Un Amor Escondido
- Автор: Д'Алессандро Джеки
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
Con un gemido que rayaba en el dolor, la atrajo hacia él. Cada nueva sensación apenas tenía tiempo de parpadear en su mente antes de verse suplantada por otra. El cuerpo de Catherine pegado al suyo desde el pecho a las rodillas. Los dedos de ella abriéndose paso entre su pelo. Sus propias manos deslizándose por la espalda de Catherine hasta cerrarse sobre sus nalgas. Catherine devolviéndole el gesto. El peso de su seno llenándole la mano. Agachando la cabeza para lamerle el pezón hasta meterse en la boca el excitado capullo. Absorbiendo su gutural gemido al pronunciar su nombre. Otro profundo beso ávido de su alma. La piel suave bajo sus manos. La carne húmeda y lustrosa entre los muslos de ella, inflamada de deseo.
Catherine deslizó sus dedos a lo largo de su erección y Andrew interrumpió bruscamente el beso para tomar aliento.
– ¿Te he hecho daño?
Incapaz de pronunciar palabra, Andrew negó con la cabeza.
– Quiero tocarte, Andrew.
Apretando los dientes, Andrew apoyó la cabeza en la de ella y se sometió a la dulce tortura de sentir los dedos de Catherine acariciándole todo el tiempo que fue capaz de soportar. Pero cuando ella envolvió su erección entre sus dedos y la apretó con suavidad, Andrew la cogió de la muñeca. Sus labios capturaron los de ella en un beso intenso y apasionado, provocando una frenética fusión de lenguas y labios. Sin interrumpir el beso, Andrew fue obligándola a descender hasta apoyar la espalda en la manta y luego cubrió el cuerpo de Catherine con el suyo. Ella separó las piernas y gimió y él bajó la cabeza para tocar con la lengua el sonido de intenso placer que vibraba en la base de su cuello.
Apoyando todo el peso de su cuerpo en las palmas de las manos, Andrew la miró bajo la parpadeante luz dorada mientras penetraba despacio su cuerpo. Un revuelo de rizos castaños, despeinados por las exploradoras manos de Andrew, rodeaban la cabeza de Catherine. Tenía los labios rojos, húmedos y ligeramente separados mientras su pecho subía y bajaba con rápidos y superficiales jadeos. Tenía los oscuros pezones mojados y erectos por obra de su boca. Pero fue la cruda necesidad, el agudo deseo que asomó a sus ojos, lo que terminó de deshacerle.
Despacio, Andrew fue penetrando en su cálido y húmedo calor aterciopelado y cerró los ojos con fuerza ante el tremendo placer. Deseaba ir despacio, hacerlo durar, pero su cuerpo, tanto tiempo negado, estaba fuera de su control. Sus embestidas se prolongaron, acelerándose. Más profundas. Más intensas. Catherine salía al encuentro de cada una de ellas, apremiándole para que la penetrara, al tiempo que sus dedos se enterraban en sus hombros. Se tensó debajo de él, echando adelante las caderas mientras exhalaba un largo «ohhhhh» de placer. Incapaz de contenerse por más tiempo, Andrew hundió la cabeza en la fragante curva de su hombro e inundó el interior de ella con su húmedo calor durante un eterno y milagroso instante que lo dejó sin aliento, débil, absolutamente satisfecho y condenadamente semimuerto.
Catherine siguió tumbada bajo su delicioso peso: sin aliento, débil, absolutamente satisfecha y más viva de lo que se había sentido en toda su vida.
A eso se reducía todo. Eso era lo que ella se había perdido durante todo su matrimonio. Aquella era la espléndida maravilla descrita en la Guía femenina, aunque ninguno de los vívidos comentarios ni de las vívidas instrucciones que aparecían en el libro la habían preparado lo suficiente para una experiencia tan íntima e increíble.
Con los ojos cerrados, se tomó un instante para saborear los momentos siguientes, deseando que aquel asombroso placer no concluyera. Los jadeos entrecortados de Andrew palpitando contra ella. Su cuerpo cubriéndola, piel acalorada contra piel acalorada. Los brazos de él todavía envolviéndola, como si jamás fueran a soltarla. Los brazos de Catherine rodeando sus anchos hombros, también reticentes a soltarle. El corazón de él palpitando contra sus senos. Y la deslumbrante sensación de su cuerpo todavía íntimamente unido al de ella. No, no tenía la menor idea de que sería así.
Ni de que Andrew se volviera tan pesado de pronto.
Y no es que no disfrutara sintiéndolo encima, pero la necesidad de respirar hondo estaba a punto de superar el placer que le provocaba tenerlo cubriéndola como una manta humana.
No habría sabido decir si él se percató de su necesidad o si simplemente hizo gala de una perfecta sincronización, pero lo cierto es que Andrew se movió. Tras acariciarle la mejilla con un beso, se retiró para apoyar todo su peso en sus antebrazos y la miró desde arriba con unos ojos oscuros e intensos y la respiración todavía alterada. Su pelo negro, desordenado por los frenéticos dedos de Catherine, se derramaba sobre su frente. Ella levantó la mano y apartó a un lado los mechones, que al instante volvieron a caer donde estaban.
– Estás muy despeinado -dijo con una sonrisa.
– Tú también. Deliciosamente. -Bajó la cabeza y la besó. Un beso lento, profundo e íntimo que comunicaba mejor de lo que lo habrían hecho las palabras el mensaje de que la experiencia amatoria le había resultado tan satisfactoria como a ella. Un beso que reavivó la llama que se había extinguido hacia apenas unos instantes.
– Quiero repetirlo de nuevo -susurró Catherine contra sus labios, pasándole ligeramente los dedos por la columna.
– No recuerdo haber recibido nunca mejores noticias. Sin embargo, me temo que necesitaré primero unos minutos para recuperarme. -Dejando caer un beso rápido en la boca de ella, se apartó de su cuerpo y rodó hasta quedar tumbado de espaldas, llevándola con él.
Tumbada sobre su pecho, Catherine vio cómo se colocaba una de las almohadas detrás de la cabeza. Tras envolverla relajadamente entre sus brazos, los párpados de Andrew se cerraron.
Al instante, Catherine arqueó las cejas.
– ¡No irás a decirme que estás cansado!
Él se rió entre dientes.
– Muy bien. No te lo diré.
– ¡Pero lo estás! -Su voz estaba preñada de acusación-. ¿Cómo puede ser? No me he sentido más pletórica de energía en toda mi vida. -Deslizó sus dedos por su abdomen-. Pero si apenas puedo quedarme quieta.
– Un hecho que reducirá ostensiblemente mi período de recuperación, te lo aseguro.
– Entonces ¿no te sientes maravillosamente?
– Me siento increíblemente bien. Pero de un modo comparable a «una esponja estrujada», en oposición al modo «pletórica de vigor» que caracteriza tu satisfacción.
– Vaya. Lo de «esponja estrujada» no suena muy… alentador.
Una profunda carcajada tronó en la voz de Andrew.
– De hecho, pretendía ser un cumplido.
– ¿Ah, sí? Pues creo que ha llegado el momento de que sea yo la que me haga con un diccionario para que puedas buscar en él la palabra «cumplido». Estoy segura de que «esponja estrujada» no aparece como ejemplo.
– Mi querida Catherine, estoy destrozado porque me has satisfecho completamente. Absolutamente. -Sus manos se deslizaron por la espalda de Catherine-. Como nunca hasta ahora.
«Mi querida Catherine.» Cielos, eso sonaba… delicioso. Sobre todo en ese ronco rugido en el que se había convertido su voz.
– Bueno, sin duda puedo decirte lo mismo. De hecho, estoy ansiosa por hablarte de todas las primeras veces que he experimentado desde que he entrado al belvedere. ¿Te gustaría oír las cosas que he descubierto?
– Me encantaría.
Catherine entrecerró los ojos al mirarle.
– ¿Estás seguro de que no te quedarás dormido? Pareces estar sospechosamente adormilado.
Andrew hundió la barbilla y la miró con una pecaminosa sonrisa asomando a sus labios.
– No tengo sueño. Estoy saciado. Te aseguro que cuentas con toda mi atención.
– Muy bien. Nunca había desnudado a un hombre. -Trazó una serie de leves círculos sobre su pecho desnudo-. Nunca había visto a un hombre desnudo.
Una ceja oscura se arqueó bruscamente.
– ¿Nunca?