Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
Fletcher miró a Ralph Elliot, quien intentaba fingirse sorprendido a medida que se pronunciaba cada frase, pero nunca nadie le había hablado de lo que era sobreactuar. Entonces recordó haber visto a Elliot en la Quinta Avenida después de salir del bar. Se sintió dominado por una rabia impotente al comprender que el socio principal al que se refería era Logan.
– Quiero recordarles a todos -recalcó Bill Alexander- que este asunto no volverá a ser discutido en público o en privado.
El socio principal se levantó y salió de la sala de juntas sin añadir palabra.
Fletcher juzgó que sería diplomático estar entre los últimos en salir, así que en cuanto se marcharon todos los socios se levantó y caminó sin prisas hacia la puerta. Al dirigirse a su despacho oyó unos pasos que le seguían, pero no se volvió hasta que Elliot le alcanzó.
– Tú estabas en el bar con Logan aquella noche, ¿no es así? -Elliot guardó silencio unos instantes-. No se lo he dicho a mi tío.
Fletcher permaneció en silencio y dejó que Elliot se alejara, pero en cuanto entró en su despacho escribió en un papel las palabras que Elliot había empleado en su amenaza velada.
El único error que cometió fue no informar a Bill Alexander inmediatamente.
Una de las muchas cosas que Nat admiraba de Su Ling era que nunca decía: «Te avisé», aunque después de todas sus advertencias tenía todo el derecho a hacerlo.
– ¿Qué pasará ahora? -preguntó, sin preocuparse del incidente, que ya era cosa del pasado.
– Tengo que decidir entre dimitir o esperar a que me despidan.
– Steven es el jefe de tu departamento e incluso Adrian está por encima de ti.
– Lo sé, pero todas las decisiones eran mías, yo firmé las órdenes de compra y venta, así que nadie cree de verdad que ellos tuvieran alguna participación.
– ¿Cuánto perdió el banco?
– Un poco menos de medio millón.
– Tú les has hecho ganar mucho más que eso en los últimos dos años.
– Tienes toda la razón, pero ahora los jefes de los otros departamentos me consideran poco fiable y siempre temerán que pueda volver a pasar. Steven y Adrian ya se están distanciando lo más rápido que pueden; no les interesa en absoluto perder sus trabajos.
– Sin embargo, tú todavía puedes hacerle ganar mucho dinero al banco. ¿Qué sentido tiene despedirte?
– Pueden reemplazarme en cualquier momento; hay cientos de chicos brillantes que se licencian todos los años.
– Son pocos los de tu talento -afirmó Su Ling.
– Creía que tú no aprobabas esa clase de trabajo.
– No he dicho que lo apruebe -replicó Su Ling-, pero eso no significa que no reconozca y admire tu capacidad. -Vaciló-. ¿Hay alguien dispuesto a ofrecerte empleo?
– No creo que me llamen con el mismo entusiasmo de hace un mes atrás, así que tendré que iniciar una ronda de llamadas.
Su Ling abrazó a su marido.
– Te has enfrentado a cosas peores en Vietnam y conmigo en Corea; en ningún momento te acobardaste.
Nat casi había olvidado lo ocurrido en Corea, aunque era evidente que aún seguía preocupando a Su Ling.
– ¿Qué hay del fondo Cartwright? -preguntó la muchacha mientras Nat la ayudaba a poner la mesa.
– Perdimos casi cincuenta mil dólares, pero todavía dará un pequeño beneficio. Eso me recuerda que tengo que llamar al señor Russell para disculparme.
– También a ellos les has hecho ganar su buen dinero en el pasado.
– Motivo por el cual depositaron tanta confianza en mí. -Nat descargó una palmada en la mesa-. Maldita sea, tendría que haberlo visto venir. -Miró a su esposa-. ¿Qué crees que debería hacer?
Su Ling se tomó su tiempo para pensar en la respuesta.
– Dimite -respondió-, y búscate un empleo como Dios manda.
Fletcher marcó el número directamente sin pasar por su secretaria.
– ¿Estás libre para comer? -Escuchó la respuesta-. No, tenemos que quedar en algún sitio donde nadie nos reconozca. -Oyó lo que la otra persona le decía-. ¿Es el que está en la Cincuenta y siete Oeste? -Volvió a callarse mientras le respondían-. De acuerdo, nos vemos a las doce y media.
Fletcher llegó a Zemarki’s unos minutos antes de la hora. Su invitado le esperaba. Ambos pidieron ensaladas y Fletcher una cerveza.
– Creía que nunca bebías a la hora de la comida.
– Hoy es una de esas ocasiones en que necesito beber algo -respondió Fletcher. Bebió un buen trago y luego le relató a su amigo lo que había sucedido aquella mañana en la firma.
– Estamos en mil novecientos setenta y seis, no en mil setecientos setenta y seis -comentó Jimmy.
– Lo sé, pero por lo visto todavía quedan un par de dinosaurios sueltos y Dios sabe qué otras mentiras le contó Elliot a su tío.
– Tu señor Elliot parece un tipo encantador. Será mejor que vayas con cuidado porque probablemente tú seas el siguiente de su lista.
– Puedo cuidar de mí mismo. Es Logan quien me preocupa.
– Si es la mitad de bueno de lo que dices no tardará nada en encontrar trabajo.
– No después de que llamen a Bill Alexander para saber por qué se marchó repentinamente.
– Ningún abogado se atrevería a decir que ser gay sea causa de despido.
– No necesita hacerlo -señaló Fletcher-. Dadas las circunstancias solo tendría que decir: «Preferiría no discutir el tema, es algo delicado», cosa que sería muchísimo más letal. -Bebió otro trago-. Te diré una cosa, Jimmy. Si tu empresa tiene la fortuna de contratar a Logan, nunca lo lamentarán.
– Hablaré con el socio principal esta tarde y te informaré de lo que me diga. ¿Qué tal está mi hermanita?
– Poco a poco se está haciendo con todo en Ridgewood, incluido el club del libro, el equipo de natación y la campaña de donantes de sangre. Nuestro gran problema ahora es a qué escuela enviaremos a Lucy.
– Hotchkiss ahora acepta a niñas -dijo Jimmy- y queremos…
– Me pregunto qué opina el senador al respecto. -Fletcher se acabó la cerveza-. Por cierto, ¿qué tal está?
– Agotado, pero no ha dejado ni por un momento de prepararse para las próximas elecciones.
– No hay nadie que le haga sombra a Harry. No he conocido a un político más popular en todo el estado.
– Pues ya se lo puedes decir -replicó Jimmy-. La última vez que lo vi había engordado diez kilos y parecía en muy mala forma física.
Fletcher consultó el reloj.
– Transmítele mis saludos al viejo guerrero; dile que Annie y yo haremos todo lo posible por ir a pasar un fin de semana en Hartford cuanto antes. -Se calló un momento-. Tú y yo no nos hemos visto hoy.
– Te estás volviendo paranoico -opinó Jimmy mientras cogía la cuenta-, que es exactamente lo que el tal Elliot desea que pase.
Nat presentó la dimisión a la mañana siguiente, mucho más tranquilo al ver la calma con la que Su Ling se había tomado aquel asunto. Claro que a ella le resultaba muy fácil decirle que se buscara un trabajo como Dios manda cuando solo había una actividad para la que se sentía capacitado.
Cuando fue a su oficina para recoger sus objetos personales tuvo la impresión de ser el portador de la peste. Sus hasta hacía unos minutos colegas pasaban a su lado sin dirigirle la palabra y los que ocupaban las mesas vecinas miraban en otra dirección mientras hablaban por teléfono.