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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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– ¿Perdón? -Estaba tan inmerso en aquellos pensamientos que no había reparado en que Gösta le estaba preguntando algo.

– Sí, te decía que quizá quieras empezar tú.

Martin se quedó mirándolo asombrado. ¿Le habría leído el pensamiento? Pero aprovechó la oportunidad:

– ¿Podrías darnos tu versión de lo que ocurrió?

Kenneth alargó el brazo en busca de un vaso de agua que había en la mesa, junto a la cama, antes de caer en la cuenta de que no podía utilizar las manos.

– Espera, yo te ayudo. -Martin cogió el vaso y le ayudó a beber con la pajita. Luego, Kenneth volvió a apoyar la cabeza en los almohadones y les refirió tranquila y serenamente lo ocurrido desde que se ató las zapatillas para salir a correr, como todas las mañanas.

– ¿Qué hora era cuando saliste? -Martin había sacado lápiz y papel.

– A las siete menos cuarto -respondió Kenneth, y Martin lo anotó sin vacilar. Tenía la impresión de que si Kenneth decía que eran las siete menos cuarto, es que salió a esa hora. En punto.

– ¿Sales a correr todos los días a la misma hora? -Gösta se retrepó y se cruzó de brazos.

– Sí, con una variación de diez minutos, más o menos.

– ¿No te planteaste…? Quiero decir, teniendo en cuenta… -A Martin se le trababa la lengua.

– ¿No te planteaste saltarte la carrera, teniendo en cuenta que tu mujer falleció ayer? -completó Gösta sin sonar desagradable y sin que sonara como una acusación.

Kenneth no respondió enseguida. Tragó saliva y explicó en voz baja:

– Nunca había necesitado salir a correr tanto como hoy.

– Lo comprendo -dijo Gösta-. ¿Siempre haces el mismo recorrido?

– Sí, salvo los fines de semana en que, a veces, aprovecho para dar dos vueltas. Soy bastante cuadriculado, me parece. No me gustan las sorpresas, las aventuras ni los cambios. -Guardó silencio. Tanto Gösta como Martin comprendían a qué se refería y callaron también.

Kenneth carraspeó y volvió la cara para que no vieran que se le llenaban los ojos de lágrimas. Un carraspeo más, para que la voz aguantase:

– Ya digo, me gustan las rutinas. Llevo más de diez años corriendo así.

– Supongo que son muchos los que lo saben. -Martin levantó la vista del bloc después de haber escrito «diez años» y de rodear esas palabras con un círculo.

– No he tenido ningún motivo para mantenerlo en secreto. -Una sonrisa afloró a los labios, pero se esfumó enseguida.

– ¿No te cruzaste con nadie esta mañana por el circuito? -preguntó Gösta.

– No, ni un alma. Normalmente no me encuentro a nadie. En alguna ocasión aislada me he encontrado con algún madrugador que ha salido con el perro, o con alguien que ha salido a pasear en el cochecito a unos niños muy despiertos. Pero no es lo normal. Por lo general, siempre estoy solo. Y así fue esta mañana, de hecho.

– ¿No viste ningún coche aparcado por allí cerca? -Martin recibió de Gösta una mirada de aprobación al oír aquella pregunta.

Kenneth reflexionó un instante.

– No, creo que no. No podría jurarlo, claro, puede que hubiera algún coche y que yo no me fijara, pero no, bien mirado, me habría dado cuenta.

– De modo que nada fuera de lo normal, ¿no? -insistió Gösta.

– No, como todas las mañanas. Salvo que… -Dejó la frase en el aire y Kenneth empezó a llorar otra vez.

Martin se sintió culpable porque lo incomodaba ver llorar a Kenneth. Se sentía un poco torpe e ignoraba si debía hacer algo, pero Gösta se inclinó despacio y cogió una servilleta que había en la mesa. Con suma delicadeza, le secó las mejillas. Luego volvió a inclinarse y dejó la servilleta en su sitio.

– ¿Habéis averiguado algo? -susurró Kenneth-. Sobre Lisbet.

– No, es demasiado pronto. La información del forense puede tardar un tiempo en llegar -dijo Martin.

– Ella la mató. -El hombre que estaba en la cama se encogió y se hundió con la mirada perdida en el vacío.

– Perdona, ¿qué has dicho? -preguntó Gösta inclinándose hacia Kenneth-. ¿Quién es «ella»? ¿Sabes quién lo hizo? -Martin se dio cuenta de que Gösta contenía la respiración y comprendió que a él le había ocurrido lo mismo.

Algo cruzó como un rayo los ojos de Kenneth.

– No tengo ni idea -respondió con firmeza.

– Pero has dicho «ella» -señaló Gösta.

Kenneth evitó mirarlo a la cara.

– La letra de las cartas parece de mujer, así que he dado por hecho que se trataba de una mujer.

– Ya -respondió Gösta dejando muy claro que no lo creía, aunque sin decirlo claramente-. Debe haber alguna razón para que vosotros cuatro precisamente seáis el blanco. Magnus, Christian, Erik y tú. Alguien tiene una cuenta pendiente con vosotros. Y todos, bueno, excepto Magnus, decís que no tenéis ni idea de quién es ni de por qué hace lo que hace. Sin embargo, las acciones de ese tipo suelen sustentarse en un odio profundo y la cuestión es qué lo ha provocado. Me cuesta mucho creer que no sepáis nada o que no tengáis una hipótesis, por lo menos. -Se inclinó acercándose a Kenneth.

– Tiene que tratarse de un chiflado. No se me ocurre otra explicación. -Kenneth volvió la cabeza y apretó los labios.

Martin y Gösta cruzaron una mirada elocuente. Los dos eran conscientes de que no lograrían sacarle más información. Por el momento.

Erica miraba el teléfono perpleja. Patrik acababa de llamar de la comisaría para avisarle de que aquella noche llegaría tarde. Le expuso brevemente lo sucedido y Erica apenas podía dar crédito. Que alguien atacase a los niños de Christian. Y a Kenneth. Una cuerda atravesando el circuito, sencillo pero genial.

Y enseguida su cerebro se puso a funcionar. Tenía que ser posible avanzar con más rapidez. Había oído el deje de frustración en la voz de Patrik y lo comprendía. Los acontecimientos se habían multiplicado pero la Policía no se había acercado a la resolución del caso.

Móvil en mano, reflexionó un instante. Patrik se pondría furioso si ella se inmiscuía. Pero estaba acostumbrada a investigar para sus libros. Claro que, en su caso, se trataba de casos policiales ya cerrados, pero no podía ser tanta la diferencia a la hora de investigar uno que estuviese en curso. Y sobre todo, le resultaba tan aburrido pasarse los días en casa sin hacer nada… Literalmente, le picaba el gusanillo de hacer algo de provecho.

Además, contaba con su instinto, que la había orientado en la dirección correcta en numerosas ocasiones. Ahora le decía que era Christian quien tenía la clave. Varios datos apuntaban a esa hipótesis: él fue el primero que empezó a recibir aquellas cartas amenazadoras, el celo con que ocultaba todo lo relativo a su pasado y lo nervioso que estaba. Detalles nimios pero importantes. Desde la conversación que mantuvieron en la cabaña, además, tenía la sensación de que Christian sabía algo, de que algo escondía.

Se puso la ropa de abrigo rápidamente, como para no tener tiempo de arrepentirse. Una vez en el coche y mientras conducía, llamaría a Anna para preguntarle si podía ir a recoger a Maja a la guardería. Ella llegaría a casa hacia la tarde, pero no le daría tiempo de ir a buscar a la niña. En ir a Gotemburgo se tardaba una hora y media, así que era un viaje largo solo por un capricho. Aunque, si no encontraba nada, aprovecharía para saludar a su medio hermano Göran, de cuya existencia se habían enterado no hacía mucho.

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