La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
Gösta se retorció en la silla. A lo largo de toda su carrera como policía, había conseguido funcionar según la regla del mínimo esfuerzo posible. Pero, tras luchar unos segundos consigo mismo, terminó por menear la cabeza:
– Pues no, comprendo a qué te refieres, pero creo que coincido con Hedström, en estos momentos, me parece que Christian Thydell es más interesante.
– Bueno, si queréis perder más tiempo aún, por mí adelante -replicó Mellberg poniéndose de pie con expresión ofendida-. Yo tengo cosas mejores que hacer que quedarme aquí arrojando margaritas a los cerdos. -Dicho esto, se levantó y abandonó la habitación.
Aquellas «cosas mejores» a las que Mellberg aludía eran, seguramente, echar una siestecita de las largas, pero Patrik no pensaba impedírselo. Cuanto más apartado se mantuviera de la investigación, tanto mejor.
– Bien, entonces, céntrate en Christian -confirmó Patrik con un gesto de asentimiento hacia Annika-. ¿Cuándo crees que tendrás algo para mí?
– Creo que para mañana ya me habré forjado una idea más clara de sus antecedentes.
– Estupendo. Martin y Gösta, vosotros iréis a casa de Kenneth y trataréis de obtener más detalles sobre las cartas y sobre el día de ayer. Quizá también deberíamos hablar otra vez con Erik Lind. Yo, entretanto, en cuanto den las ocho llamaré a Pedersen. -Patrik echó una ojeada al reloj. Solo eran las siete y media-. Paula, luego había pensado que tú y yo podríamos ir a casa de Cia.
Paula asintió.
– Avísame cuando estés listo y nos vamos.
– Bien, en ese caso, todos sabemos lo que tenemos que hacer.
Martin levantó la mano.
– ¿Sí?
– ¿No deberíamos plantearnos ofrecer algún tipo de protección a Christian y a los demás?
– Sí, naturalmente, lo había considerado, pero no tenemos recursos para ello y, en realidad, carecemos de los detalles suficientes para justificarlo, así que esperaremos. ¿Algo más?
Silencio.
– De acuerdo, en ese caso, en marcha. -Volvió a secarse el sudor de la frente. La próxima vez tendrían que dejar una ventana abierta, pese al rigor del invierno, para que entrara algo de oxígeno y aire fresco.
Una vez que todos se hubieron marchado, Patrik se quedó mirando las fotos. Cuatro hombres, cuatro amigos. Uno, muerto.
¿Qué era lo que los vinculaba?
Tenía la sensación de andar siempre como de puntillas a su alrededor. Nunca estuvieron bien, ni siquiera al principio. Le costaba admitirlo, pero Sanna ya no podía cerrar los ojos a la verdad. Él jamás le permitió que entrara en su vida.
Había ido haciendo lo que se esperaba de él, haciendo lo que había que hacer, la había cortejado y le había dicho cumplidos. Pero en realidad, ella no lo creyó, aunque se negó a admitirlo ante sí misma. Porque él era más de lo que ella nunca soñó. Su profesión podía dar la imagen de vejestorio aburrido, pero Christian resultó ser exactamente lo contrario. Inasequible y elegante, con aquella mirada que parecía haberlo visto todo. Y cuando la miraba a los ojos, ella misma llenaba los vacíos. Él nunca la había querido y Sanna comprendía que siempre lo había sabido. Aun así, se había engañado a sí misma. Había visto lo que quería ver y pasado por alto lo que le rechinaba.
Ahora no sabía qué hacer. No quería perderlo. Aunque su amor no era correspondido, ella lo quería y con eso bastaba, con tal de que se quedara con ella. Al mismo tiempo, se sentía vacía y fría por dentro ante la sola idea de vivir de aquel modo, de ser la única de los dos que quería.
Se sentó en la cama y se quedó mirándolo. Dormía profundamente. Muy despacio, alargó la mano y le rozó el pelo, abundante y oscuro con toques grises. Le había caído un mechón sobre los ojos y Sanna lo apartó con delicadeza.
La noche anterior fue bastante agitada, y cada vez eran más las noches así. Sanna nunca sabía cuándo estallaría en un ataque, ya fuera por algo nimio o importante. Los niños se habían pasado la tarde gritando. Luego la cena, que no estuvo bien, y ella, que dijo algo con el tono de voz equivocado. No podían continuar así. Todo lo que había resultado difícil durante los años que llevaban juntos había cobrado tal protagonismo que no tardaría en ensombrecer lo que sí era bueno. Era como si, a la velocidad de la luz, se precipitasen hacia algo desconocido, hacia la oscuridad, y ella quería gritar «¡alto!» y acabar con ello. Quería que todo volviese a la normalidad.
Aun así, ahora comprendía algo más. Él le había confiado parte de su pasado. Y por horrenda que fuese la historia, tenía la sensación de que le hubiese entregado un regalo bellamente envuelto. Christian le había hablado de sí mismo, había compartido con ella algo que no le había revelado a ninguna otra persona. Y ella lo valoraba.
Solo que no sabía qué hacer con aquella confidencia. Quería ayudarle, que hablaran más a menudo y averiguar cosas que nadie más supiera, pero él no le daba nada más. Sanna trató de seguir haciendo preguntas el día anterior y al final él se marchó de casa dando un portazo tan fuerte que temblaron los cristales. Sanna no sabía cuándo volvió. Ella se durmió llorando alrededor de las once y, cuando se despertó hacía un instante, él estaba dormido a su lado. Eran cerca de las siete. Si quería ir al trabajo, tendría que ir pensando en levantarse. Miró el despertador. No había puesto la alarma. ¿Y si lo despertaba?
Vaciló unos segundos sentada en el borde de la cama. A Christian se le movían los ojos bajo los párpados con movimientos rápidos. Ella habría dado cualquier cosa por saber qué estaba soñando, qué imágenes estaba viendo. Se le estremeció el cuerpo levemente y tenía una expresión atormentada en la cara. Muy despacio, levantó la mano y la posó sobre el hombro de su marido. Se enfadaría si llegaba tarde al trabajo por no haberlo despertado. Claro que, si tenía el día libre, se enfadaría porque no lo había dejado dormir. Le habría encantado saber cómo conseguir que se sintiera satisfecho y quizá feliz.
Dio un respingo al oír la voz de Nils procedente del dormitorio de los niños. El pequeño la llamaba con el miedo en la voz. Sanna se levantó y aguzó el oído. Pensó por un segundo que eran figuraciones suyas, que la voz de Nils era un eco de sus propios sueños, en los que los niños siempre parecían estar llamándola y con necesidad de ella. Pero la oyó de nuevo:
– ¡Mamá!
¿Por qué parecía tan asustado? El corazón de Sanna empezó a latir aceleradamente y los pies echaron a andar veloces como por sí solos. Se puso la bata y entró a toda prisa en la habitación que los niños compartían. Nils estaba sentado en la cama. Tenía los grandes ojos clavados en la puerta, en ella. Con los brazos extendidos hacia los lados, como un Jesucristo pequeñito en la cruz. Sanna notó la conmoción, como un golpe duro en el estómago. Vio los dedos separados y temblorosos de su hijo, el pecho, el pijama del osito Bamse que a él tanto le gustaba y que, a aquellas alturas, tenía tantos lavados que empezaba a deshilacharse por los puños. Vio aquella cosa roja. El cerebro apenas era capaz de asimilar la imagen. Entonces alzó la vista hacia la pared, por encima de Nils, y el grito cobró forma en la garganta, fue creciendo hasta que salió:
– ¡Christian! ¡CHRISTIAN!
Le quemaban los pulmones. Era una sensación extraña en medio de la niebla en la que se hallaba. Desde la tarde anterior, cuando encontró a Lisbet muerta en la cama, su existencia había sido como una bruma. Era tal el silencio que reinaba en la casa cuando llegó después de hablar con la Policía en la oficina… Se habían llevado a Lisbet, ya no estaba.
Pensó si no debería irse a otro lugar. Cruzar el umbral de la casa se le había antojado un imposible. Pero ¿adónde iría? No tenía a quién acudir. Además, era allí donde ella se encontraba. En los cuadros de las paredes y en las cortinas de las ventanas, en la letra de las etiquetas que se leían en los paquetes de comida guardados en el congelador. En la emisora elegida si ponía la radio de la cocina y en todos los alimentos extraños que llenaban la despensa: aceites de trufa, galletas de espelta y curiosas conservas. Cosas que había comprado con gran satisfacción, pero que nunca usó. Cuántas veces no la había chinchado él a propósito de aquellos planes suyos tan ambiciosos de una cocina selecta que siempre terminaba en algo mucho más sencillo. Cómo le habría gustado poder chincharla una vez más.