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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—¡Eso no es excusa! ¡Le podrías haber advertido!

—Ninguno de mis hijos ha aprendido a respetar el fuego hasta que ha acercado una mano a las llamas. Muchas palabras no reemplazan la experiencia de vivirlo. Si Richard no entendiera qué es antes de internarse en el Puerto Rey, nunca conseguiría salir con vida. Sí, lo he hecho expresamente, para enseñarle, para mantenerlo con vida.

—¡Se lo podrías haber dicho!

—No. —Chase negó con la cabeza—. Tenía que verlo con sus propios ojos.

—¡Ya basta! —Todos los ojos se volvieron hacia Richard. Por fin el joven había logrado despejar su mente—. Aún tiene que pasar un día sin que alguno de vosotros tres me dé un susto de muerte. Pero sé que sólo buscáis mi bien. Ahora mismo tenemos que ocuparnos de cosas más importantes. ¿Chase, cómo sabes que el Límite se está difuminando? ¿Qué ha cambiado?

—El muro se está desmoronando. Antes no se podía ver la oscuridad a través de la luz verde. No se podía ver nada al otro lado.

—Chase tiene razón —intervino Zedd—. Desde aquí podía ver.

—¿Cuánto tardará en caer del todo? —preguntó Richard al mago.

—Es difícil decirlo —contestó éste con un encogimiento de hombros.

—¡Pues adivínalo! —saltó Richard—. Dame alguna idea.

—Durará al menos dos semanas, pero no más de seis o siete.

—¿Puedes usar tu magia para reforzarlo? —preguntó el joven después de unos momentos de reflexión.

—No poseo ese tipo de poder.

—¿Chase, crees que Rahl conoce la existencia del Puerto Rey?

—¿Cómo quieres que lo sepa?

—Bueno, ¿ha cruzado alguien por él procedente de la Tierra Central?

—No que yo sepa —repuso el guardián tras una breve reflexión.

—Dudo que Rahl lo conozca —añadió Zedd—. Él es capaz de viajar por el inframundo; no necesita el paso. Es él quien está derrumbando el Límite. No creo que se preocupe por un pequeño paso.

—Una cosa es preocuparse y otra conocer su existencia —puntualizó Richard—. Creo que no deberíamos quedarnos aquí plantados. Temo que Rahl pueda averiguar adónde nos dirigimos.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Kahlan, al tiempo que se apartaba el pelo de la cara.

Richard la miró comprensivamente y preguntó a su vez:

—¿Crees que eran tu madre y tu hermana a quienes viste allí afuera?

—Creí que lo eran. ¿Tú crees que no?

—Yo no creo que fuese mi padre. ¿Tú qué piensas? —preguntó al mago.

—Es imposible de decir. En realidad, nadie sabe demasiado del inframundo.

—Pero Rahl el Oscuro sí —apostilló Richard amargamente—. No creo que mi padre quisiera verme muerto. Pero sé que Rahl sí, por lo que, pese a lo que me dicen mis ojos, es más probable que lo que vi fuesen sicarios de Rahl tratando de cazarme. Tú mismo dijiste que no podemos cruzar el Límite porque nos están esperando, esperando para atraparnos. Creo que fue eso lo que vi: sus sicarios del inframundo. Y saben exactamente dónde he tocado el muro. Si tengo razón, esto quiere decir que Rahl pronto sabrá dónde estamos. Pero no pienso quedarme aquí para comprobarlo.

—Richard tiene razón —dijo Chase—. Además, tenemos que llegar al pantano Sierpe antes de que anochezca y los canes corazón salgan. Es el único lugar seguro entre aquí y Refugio Sur. Llegaremos allí antes de mañana por la noche y estaremos a salvo de los canes. Al día siguiente iremos a ver a una amiga mía, Adie, la mujer de los huesos. Vive cerca del paso. Necesitamos que nos ayude a cruzarlo. Pero esta noche nuestra única opción es el pantano.

Richard iba a preguntar qué era una mujer de los huesos y por qué necesitaban su ayuda para cruzar el paso, cuando, de pronto, algo oscuro y borroso restalló en el aire y golpeó a Chase con tanta fuerza que lo lanzó entre varios árboles caídos. Con increíble velocidad, la cosa negra se enroscó alrededor de las piernas de Kahlan, como si fuera un látigo, y la hizo caer. La mujer gritó el nombre de Richard, al tiempo que éste trataba de agarrarla. Ambos se cogieron por las muñecas, y ambos fueron arrastrados por el suelo hacia el Límite.

De los dedos de Zedd brotaron llamas. El fuego pasó por encima de sus cabezas con un sonido agudo y se desvaneció. Otro apéndice negro golpeó al mago con la rapidez del rayo, lanzando al anciano por los aires. Richard enganchó un pie alrededor de la rama de un tronco, pero estaba podrida y se desprendió. Entonces retorció el cuerpo para tratar de clavar los talones en la tierra, pero las botas resbalaron sobre las húmedas hierbas de la ciénaga. Finalmente lo consiguió, pero ni siquiera así podía impedir que la cosa los siguiera arrastrando a los dos por el suelo. Necesitaba las manos libres.

—¡Rodéame la cintura con las manos! —gritó.

Kahlan se lanzó hacia él, le enlazó la cintura con los brazos y apretó con fuerza. La sinuosa cosa negra y ondulada se enroscó en las piernas de la mujer, agarrándola con más firmeza. Kahlan chilló cuando la cosa empezó a estrujarla. Richard tiró de la espada, y ésta salió de su vaina con un sonido vibrante.

La luz verde empezó a relucir a su alrededor a medida que se acercaban al Límite.

La cólera inundó a Richard. Estaba ocurriendo justo lo que más temía: algo trataba de llevarse a Kahlan. La luz verde era ahora más intensa. Al joven le era imposible alcanzar lo que tiraba de ellos. Kahlan se cogía a él con fuerza por la cintura, pero sus piernas estaban demasiado lejos, y aquello la sujetaba aún más.

—¡Kahlan, suéltate!

Pero la mujer estaba demasiado aterrorizada para hacerlo. Seguía aferrándose a él desesperadamente y jadeando de dolor. La cortina verde ya estaba allí. El zumbido resonaba en sus oídos.

—¡Suéltate! —gritó Richard de nuevo.

El joven trató de soltar las manos de Kahlan. Los árboles de la ciénaga empezaban a desdibujarse en la oscuridad. Richard podía sentir ya la presión del muro. Kahlan se aferraba a él con una fuerza increíble. Deslizándose por el suelo de espaldas, trató de desasirse llevando hacia atrás los brazos, pero no pudo. Tenía que levantarse si quería salvarse él y a ella.

—¡Kahlan! ¡Suéltame o moriremos! ¡No dejaré que te cojan! ¡Confía en mí! ¡Suéltame! —Richard no sabía si estaba diciéndole la verdad, pero estaba seguro de que era su única oportunidad.

La cabeza de Kahlan le oprimía el estómago. Entonces lo miró. El rostro de la mujer se veía crispado por el dolor que le causaba la cosa negra al estrujarla. Lanzó un grito y se soltó.

En un abrir y cerrar de ojos Richard se puso en pie. Justo entonces el muro negro se materializó delante de él. Su padre le tendió los brazos. En un arrebato de furia blandió la espada con toda la violencia de la que era capaz. La hoja trazó un arco que atravesó la barrera y el ser que el joven sabía que no era su padre. La figura negra lanzó un lamento, tras lo cual explotó y se desintegró.

Los pies de Kahlan se encontraban junto al muro. La cosa negra envolvía las piernas de la mujer, apretando y tirando de ella con fuerza. El joven alzó la espada, y un impulso asesino se apoderó de él.

—¡Richard, no! ¡Es mi hermana!

Pero él sabía que no lo era, como tampoco el otro ser era su padre. Se entregó por completo al irresistible impulso y asestó un terrible mandoble. Nuevamente el acero atravesó el muro y a la repulsiva criatura que sujetaba a Kahlan. Hubo una confusión de destellos así como gemidos y lamentos sobrenaturales. Las piernas de Kahlan quedaron libres. La mujer yacía tendida sobre el estómago.

Sin pararse a mirar qué más sucedía, Richard pasó un brazo bajo la cintura de Kahlan y la levantó en un único movimiento. Entonces se alejó del Límite sosteniéndola firmemente y con la espada hacia el muro. Así fue reculando con paso lento y seguro, alerta a cualquier movimiento, a cualquier ataque. Lentamente se alejaron de la luz verde.

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