La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
– Muy bien, chiquitín, ahora te toca a ti.
El más pequeño comprendió que si dejaba que el policía lo lavara, no tardaría en salir de la bañera y verse en las rodillas de su madre. De modo que dejó de llorar y se quedó totalmente quieto mientras Gösta volvía a mojar la toalla en el disolvente y empezaba a limpiarlo. Pocos minutos más tarde, con la piel de un leve color rosáceo, el hermano menor se acurrucaba en el regazo de su madre, envuelto de pies a cabeza en una gran toalla de baño.
Gösta oyó voces en el piso de abajo y luego unos pasos en la escalera. En la puerta del baño apareció Patrik.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó sin resuello-. ¿Están todos bien? Martin me dijo que los niños no han sufrido ningún daño. -Patrik no apartaba la vista de la bañera, que estaba llena de agua de color rosa.
– Sí, los niños están bien, solo algo conmocionados. Como los padres. -Gösta se levantó y se acercó a Patrik. Le expuso brevemente lo que había ocurrido.
– Esto no es normal, desde luego. ¿Quién es capaz de algo así?
– Es lo que dijimos Martin y yo. Aquí hay algo raro, por así decirlo. Y creo que Christian sabe más de lo que nos ha contado. -Le refirió lo que le había oído murmurar.
– Sí, yo llevo un tiempo con la misma sensación. ¿Dónde está?
– En el dormitorio.
– Pues vamos a ver si está en condiciones de hablar.
– A mí me parece que sí.
A Patrik le sonó el teléfono en el bolsillo. Respondió enseguida y Gösta lo vio dar un respingo.
– Pero ¿qué me dices? ¿Podrías repetir eso? -Miraba con estupefacción a Gösta, que en vano intentaba oír lo que decían al otro lado de la línea-. Vale, entendido. Estamos en casa de los Thydell, aquí también se han producido unos sucesos muy extraños, pero lo resolveremos.
Colgó el teléfono.
– Kenneth Bengtsson está ingresado en el hospital de Uddevalla. Salió a correr esta mañana y alguien le había tendido una trampa, una cuerda que atravesaba el sendero y que lo hizo tropezar y caer sobre un lecho de fragmentos de cristal.
– Maldita sea -susurró Gösta. Y, por segunda vez aquella mañana, añadió-: ¿Qué está pasando aquí, en realidad?
Erik miraba fijamente el teléfono móvil. Kenneth iba camino del hospital. Siempre tan cumplidor, al parecer había convencido al personal de la ambulancia de que lo llamasen para comunicarle que aquella mañana no iría a la oficina.
Alguien le había tendido una trampa en el circuito por el que solía correr. Erik ni siquiera se planteó que fuese un error, algún tipo de juego que se les hubiese ido de las manos. Kenneth siempre hacía el mismo recorrido cuando salía a correr. Todas las mañanas, exactamente el mismo trayecto. Todos lo sabían y cualquiera podría haberlo averiguado. De modo que, sin atisbo de duda, era obvio que alguien quería hacerle daño.
Quizá debería poner sus barbas a remojar. A lo largo de los años, había asumido un sinfín de riesgos y había fastidiado a muchas personas. Pero jamás habría podido prever aquello, ni el pánico que ahora sentía.
Se volvió hacia la pantalla y entró en la página web del banco. Tenía que comprobar sus posibilidades. No paraba de darle vueltas a todo, pero trató de centrarse en las cantidades que había en cada cuenta y en canalizar el miedo hacia un plan, una vía de escape. Se permitió reflexionar un instante en quién estaría detrás de aquellas cartas, la persona que, probablemente, habría matado a Magnus y que ahora parecía orientar su atención hacia Kenneth. Para empezar. Pero desechó aquellos pensamientos. De nada servía seguir cavilando sobre ello. Podía ser cualquiera. Lo que tenía que hacer era tratar de salvar el pellejo, coger todo lo que pudiera y emprender un viaje a un lugar más cálido, donde nadie pudiera encontrarlo. Y quedarse allí hasta que hubiera pasado todo.
Naturalmente, echaría de menos a las niñas mientras estuviera fuera, pero ya eran lo bastante mayores y pudiera ser que Louise espabilara si ya no tenía en quien apoyarse y la responsabilidad de las niñas recaía solo sobre ella. No las iba a dejar en la miseria, naturalmente. Procuraría que hubiera dinero suficiente en las cuentas para que se las arreglasen un tiempo. Después, Louise tendría que buscarse un trabajo. No le sentaría nada mal. Ni podía esperar que él la siguiera manteniendo toda la vida. Tenía todo el derecho del mundo a actuar así, y lo que él había conseguido ganar en el transcurso de los años le bastaría para forjarse una nueva vida. Le aportaría seguridad.
Aún tenía la situación bajo control y solo necesitaba organizar los aspectos prácticos del asunto. Entre otras cosas, tenía que hablar con Kenneth. Mañana iría al hospital; confiaba en que su colega estuviera en condiciones de repasar unas cantidades. Claro que para Kenneth sería un golpe que él dejara la empresa estando tan reciente la muerte de Lisbet, y seguro que tendría consecuencias desagradables. Pero Kenneth ya era mayorcito y quizá Erik le hiciese un favor también a él obligándolo a valerse por sí solo. Ahora que lo pensaba, sería muy positivo tanto para Kenneth como para Louise que él no estuviera allí para apoyarlos.
Luego estaba Cecilia. Pero ella ya le había dicho con la mayor claridad posible que no necesitaba su ayuda, salvo en el aspecto económico. Y desde luego, podría desprenderse de una pequeña cantidad.
Sí, así lo haría. Cecilia también se las arreglaría. Todos se las arreglarían. Y las niñas lo comprenderían, seguro. Con el tiempo, lo comprenderían.
Les había llevado mucho tiempo extraer todos los fragmentos de vidrio. Quedaban dos. Habían llegado tan profundo que precisarían una intervención de más envergadura. Pero había tenido suerte, según le dijeron. Ningún fragmento había afectado a las venas más importantes. De lo contrario, la cosa habría podido ser muy grave. Exactamente eso le dijo el médico con tono desenvuelto.
Kenneth giró la cabeza hacia la pared. Es que no comprendían que aquello era lo peor. Que habría preferido que uno de los fragmentos le hubiese cortado una arteria, que le hubiese extirpado el dolor y la angustia que tenía en el corazón. Que le hubiese borrado aquel mal recuerdo. Porque en la ambulancia, con el aullido de las sirenas en los oídos, mientras se retorcía de dolor ante el menor movimiento del vehículo, lo comprendió todo. De repente supo quién los acosaba. Quién los odiaba y quería hacerles daño a él y a los demás. Quién le había arrebatado a Lisbet. La idea de que ella hubiese muerto con la verdad resonándole en los oídos era más de lo que podía soportar.
Se miró los brazos, que tenía apoyados sobre la manta. Los tenía vendados. Las piernas, igual. Ya había corrido su última maratón. Sería un milagro que las heridas curasen bien, había pronosticado el médico. Pero no importaba. Ya no quería correr más.
Y tampoco pensaba correr para huir de ella. Ya le había robado lo único que significaba algo para él. El resto, tanto daba. Existía una especie de justicia bíblica de la que no podía defenderse. Ojo por ojo, diente por diente.
Kenneth cerró los ojos y recreó aquellas imágenes que había relegado a un punto recóndito de la memoria. Con el paso de los años, era como si nunca hubiera ocurrido. Una sola vez se hicieron patentes. Aquel solsticio de verano en que todo estuvo a punto de venirse abajo. Pero los muros resistieron y Kenneth volvió a almacenar los recuerdos en lo más hondo, en los recovecos más tenebrosos del cerebro.
Ahora habían vuelto. Ella los había sacado de nuevo a la luz, lo había obligado a verse a sí mismo. Y Kenneth no soportaba lo que veía. Ante todo, no soportaba que hubiese sido lo último que Lisbet vivió. ¿Fue eso lo que lo cambió todo? ¿Murió con un terrible agujero negro en el lugar del corazón donde antes se había alojado el amor que sentía por él? ¿Se convirtió en un extraño para ella en aquel preciso instante?
Volvió a abrir los ojos. Se quedó mirando al techo y notó que las lágrimas empezaban a rodarle por las mejillas. Ya podía venir a llevárselo si quería. No saldría corriendo.