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La sombra de la sirena

Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:

Un hombre desparece en Fjällbacka sin dejar rastro. Pese a que Patrik Hedström y sus colegas de la policía han hecho cuanto han podido para encontrarlo, nadie sabe si está vivo o muerto. Al cabo de tres meses, lo encuentran finalmente congelado en el hielo. Cuando averiguan que el escritor Christian Thydell, uno de los amigos de la víctima, lleva más de un año recibiendo cartas anónimas plagadas de amenazas, todo se complica.Christian trata de restarle importancia, pero su amiga Erica Falck, quien lo ayudó en la escritura de su primera y exitosa novela, La sombra de la sirena, es consciente del peligro. La policía no tarda en comprender que el asesinato y las cartas están relacionados.Alguien odia a Christian profundamente, y ese alguien parece que no dudará en cumplir sus amenazas…
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Ojo por ojo, diente por diente.

– ¡Aparta, gordinflón!

Los niños chocaban con él a propósito cuando iban por el pasillo. Él intentaba evitarlos, hacerse tan invisible en la escuela como lo era en casa. Pero no funcionaba. Era como si hubiesen estado esperando a alguien como él, a alguien que llamara la atención, para tener una víctima con la que ensañarse. Él lo comprendía. Todas aquellas horas de lectura le habían ayudado a saber más, a comprender más que ninguna persona de su edad. En las clases era brillante y los profesores lo adoraban. Pero ¿de qué servía, cuando no era capaz de darle patadas al balón, de correr rápido ni de escupir lejos? Eran las cosas que contaban, las habilidades que tenían importancia.

Iba despacio camino a casa. Miraba todo el tiempo a su alrededor por si había alguien acechando. Por suerte, la escuela quedaba cerca. Aquel camino lleno de peligros era corto, por lo menos. Solo tenía que bajar por Håckebacken, girar a la izquierda hacia el muelle que daba a Badholmen y allí estaba la casa. La casa que habían heredado de La bruja.

Su madre aún la llamaba así. La llamaba así cada vez que, con sumo placer, salía a tirar alguna de sus cosas al contenedor que colocaron en el jardín cuando se mudaron.

– Esto tendría que verlo La bruja. Sus sillas preferidas, fuera con ellas -decía sin dejar de limpiar y ordenar, como si se hubiera vuelto loca-. Aquí va la porcelana de tu abuela, ¿lo ves?

Él nunca supo por qué aquella mujer se había convertido en La bruja, por qué su madre estaba tan enfadada con ella. En una ocasión, intentó preguntarle a su padre, pero él murmuró algo ininteligible por respuesta.

– ¿Ya estás en casa? -Su madre estaba peinando a Alice cuando él entró por la puerta.

– Hemos terminado a la hora de siempre -dijo sin responder a la sonrisa de Alice-. ¿Qué hay para cenar?

– Con la pinta que tienes, se diría que has comido para el resto del año. Hoy no cenas. Tendrás que tirar de la grasa que ya tienes.

No eran más de las cuatro. Ya podía sentir el hambre que iba a pasar, pero por la expresión de su madre supo que no valía la pena protestar.

Subió a su habitación, cerró la puerta y se tumbó en la cama con un libro. Metió esperanzado la mano por debajo del colchón. Con un poco de suerte, se le habría escapado algo de lo que escondía, pero allí no había nada. Era muy hábil. Siempre encontraba su reserva de comida y golosinas, dondequiera que la escondiese.

Unas horas después, el estómago se quejaba sonoramente. Tenía tanta hambre que estaba a punto de llorar. De abajo ascendía el aroma a bollos, sabía que su madre los estaba haciendo de canela solo para que el olor lo volviese loco de hambre. Olfateó el aire, se volvió de lado y hundió la nariz en el almohadón. A veces pensaba en huir. De todos modos, a nadie le importaría. Posiblemente Alice lo echase de menos, pero a él eso le daba igual. Alice la tenía a ella.

Ella dedicaba a Alice todo su tiempo libre. ¿Por qué no la miraba Alice con adoración a ella, en lugar de a él? ¿Por qué daba por hecho aquello por lo que él habría dado cualquier cosa?

Debió de dormirse, porque lo despertaron unos golpecitos en la puerta. Se le había caído el libro en la cara y debió de babear mientras dormía, porque el almohadón estaba empapado de saliva. Se secó la cara con la mano y se levantó adormilado para abrir la puerta. Allí estaba Alice. Tenía en la mano un bollo. Se le hacía la boca agua, pero dudaba. Su madre iba a enfadarse si descubría que Alice le llevaba comida a escondidas.

Alice lo miraba con los ojos muy abiertos. Le rogaba que la mirase y que la quisiera. Una imagen le vino a la mente. La imagen y la sensación de un cuerpo de bebé mojado y resbaladizo. Alice mirándolo fijamente sumergida en el agua. Cómo estuvo manoteando hasta que dejó de moverse por completo.

Cogió el bollo rápidamente y le cerró la puerta en las narices. Pero de nada sirvió. Los recuerdos seguían allí.

Patrik había enviado a Gösta y a Martin a Uddevalla para que comprobasen si Kenneth se encontraba lo bastante repuesto como para hablar con él. El equipo de técnicos de Torbjörn Ruud ya iba en camino y tendrían que dividirse para examinar tanto el lugar donde se había caído Kenneth como la casa en la que ahora se encontraban. Gösta protestó al saber que debía marcharse de allí, le habría gustado quedarse a hablar con Christian, pero Patrik prefirió que lo hiciera Paula. Pensaba que sería mejor que fuese una mujer quien hablase con Sanna y los niños. Lo que sí hizo fue anotar todos los detalles del hallazgo de la bayeta del sótano. Patrik hubo de admitir que Gösta había estado muy alerta. Con un poco de suerte, podrían encontrar tanto huellas dactilares como ADN del agresor, que tanta cautela había mostrado hasta el momento.

Observó al hombre que tenía delante. Christian parecía cansado y viejo. Era como si hubiera envejecido diez años desde la última vez que lo vio. No se había molestado en anudar bien el cinturón de la bata y tenía un aspecto vulnerable así, con el pecho descubierto. Patrik se preguntó si, por dignidad, no debería sugerirle que se cerrara bien el cuello, pero prefirió no hacerlo. La indumentaria era sin duda lo último en lo que pensaba en aquellos momentos.

– Los chicos ya están más tranquilos. Mi colega Paula hablará con ellos y con tu mujer, y hará todo lo posible por no asustarlos ni alterarlos más. ¿De acuerdo? -Patrik intentaba captar la mirada de Christian para ver si lo estaba escuchando. En un primer momento, no obtuvo respuesta alguna y pensó que debía repetir lo que acababa de decirle. Pero al final, Christian asintió despacio.

– Entre tanto, he pensado que tú y yo podríamos charlar un rato -añadió Patrik-. Sé que hasta ahora no te has mostrado muy proclive a hablar con nosotros pero, dadas las circunstancias, creo que no tienes elección. Alguien ha entrado en tu casa, en el dormitorio de tus hijos, y ha hecho algo que, si bien no les ha infligido ningún daño físico, debe de haber sido una experiencia aterradora para ellos. Si tienes alguna idea de quién podría encontrarse detrás de todo esto, debes contárnoslo. ¿No lo comprendes?

Una vez más, Christian se tomó su tiempo antes de asentir. Carraspeó como para decir algo, pero continuó en silencio. Patrik prosiguió.

– Ayer mismo supimos que también Kenneth y Erik han estado recibiendo cartas amenazadoras de la misma persona que tú. Y esta mañana, Kenneth resultó gravemente herido mientras corría. Alguien le había tendido una trampa.

Christian levantó la vista fugazmente, pero la bajó enseguida otra vez.

– No tenemos datos que acrediten que Magnus también las recibiera, pero estamos trabajando sobre esa hipótesis y sobre la de que también en su caso se trata de la misma persona. Y tengo la sensación de que tú sabes más de lo que nos has contado acerca de todo este asunto. Quizá sea algo que no quieras sacar a la luz, o algo que consideras carente de importancia, pero, en tal caso, deja que lo decidamos nosotros. La más mínima pista puede ser crucial.

Christian describía círculos con el dedo sobre la mesa. Luego miró a Patrik a los ojos. Por un instante, este pensó que quería contarle algo. Pero, finalmente, se cerró de nuevo.

– No tengo ni idea. Yo sé tanto como vosotros sobre el responsable de todo esto.

– ¿Eres consciente de que tanto tú como tu familia corréis un grave peligro mientras no atrapemos a ese individuo?

De repente, vio a Christian embargado de una extraña calma. Había desaparecido la preocupación. Antes bien, había adoptado una expresión que Patrik no habría dudado en describir como resuelta.

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