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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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Kenneth apretó el paso. Erik le había dicho que hoy no tenía por qué ir a la oficina, pero él necesitaba rutinas. ¿Qué iba a hacer en casa? Se levantó como de costumbre, cuando sonó el despertador, dejó la cama hinchable que había al lado de la de ella, ya vacía. Incluso agradeció el dolor de espalda, el mismo que cuando ella aún estaba allí. Al cabo de una hora estaría en la oficina. Todas las mañanas salía a correr por el bosque durante cuarenta minutos. Acababa de pasar por delante del campo de fútbol, lo que significaba que había recorrido más o menos la mitad del circuito. Apretó el paso un poco más. Los pulmones le indicaban que estaba acercándose al límite de su capacidad, pero los pies seguían martilleando el suelo. Estaba bien. El dolor de los pulmones sofocaba una pequeñísima parte del que sentía en el corazón. Lo suficiente para no tumbarse en el suelo, encogerse hasta formar una bola y dejarse llevar por la pena.

No comprendía cómo iba a seguir viviendo sin ella. Era como tener que vivir sin aire. Igual de imposible, igual de asfixiante. Corría cada vez más deprisa. Empezó a ver puntos brillantes y el campo de visión se fue estrechando. Se concentró en un punto lejano, en un agujero en el follaje por el que se filtraba el primer esbozo de luz matinal. La luz dura de los focos que iluminaban el circuito seguía dominando.

La pista se fue estrechando hasta convertirse en un sendero y el suelo era ya más irregular, lleno de hoyos y protuberancias. Y también había algo de hielo aquí y allá, pero conocía el camino y no se molestaba en ir mirando al suelo. Corría centrándose en la luz y en la mañana que se aproximaba.

En un primer momento, no comprendió lo que sucedía. Era como si le hubiesen puesto delante una pared invisible. Se quedó suspendido en medio de una zancada, con los pies en el aire. Luego se cayó de bruces. Para frenar la caída, puso las palmas hacia abajo instintivamente y el golpe recibido cuando dio contra el suelo hizo que el dolor se propagara por los brazos hasta los hombros. Después sintió un dolor de otro tipo. Un dolor que le escocía y le quemaba y que lo obligaba a jadear. Se miró las manos. Tenía las palmas cubiertas de una gruesa capa de fragmentos de vidrio. Trozos grandes y pequeños de vidrio transparente que iban enrojeciendo con la sangre que manaba de las heridas donde las aristas le habían atravesado la piel. Se quedó inmóvil y a su alrededor todo estaba en silencio.

Cuando por fin intentó incorporarse, notó que no podía mover los pies. Se miró las piernas, también traspasadas de fragmentos que habían atravesado el tejido del pantalón. Luego paseó la mirada por el suelo. Y entonces vio la cuerda.

– ¡Podías ayudarme un poco! -Erica estaba empapada de sudor. Maja se había opuesto a que la vistiera: desde las braguitas hasta el mono y ahora gritaba roja de rabia mientras Erica trataba de enfundarle las manos en un par de manoplas.

– Hace frío. Tienes que ponerte las manoplas -dijo conciliadora, aunque la argumentación verbal llevaba toda la mañana sin funcionar.

A Erica se le agolpaba el llanto en la garganta. Le remordía la conciencia por tanta regañina y tanta discusión y, en realidad, preferiría quitarle a Maja la ropa, no llevarla a la guardería y pasarse todo el día jugando con ella en casa. Pero sabía que no podía ser. No tenía fuerzas para hacerse cargo de Maja un día entero ella sola y, además, si cedía hoy, mañana sería mucho peor. Si Maja organizaba aquel barullo todas las mañanas antes de salir, Erica comprendía que su marido estuviese tan cansado.

Con mucho esfuerzo, logró levantarse del suelo y, sin más preámbulo, cogió a Maja de la mano y la arrastró hacia la calle, con las manoplas en el bolsillo. Quizá se calmase cuando llegaran a la guardería, o tal vez el personal tuviese más éxito.

De camino al coche, Maja hincó los talones en el suelo y empujó con todas sus fuerzas.

– Vamos. No puedo llevarte en brazos. -Erica tiró un poco más fuerte y Maja cayó boca arriba y empezó a llorar desconsoladamente. Y entonces también Erica rompió a llorar. Si alguien la hubiese visto, habrían llamado a los servicios sociales de inmediato.

Se agachó despacio y se puso en cuclillas, sin hacer caso de su tripa que quedaba aplastada. Ayudó a Maja a levantarse y le dijo con voz más dulce:

– Perdona, mamá se ha portado mal. ¿Nos damos un abrazo?

Maja no solía rechazar ninguna posibilidad de mimos, pero en esta ocasión miró a Erica con encono y se puso a llorar más fuerte aún. Sonaba como la sirena de un barco.

– Venga, cariño -dijo Erica acariciándole la mejilla. Al cabo de un rato, la pequeña empezó a calmarse y los aullidos se transformaron en sollozos. Erica lo intentó de nuevo.

– ¿No le vas a dar un abrazo a mamá?

Maja vaciló un instante, pero luego se dejó abrazar. Hundió la cara en el cuello de su madre y Erica notó cómo la empapaba de lágrimas y de mocos.

– Perdón, yo no quería que te cayeras. ¿Te has hecho daño?

– Ajá… -respondió Maja sorbiendo los mocos y poniendo cara de pena.

– ¿Te soplo? -preguntó Erica. Era un remedio que Maja siempre apreciaba.

La pequeña asintió.

– ¿Y dónde te soplo? Dime, ¿dónde te duele?

Maja reflexionó un instante, al cabo del cual empezó a señalar todas las partes del cuerpo que alcanzaba con el dedo. Erica hizo un recorrido completo con los soplidos y sacudió la nieve del mono rojo de Maja.

– ¿No crees que los amiguitos estarán esperándote en la guardería? -preguntó Erica, sacando luego el as de la manga-: Yo creo que Ture habrá llegado ya y se estará preguntando si no vas a ir.

Maja dejó de moquear. Ture era su gran amor. Tenía tres meses más que ella, una energía que superaba cualquier cosa y sentía verdadera pasión por Maja.

Erica contuvo la respiración. Luego, la cara de la pequeña se iluminó con una sonrisa.

– Mamos a Ture.

– Claro que sí -respondió Erica-. Ahora mismo vamos con Ture. Será mejor que no nos entretengamos más, no sea que a Ture le dé tiempo a encontrar trabajo, un puesto en el extranjero o algo así.

Maja la miró extrañada y Erica no pudo contener la risa.

– No hagas caso de lo que dice la chiflada de tu madre. En marcha, vamos corriendo a buscar a Ture.

Tenía diez años cuando todo cambió. En realidad, a aquellas alturas ya se había adaptado muy bien. No era feliz o, al menos, no como pensó que lo sería la primera vez que vio a aquella madre tan guapa, o como lo fue antes de que Alice empezara a crecerle en la barriga. Pero tampoco era desgraciado. Tenía un lugar en la vida, se perdía soñando en el mundo de los libros y se había conformado con eso. Y la grasa que había acumulado lo protegía, era una armadura contra lo que lo corroía por dentro.

Alice lo seguía queriendo tanto como antes. Lo seguía como una sombra, pero no hablaba mucho, lo que a él le venía de maravilla. Si necesitaba algo, allí estaba Alice. Si tenía sed, ella le traía agua enseguida, si quería comer algo, se escurría hacia la despensa y cogía las galletas que su madre había escondido.

Su padre aún lo miraba de un modo extraño de vez en cuando, pero ya no lo vigilaba. Alice era ya una niña grande, tenía cinco años. Finalmente, había aprendido a hablar y a caminar, pero solo se parecía a los demás niños si se quedaba quieta y callada. Entonces era tan bonita que la gente se detenía a mirarla igual que cuando era pequeña y la llevaban en el cochecito. Pero cuando se movía o empezaba a hablar, la gente se alejaba mirándola con compasión y meneando la cabeza.

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