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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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El tictac del reloj situado en la repisa de la chimenea no era sino un irritante recordatorio del paso del tiempo. «Pero debo tener paciencia. Mi presa está ya a la vista. Sé quién eres. Pronto, muy pronto, todos los daños serán reparados.»

Capítulo 15

Puesto que los hombres tienden a ser criaturas olvidadizas, la mujer moderna actual debe dejar una indeleble impresión en la mente de su caballero de modo que él nunca llegue a apartarla totalmente de sus pensamientos. La forma más efectiva de conseguirlo es decir o hacer algo que resulte deliciosamente travieso… de forma muy discreta, para que sólo él repare en ello. Si un hombre cree que existe un encuentro sexual en su futuro inmediato, su atención no se alejará demasiado.

Guía femenina para la consecución

de la felicidad personal y la satisfacción íntima

CHARLES BRIGHTMORE

A la mañana siguiente Andrew se preparó para salir de su habitación con una sola cosa en la cabeza: Catherine. Tras un último y prolongado beso, la había dejado a regañadientes en su habitación cuatro horas antes. Para ser más exactos, cuatro horas y once minutos, y no es que llevara la cuenta.

Muy bien, sí, llevaba la cuenta. Y esas cuatro horas y once minutos se le antojaban cuatro años. Necesitaba tocarla. Besarla. Estrecharla entre sus brazos para confirmar el milagro de la noche anterior. Hacerle el amor había sido una revelación. En sus sueños, la había tocado y amado innumerables veces, pero nada le había preparado para la realidad de sentirla debajo de él, mirándole con los ojos velados de deseo. Su cuerpo uniéndose al de ella mientras expresaba en silencio todas las emociones que había mantenido bloqueadas durante tanto tiempo. Todas las cosas que no podía decir… todavía.

Salió de su habitación y avanzó a paso firme por el pasillo, empujado por la impaciencia. Cuando mirara a Catherine a los ojos esa mañana, ¿vería en ellos reflejada toda la magia que habían compartido? ¿El deseo de experimentar más de lo mismo? ¿O habría pasado Catherine las últimas cuatro horas y ya once minutos decidiendo que la noche pasada era suficiente?

Apretó los labios. Si ella había decidido que era suficiente, tendría que cambiar de condenada opinión. Era suya. Y Andrew estaba firmemente decidido a poseerla.

Cuando giró la esquina, alcanzó a ver a Milton acercándose a lo alto de las escaleras.

– Señor Stanton -dijo el mayordomo con sus precisos tonos de voz-. En este momento me dirigía a su habitación. Ha llegado esto para usted. -Le presentó una pequeña bandeja de plata que contenía una nota sellada.

Andrew tomó la misiva. Se le tensó el estómago cuando reparó en su nombre garabateado con la irregular letra de Simon Wentworth. Dudaba de que el secretario que compartía con Philip le escribiera para darle buenas noticias.

– ¿Ha dicho algo el mensajero?

– Sólo que la nota era para usted y que no requería respuesta. Ya se ha marchado.

– Entiendo. ¿Están en casa lady Catherine y Spencer?

– El señorito Spencer está de camino al lago a tomar las aguas. Lady Catherine ha pedido que le suban el desayuno a su habitación. El suyo está servido en el comedor, señor.

– Gracias. Primero tengo que leer esta nota. Bajaré enseguida.

Milton inclinó la cabeza y a continuación bajó las escaleras mientras Andrew regresaba a su habitación. Después de cerrar la puerta a su espalda, rompió el sello de cera y rápidamente leyó las palabras de la misiva.

Señor Stanton:

Le escribo para informarle de que alguien entró al museo anoche y lamento tener que comunicarle que las instalaciones se han visto seriamente perjudicadas. El juez cree que cuando el ladrón -o los ladrones- se dieron cuenta de que no había ningún objeto en el museo, fue presa de la rabia e infligió todo el daño que pudo a las instalaciones. Atacó con un hacha el suelo y las paredes y todas las ventanas recién instaladas están rotas. El juez no tiene muchas esperanzas de que el rufián sea apresado, a menos que aparezca algún testigo que pueda aportar alguna información. Pondré a los obreros a trabajar para que reparen los daños, de modo que no necesita preocuparse de eso, pero no tengo ninguna experiencia con el manejo de los inversores y me temo que sus reacciones son ya, como poco, desfavorables. Lord Borthrasher y lord Kingsly han estado haciendo sus propias pesquisas, así como la señora Warrenfield y el señor Carmichael. Por tanto, creo que lo mejor sería que regresara a Londres lo antes posible. Mientras tanto, intentaré contratar a más obreros. Siguiendo las instrucciones que me dio antes de que abandonara Londres, no he escrito a lord Greybourne para informarle de nada relacionado con el museo.

Afectuosamente,

Simon Wentworth

Andrew dejó escapar un largo suspiro y se mesó los cabellos. Su mente proyectó el brillante suelo de tarima y las paredes profusamente revestidas con paneles de madera del museo. Y todas aquellas hermosas ventanas de cristal viselado… ¡Maldición! Todo ese trabajo destruido. Se sintió presa de la náusea. Y doblemente, ante la idea de dejar a Catherine, sobre todo en ese momento. Pero no tenía elección. Y debía decírselo. Se metió la nota en el bolsillo del chaleco y salió en silencio de su habitación.

Con la piel todavía hormigueante tras un baño caliente, Catherine miró por la ventana de su habitación el suave resplandor del sol de la mañana reflejando destellos de plata en la hierba cubierta de rocío. Su mirada deambuló libremente hacia el jardín… hacia el sendero que Andrew y ella habían recorrido la noche anterior.

Sus ojos se cerraron. Por su mente destellaron vividas imágenes de cómo habían pasado las horas hasta poco antes del amanecer… explorándose íntima y mutuamente los cuerpos. Compartiendo el vino, el pan y el queso. Andrew dándole de comer las fresas. Riendo. Tocándose. Volviendo a hacer el amor, despacio, saboreando cada caricia. Cada mirada. Cada beso. Cada embestida de su cuerpo dentro del suyo.

A pesar de todas las veces que Catherine había imaginado lo que sería estar con un amante, de toda la curiosidad que la Guía había despertado en su mente, nunca, ni una sola vez, había imaginado nada semejante a lo vivido la noche anterior. Siempre había creído que la imaginación podía conjurar escenarios que la realidad jamás llegaba a igualar.

¡Qué equivocada había estado al creer algo así!

La imaginación no podía experimentar la maravilla de los labios y las manos de Andrew adorándola, quemándolo todo, cualquier pensamiento, excepto él. Sentir sus pechos aplastados contra su cálido pecho desnudo de hombre. El olor almizcleño del acto amatorio envolviéndolos en la luz dorada y en el aire quieto del belvedere. La textura de su piel firme bajo las yemas de sus dedos. Y el placer de mirarle…

Dejó escapar un largo y femenino suspiro. Dios santo, el placer de mirarle… su cuerpo fuerte y musculoso brillando en la parpadeante luz, totalmente excitado. Para ella. Por ella. Sus ojos negros de deseo. Ardientes de deseo. Colmados de un ardor totalmente ligado con la suavidad de sus caricias. La expresión embelesada de Andrew al excitarla más allá de lo humanamente soportable. Y luego la sensual y saciada languidez resplandeciendo en esos ojos en los instantes posteriores a la pasión. Su rápida sonrisa. Su preciosa sonrisa. Y aun así, detrás de su humor, aquel enfervorizador calor destellando justo debajo de su superficie.

Desgraciadamente, Catherine sospechaba que sentía algo más que un simple calor enfebrecido por Andrew. Y eso era inaceptable. Inquietante. Y, sobre todo, aterrador.

No podía ni debía permitirse olvidar que eso era temporal. Conocía a la perfección el mal de amores implícito en una relación permanente. Y a menos que olvidara…

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