Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
Catherine negó con la cabeza al tiempo que su barbilla rebotaba contra el pecho de Andrew. Luego se incorporó y recorrió su cuerpo con los ojos.
– Aunque no tengo nada con lo que poder compararte, creo que con toda probabilidad eres un espécimen bien hecho.
Un extremo de la encantadora boca de Andrew se curvó hacia arriba.
– Gracias.
– Me encanta sentir tu piel. Cálida y firme. -Incapaz de dejar de tocarle, posó la mano sobre su hombro y luego arrastró la palma hasta el centro de su pecho-. No he visto ni tocado el pelo del pecho de un hombre. Es un poco rasposo, aunque suave a la vez. Y tus músculos… una cautivadora delicia. Tan fuertes bajo toda esa piel cálida y firme. -Deslizó hacia abajo la yema de un dedo-. Este lazo de vello oscuro es absolutamente fascinante. El modo en que nace en tu pecho y continúa hacia abajo, dividiendo en dos estas maravillosas ondulaciones de tu estómago para volver a extenderse hasta acunar… -Su voz se apagó al tiempo que su mirada se fijaba en su masculinidad-…esta parte de ti que tan cautivada me tiene, que me ha provocado sensaciones tan increíbles. Incluso en reposo eres impresionante. -Con suavidad, trazó un pequeño círculo alrededor de la punta con el índice-. Nunca había tocado así a un hombre -susurró.
Andrew tragó saliva y a continuación se incorporó hasta quedar tumbado de costado, apoyando el peso de su cuerpo en el antebrazo. Sus ojos oscuros la observaron con una expresión ilegible. Alargó entonces la mano y acunó el rostro de Catherine en su palma, acariciándole la mejilla con la yema del pulgar.
– Lamento que tu matrimonio no fuera feliz, Catherine.
Ante su propia mortificación, Catherine sintió que unas lágrimas abrasadoras se abrían paso desde el fondo de sus ojos.
– No tardé en darme cuenta de que con Bertrand se me había negado la satisfacción que puede surgir de un vínculo emocional. Sin embargo, hasta esta noche no había sido consciente de lo que me había perdido de la parte física de nuestra unión. Concebí en las primeras semanas de mi matrimonio y, en cuanto mi condición quedó confirmada, Bertrand no se acercó a mí. Y, cuando Spencer nació… Bertrand no volvió a tocarme. Podría contar el número de veces que visitó mi dormitorio, y ninguna de esas visitas se asemejó en ningún modo a lo que tú y yo hemos compartido esta noche. Estar con Bertrand era mecánico. Seco. Carente de la menor inspiración. Actos rápidos y apresurados al abrigo de la oscuridad. Tan decepcionante y frustrante que yo no alcanzaba a entender. -Catherine volvió la cabeza y depositó un beso en la encallecida palma de Andrew-. Estar contigo ha sido… milagroso. Excitante. Cautivador. Y en absoluto seco. Una primera vez hasta lo inimaginable.
Respiró hondo, ponderando sus siguientes palabras durante varios segundos antes de proseguir.
– Bertrand tenía amantes, como puedes imaginar. Varias de las que tengo conocimiento y estoy segura que muchas otras de las que no tengo noticia. Debo admitir que también yo llegué a plantearme esa solución en más de una ocasión cuando la soledad se hizo insoportable. Cuando necesitaba tocar a otra persona. Cuando anhelaba sonreír a alguien, además de a mi hijo. Cuando deseaba compañía adulta.
– Pero ¿nunca tuviste un amante?
– No.
– ¿Por qué?
Se encogió de hombros.
– A pesar del comportamiento de mi esposo, mi conciencia se resistía a la idea de romper los votos de mi matrimonio. Sin embargo, y si he de serte totalmente sincera, mi fidelidad tenía más que ver con el hecho de mantenerme fiel a mis propios valores que a serle fiel a mi esposo.
– Lo que no menoscaba tu carácter de ningún modo, Catherine.
– Quizá no, pero el resto de mis motivos no son tan nobles. Básicamente, tenía miedo. No quería arriesgarme a convertirme en pasto de los chismes del pueblo, y una aventura en un pueblo del tamaño de Little Longstone sería imposible de ocultar. Temía no sólo por mi reputación, sino también por la de Spencer.
– La cautela no es una virtud innoble, Catherine.
– Estoy de acuerdo. Aunque puedes ver lo que ha sido de toda esa cautela. No fue difícil mantenerla mientras nada la puso a prueba. Pero nunca conocí a nadie a quien quisiera tener como amante. Hasta ahora.
Los ojos de Andrew se oscurecieron y un escalofrío de júbilo recorrió a Catherine. Sus párpados se cerraron y, durante varios segundos, volvió a vivir la maravilla de lo que acababan de experimentar juntos. Soltando un prolongado y lento suspiro, susurró soñadora:
– Nada de lo que habíamos hablado me había preparado para esto. Cuando escribí la Guía, nunca pensé…
Sus palabras se interrumpieron bruscamente ante su desliz y sus ojos se abrieron de golpe. Durante un horrorizado segundo, no pudo moverse. Ni respirar. El calor le abrasó la cara y sintió un calambre en las entrañas. Luego forzó una carcajada, rezando para que no sonara a oídos de él tan nerviosa como lo hizo a los de ella.
– Leí -dijo, intentando desembarazarse del sonrojo que le abrasaba las mejillas-. Quiero decir cuando leí la Guía creí que sabía lo que podía esperar. Pero me equivocaba.
Forzó los labios hasta esbozar con ellos una serena sonrisa, aunque sabía que su rostro seguía rojo como la grana. ¿Acaso la mirada de él se había tornado repentinamente vigilante? ¿Especulativa? No, no. Sin duda eran imaginaciones suyas. La lengua le había jugado una mala pasada. La gente cometía constantemente esa clase de errores. Simplemente tenía que cambiar de tema. Y dejar de sonrojarse.
No obstante, antes de poder hablar, Andrew dijo:
– Sin duda habrás pensado en algún momento que en nuestro encuentro podrías concebir un hijo.
Aliviada al ver que él no le había dado ninguna importancia a su tropiezo verbal, dijo:
– Sí. No temas. Ya he tomado mis medidas para que no ocurra.
– Entiendo. Y eres consciente de que todavía corres el riesgo de que alguien descubra que somos amantes.
– Por supuesto. Aunque no me negarás que eso queda ostensiblemente minimizado por el hecho de que tú resides en Londres y de que regresarás a la ciudad dentro de una semana.
– En otras palabras, no temes que nos descubran porque esto es sólo una disposición temporal.
– Sí. -Por razones que Catherine se negó a examinar, esa sencilla palabra le supo casi amarga.
Entre ambos se acomodó el silencio y Catherine se dio cuenta de que estaba conteniendo el aliento. Por fin, él asintió como muestra evidente de su acuerdo y, por alguna razón inexplicable, se sintió decepcionada al ver que no discutía con ella. Que no sugiriera que, de algún modo u otro, encontrarían la manera de continuar su relación después de la semana de su visita. No podían ni debían, naturalmente. Aun así…
Dejó vagar la mente mientras él le pasaba los dedos por el pelo, provocándole un cosquilleo de la cabeza a los pies que le apartó cualquier idea de la cabeza.
– Tu pelo -dijo Andrew en voz baja- y tu piel son increíblemente suaves. -Su mano bajó por su hombro y luego por su brazo-. Nunca había tocado nada tan suave, tan sedoso. -Clavó los ojos en los de ella, que se quedó inmóvil al ver la seriedad que encerraba su mirada-. Tengo que confesarte algo, Catherine.
El corazón le dio un vuelco al oír la gravedad de su tono. ¿Desearía Andrew que su aventura continuara después de su visita?
– Te escucho.
– Nunca imaginé que tendría la oportunidad de tocarte, y ahora que la tengo… -Rodeó su seno con la mano y una mirada maliciosa destelló en sus ojos-. Y ahora que la tengo, debo confesar que no puedo parar.
Catherine contuvo el aliento cuando él llevó su pezón al borde del dolor. Poniéndole la mano en el muslo, ella se inclinó hacia delante hasta que apenas un escaso milímetro separó sus labios.
– Mi querido Andrew, no recuerdo haber recibido mejores noticias.
Con la mirada fija en las llamas bajas que crepitaban en la chimenea, una lenta sonrisa curvó hacia arriba las comisuras de los labios de la solitaria figura. Los planes seguían su curso. Todo estaba preparado…