones cerca de la ventana.

—Espero que encuentre su lugar en esta Nueva Era —me dijo Gödel con sinceridad—. Puede que sea un poco más salvaje que el mundo de sus recuerdos. Pero quizás, al igual que yo, se le tolerará como a un excéntrico útil. ¿Sí?

Wallis saltó.

—Oh, vamos, profesor…

—Excéntrico —contestó él—. Ekkentros, fuera del centro. —Sus ojos se volvieron hacia mí—. Sospecho que así es como somos nosotros, un poco fuera del centro de las cosas. Vamos, Wallis, sé que los formales británicos me consideran un poco raro.

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