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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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En cuanto salió del edificio, detuvo al primer taxi que pasó. Le dio un billete de diez dólares al taxista por un viaje de cinco calles y le dijo:

– Tengo que estar allí ayer.

El taxista pisó el acelerador a fondo y condujo su vehículo como una centella entre los demás coches. Cuatro minutos más tarde frenó violentamente delante de la puerta del edificio donde trabajaba Nat. Este se apeó de un salto, entró en el vestíbulo y corrió hacia el primer ascensor que vio con las puertas abiertas. Estaba lleno de agentes de cambio y bolsa que comentaban las novedades a voz en cuello. Nat no se entero de nada nuevo, excepto que el Ministerio de Economía francés había hecho público el escueto comunicado de la devaluación a las diez de la mañana, hora local. Maldijo para sus adentros cuando el ascensor se detuvo ocho veces en la lenta subida hasta el piso once.

Steven y Adrian ya se encontraban frente a las pantallas en el despacho de compraventa de divisas.

– ¿Cuáles son las últimas noticias? -gritó mientras se quitaba la americana.

– Todo el mundo está recibiendo una paliza -dijo Steven-. Los franceses han devaluado oficialmente un siete por ciento, pero los mercados consideran que es demasiado poco y demasiado tarde.

Nat miró la información que aparecía en la pantalla.

– ¿Qué pasa con las otras divisas?

– La libra, la lira y la peseta van a la baja. Sube el dólar; el yen y los francos suizos aguantan, el marco alemán oscila.

Nat continuó atento a los números de la pantalla que cambiaban cada pocos segundos.

– Intenta comprar yenes -le dijo a Steven. Vio cómo la libra bajaba otro punto.

Steven cogió el teléfono directo con la mesa de negocios. Nat lo miró. Estaban perdiendo unos segundos valiosísimos mientras esperaban a que un agente atendiera la llamada.

– ¿A cuánto está la cotización y cuál es la oferta? -preguntó Steven.

– Diez millones a dos mil sesenta y ocho.

Adrian no quiso ni mirar cuando Steven dio la orden.

– Vende todas las libras y liras que nos queden porque serán las próximas que se devaluarán -dispuso Nat.

– ¿A qué precio?

– Al demonio con el precio. Vende y conviértelo todo en dólares. Si se desata una tormenta en toda regla, todos buscarán refugio en Nueva York. -Nat se sorprendió al comprobar lo tranquilo que se sentía en medio del coro de gritos e insultos que sonaba a su alrededor.

– Hemos acabado con las liras -le avisó Adrian- y nos ofrecen yenes a dos mil veintisiete.

– Cómpralos -entonó Nat, siempre atento a la pantalla.

– Nos hemos quedado sin libras -informó Steven-, a dos coma treinta y siete.

– Muy bien. Cambia la mitad de nuestros dólares a yenes.

– Me he quedado sin guilders -gritó Adrian.

– Cámbialos todos a francos suizos.

– ¿Quieres vender los marcos alemanes que tenemos? -preguntó Steven.

– No -respondió lacónico Nat.

– ¿Quieres comprar?

– No -repitió Nat-. Se mantienen en el centro y no parecen dispuestos a moverse en ninguna dirección.

Acabó de tomar decisiones en menos de veinte minutos; luego no le quedó más que mirar las pantallas y ver las extensiones del daño sufrido. A medida que las demás divisas continuaban cotizando a la baja, Nat fue consciente de que los demás estaban sufriendo mucho más, aunque no dejaba de ser un triste consuelo.

Si los franceses hubiesen esperado hasta el mediodía, la hora habitual para anunciar una devaluación, él habría estado en su mesa.

– ¡Condenados franceses! -exclamó Adrian.

– Condenados no, astutos -replicó Nat-. Devaluaron mientras estábamos durmiendo.

La devaluación del franco francés no fue algo que preocupara lo más mínimo a Fletcher, que leyó la noticia en el New York Times mientras viajaba en el tren que lo llevaba a la ciudad. Varios bancos habían sufrido un fuerte castigo e incluso algunos de ellos habían informado de problemas de liquidez al SEC, la comisión de vigilancias y control del mercado de valores. Pasó la página para leer un perfil del hombre que seguramente sería el candidato demócrata a la presidencia frente a Ford. Sabía muy poco de Jimmy Carter, apenas que había sido gobernador de Georgia y era propietario de una plantación de cacahuetes. Dejó de leer un momento y pensó en sus propias ambiciones políticas, que había dejado en suspenso mientras procuraba demostrar sus aptitudes en la firma de abogados.

Decidió que se uniría a la organización de respaldo a la campaña de Carter en Nueva York y dedicaría a ello todo el tiempo libre de que pudiera disponer. ¿Tiempo libre? Harry y Martha se quejaban de que apenas le veían. Annie había entrado a formar parte de la junta de otra organización no gubernamental y Lucy tenía la varicela. Cuando llamó a su madre para preguntarle si él había tenido la varicela, lo primero que le respondió fue: «Hola, forastero». Sin embargo, todas estas pequeñas preocupaciones pasaron al olvido en cuanto llegó a la oficina.

La primera señal de que había un problema la recibió cuando le dio los buenos días a Meg en la recepción.

– Hay una reunión de todos los abogados en la sala de conferencias a las ocho y media -le informó la joven con un tono desabrido.

– ¿Tienes alguna idea de lo que pasa? -le preguntó Fletcher, y de inmediato comprendió que era una pregunta ridícula. La confidencialidad era la marca de la casa.

Varios de los socios ya ocupaban sus lugares y hablaban entre ellos en voz baja, cuando Fletcher entró en la sala de juntas a las ocho y veinte y se sentó sin perder ni un segundo, detrás de la silla de Matt. ¿Podía la devaluación del franco dispuesta por el gobierno francés afectar a una firma de abogados en Nueva York? Lo dudaba. ¿El socio principal quería hablar del acuerdo Higgs y Dunlop? No, no era el estilo de Alexander. Miró a los socios sentados alrededor de la mesa. Si alguno sabía de qué se trataba, no soltaba prenda. Pero tenían que ser malas noticias, porque las buenas siempre se anunciaban en la reunión de las seis de la tarde.

El socio principal entró en la sala a las ocho y veinticuatro minutos.

– Les pido disculpas por mantenerlos apartados de sus puestos de trabajo -manifestó-, pero esto no es algo que se pueda comunicar en una circular interna o colar en mi informe mensual. -Guardó silencio un momento, que aprovechó para aclararse la garganta-. La fuerza de esta firma reside en que nunca se ha visto implicada en ningún escándalo de tipo personal o financiero; por tanto, considero que incluso la más mínima insinuación de un problema de ese tipo debe ser solucionada expeditivamente. -Fletcher estaba absolutamente desconcertado-. Se ha puesto en mi conocimiento que un miembro de esta firma ha sido visto en un bar frecuentado por los abogados de firmas rivales. -Yo lo hago todos los días, pensó Fletcher, y no creo que sea un crimen-. Aunque no se trata de algo reprochable en sí mismo, podría conducir a otros episodios que son inaceptables para Alexander Dupont y Bell. Afortunadamente, uno de los nuestros, anteponiendo el bien de nuestra firma por encima de otras consideraciones, ha pensado que era su deber ponerme al corriente de lo que podría acabar siendo una situación embarazosa. El empleado a quien me refiero fue visto en un bar mientras sostenía una conversación con un miembro de una firma rival. Luego se marchó con dicha persona aproximadamente a las diez de la noche, juntos cogieron un taxi que los llevó a la casa del segundo en el West Side y no se le vio hasta las seis y media de la mañana siguiente, cuando regresó a su propio apartamento. Llamé inmediatamente al empleado en cuestión, quien no hizo el menor intento por negar su relación con el empleado de la firma rival, y me complace decir que estuvo de acuerdo en que lo más conveniente para todos era dimitir en el acto. -Se calló un momento-. Doy las gracias al empleado, que no vaciló en poner los intereses de la firma por encima de todo lo demás y consideró que era su deber comunicarme este asunto.

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