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¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]

Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva e hilarante entrega de Mundodisco, Terry Pratchett nos presenta a un nuevo grupo de personajes que viven en Ankh-Morpork. Bueno, viven..., digamos que moran o habitan, que ya se sabe que en Ankh-Morpork el único que vive es el patricio… La guardia (turno de noche) está formada por un grupo de hombres rudos, con alguna debilidad de carácter, de acuerdo, que se entregan con aplomo a su trabajo y hacen frente sin temor a un cúmulo de situaciones peligrosas.
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
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No había rastro del trono, ni de su ocupante, aunque quizá un complicado examen forense del montón de cenizas que había sobre la madera humeante pudiera aportar alguna pista definitiva.

Vimes se agarró a una fuente ornamental para que la multitud no lo arrastrara en su estampida. Todas las calles que salían de la plaza estaban abarrotadas de gente que huía. Pero sin hacer demasiado ruido, según advirtió Vimes. Nadie quería volver a desperdiciar el aliento chillando. Era, sencillamente, una sólida determinación de encontrarse en cualquier otra parte.

El dragón extendió las alas y las sacudió sin prisas. Los ciudadanos que se encontraban más rezagados en la huida tomaron esto como una indicación para subirse a las espaldas de los que tenían delante, y escapar saltando de cabeza en cabeza.

A los pocos segundos, en la plaza no quedaba más que algún que otro imbécil y los que padecían un caso terminal de sorpresa aguda. Incluso los que habían resultado semiaplastados por la multitud se arrastraban valientemente hacia la salida más cercana.

Vimes miró a su alrededor. Parecía haber montones de banderas caídas, y una cabra vieja se dedicaba a devorar algunas sin dar crédito a su suerte. A lo lejos pudo ver a Y-Voy-A-La-Ruina, a cuatro patas, tratando de recoger el contenido de su bandeja.

Al lado de Vimes, un niño pequeño agitaba una banderita titubeante y gritaba «Hurra».

Luego, todo quedó en silencio.

Vimes se inclinó hacia el crío.

—Me parece que será mejor que te vayas a tu casa —dijo.

El niño lo miró.

—¿Eres un guardia?

—No. Y sí.

—¿Qué le ha pasado al rey, guardia?

—Eh…, creo que se ha ido a descansar.

—Mi tía me ha dicho que no hable con los guardias —siguió el mocoso.

—Entonces, lo mejor es que te vayas corriendo a tu casa a contarle lo obediente que has sido —replicó Vimes.

—Mi tía me dice que, si soy malo, me pondrá en el tejado y llamará al dragón —dijo el niño sin darle gran importancia—. Mi tía dice que te come empezando por las piernas, para que veas lo que te está pasando.

—¿Por qué no te vas a casa y le dices a tu tía que es un gran ejemplo de la tradición educadora de Ankh-Morpork? ¡Venga, vete de una vez!

—Te machaca los huesos —añadió el niño alegremente—. Y cuando llega a la cabeza, te…

—¡Mira, está ahí arriba! —gritó Vimes—. ¡Es el dragón malo que te va a comer! ¡Vete a casa, corre!

El niño alzó la vista hacia la bestia que descansaba sobre los restos del estrado.

—Aún no lo he visto comerse a nadie —se quejó.

—Lárgate de una vez o te vas a enterar de lo que es una buena azotaina —dijo Vimes al final.

Aquello parecía más adecuado. El niño comprendió y asintió.

—Vale. ¿Puedo gritar hurra otra vez?

—Si quieres…

—Hurra.

Bravo por la relación entre policía-ciudadanos, pensó Vimes. Aventuró otra mirada desde detrás de la fuente.

—Diga lo que quiera —retumbó una voz justo por encima de él—, yo sigo pensando que es un espécimen magnífico.

Vimes miró hacia arriba, hacia el cuenco que formaba la cúspide de la fuente.

—¿Se ha dado cuenta de que, cada vez que nos vemos, aparece un dragón? —dijo Sybil Ramkin, bajándose de la fuente y dejándose caer ante él con una sonrisa de oreja a oreja—. Es casi como tener nuestra propia canción, o algo por el estilo.

—Está ahí, sentado, no hace más que mirar a su alrededor. Como si esperase a que sucediera algo.

El dragón parpadeó con paciencia jurásica.

Las calles que salían de la plaza estaban abarrotadas de gente. Ése era el instinto de Ankh-Morpork, pensó Vimes. Huye, y luego te paras a ver si le está sucediendo algo interesante a otras personas.

Algo se movió entre los restos del estrado, cerca de la zarpa derecha del dragón, y el Sumo Sacerdote de lo el Ciego se puso trabajosamente en pie. De su túnica cayó una cascada de polvo y astillas. Aún tenía el sucedáneo de corona en una mano.

Vimes vio cómo el anciano alzaba la vista hacia un par de ojos rojos brillantes como brasas, a varios metros por encima de él.

—¿Los dragones pueden leer la mente? —susurró a lady Ramkin.

—Yo estoy segura de que los míos entienden cada palabra que les digo —siseó ella—. ¡Oh, no! ¡Ese viejo imbécil le está dando la corona!

—¿No le parece buena idea? A los dragones les gusta el oro. Es como tirarle un hueso a un perro, ¿no?

—Oh, dioses —suspiró Sybil Ramkin—. Puede que no. Los dragones tienen un paladar muy sensible.

El gran dragón parpadeó observando el pequeño aro de oro. Luego, con toda delicadeza, extendió una uña de un metro de largo y enganchó la cosa para cogerla de entre los dedos temblorosos del sacerdote.

—¿Qué quiere decir con eso de sensible? —dijo Vi-mes, observando cómo la uña viajaba lentamente hacia la cabeza alargada, equina.

—Que tienen el sentido del gusto muy desarrollado. Probablemente sea una aptitud genética.

—¿Quiere decir que puede saborear el oro? —susurró Vimes cuando la corona recibió un lametón.

—Sin duda alguna. Y olerlo.

Vimes se preguntó qué posibilidades habría de que la corona fuera de oro. Decidió que pocas. Pan de oro sobre cobre, con suerte. Lo suficiente como para engañar a los seres humanos. Y luego se preguntó cómo reaccionaría alguien si le ofrecieran azúcar y, una vez hubiera puesto tres cucharadas en el café, resultara que era sal.

El dragón se quitó la zarpa de la boca y, con un movimiento grácil, atrapó al sumo sacerdote, que trataba de escapar a hurtadillas, y lo lanzó por los aires. Cuando el hombre estuvo en la cúspide del arco, gritando, la gran boca de la bestia se abrió y…

—¡Dioses! —exclamó lady Ramkin. Los espectadores dejaron escapar un gemido colectivo.

—¡Qué temperatura! —exclamó Vimes—. No ha quedado nada, ¡sólo un jirón de humo!

Hubo otro movimiento entre los restos del estrado. Se levantó una figura más.

Era Lupine Wonse, cubierto por una capa de cenizas.

Vimes lo vio alzar la mirada hacia un par de fosas nasales del tamaño de un paraguas.

Wonse echó a correr. Vimes se preguntó cómo se sentiría uno al huir de algo como aquello, esperando que en cualquier momento tu columna vertebral alcanzara durante unos instantes una temperatura próxima a la del punto de vaporización del hierro. Se lo imaginaba muy bien.

Wonse consiguió recorrer media plaza antes de que el dragón saltara con una agilidad sorprendente para un ser de su tamaño, y lo atrapara. La zarpa que levantó a la figura que se debatía se detuvo a pocos metros de los ojos del dragón.

Pareció examinar al hombre durante un rato, dándole vueltas para verlo mejor. Después, moviéndose con las tres patas libres y batiendo las alas de cuando en cuando para mantener el equilibrio, salió de la plaza y se alejó en dirección a…, a lo que en el pasado había sido el palacio del patricio. Y el palacio del rey, también en el pasado.

Hizo caso omiso de los espectadores que se apretaban contra las paredes. Derribó el arco de entrada con los hombros, con una deprimente facilidad. Las puertas en sí, grandes, sólidas, chapadas en hierro, aguantaron unos sorprendentes diez segundos antes de derrumbarse convertidas en un montoncito de cenizas brillantes.

El dragón entró.

Lady Ramkin se dio la vuelta, atónita. Vimes se había echado a reír.

Era una risa enloquecida, le lloraban los ojos, pero era una risa, sin lugar a dudas. Rió y rió, dejándose resbalar por el costado de la fuente hasta quedar sentado junto a ella.

—¡Hurra, hurra, hurra! —reía, casi atragantándose.

—¿Qué demonios quiere decir? —inquirió lady Ramkin.

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