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El Lugar Maldito

Электронная книга - «El Lugar Maldito». Краткое содержание книги:

Frank Pollard despierta en un callejón sin saber más que su nombre y que una oscura fuerza diabólica lo persigue para darle muerte. Abocado a una amnesia impenetrable acude al matrimonio de detectives Dakota para que investiguen su pasado. Bobbie y Julie se enfrentarán al caso más extraño de su carrera para acabar descubriendo que en el mundo de los vivos hay lugares más horrorosos que en el reino de los muertos.
Cuando Frank Pollard despierta en un oscuro callejón apenas sabe más que su nombre y que algo, indefinible y horroroso, lo persigue para darle muerte. Tras huir y encontrar refugio en un motel se vuelve a sumergir en un sueño del que despierta con las manos bañadas de sangre. Aterrorizado por albergar tras su consciencia una realidad tan misteriosa como abominable intenta mantener su frágil vigilia, pero el cansancio y la desesperación acaban por hacerle acudir a los Dakota, un joven y extrovertido matrimonio de detectives californianos.
Bobby y Julie impresionados por la extraña dimensión del caso, deciden vigilar a Frank durante sus inexplicables fugas amnésicas para desentrañar el origen de su incomprensible perturbación. Al penetrar en un mundo vedado a la lógica y tránsido de una maldad insoportable, descubrirán la trama fatal de una familia que maduró en su seno la crueldad más abominable para redimir al mundo con una estirpe de desquiciados redentores.
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– ¡Ah! ¿Es usted, señora Dakota? Sí… Dakota. ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde estoy?

– Ahora estás en el hospital -dijo Bobby-. Escucha, lo importante no es saber dónde estás sino, ¿dónde diablos has estado?

– ¿Estado? Bueno…, ¿qué quieres decir?

Frank intentó sentarse en la cama pero parecía carecer de la energía necesaria para levantar la espalda.

Manipulando los mecanismos de la cama, Bobby elevó la mitad superior del colchón.

– Durante las últimas horas no has estado en esta habitación. Son casi las cinco de la madrugada y has estado dentro y fuera de aquí como… como… un marinero del buque insignia Enterprise que se pasara el tiempo radiando señales al barco nodriza.

– ¿Enterprise? ¿Radiando? ¿De qué estás hablando?

Bobby miró a Julie.

– Quienquiera que sea este tipo y de dondequiera que provenga, ahora sabemos con seguridad que ha estado viviendo al borde de la cultura moderna, en los aledaños. ¿Sabes de algún americano moderno que no haya oído hablar del Enterprise?

Julie dijo a Bobby:

– Gracias por tu análisis, señor Spock.

– ¿Señor Spock? -exclamó Frank.

– ¿Lo ves? -dijo Bobby.

– Interrogaremos más tarde a Frank -decidió Julie-. Ahora mismo está confuso. Tenemos que sacarlo de aquí. Si esa enfermera vuelve y lo ve, ¿cómo le explicarás su reaparición? ¿Creerá ella de verdad que Frank ha vagabundeado un rato para regresar al hospital pasando ante los de seguridad y el cuerpo de enfermeras, y subiendo hasta la sexta planta sin que nadie se percate?

– Sí -dijo Hal-. Y aunque parezca que haya vuelto para quedarse, ¿qué pasará si se desvanece otra vez ante sus propios ojos?

– Vale -asintió Julie-. Así que lo sacaremos de la cama y lo haremos bajar furtivamente las escaleras del final del pasillo, y de allí al coche.

Mientras debatían sobre él, Frank movió la cabeza a un lado y otro, siguiendo la conversación. Parecía estar viendo por primera vez un partido de tenis sin conseguir comprender las reglas del juego.

Bobby dijo:

– Una vez lo saquemos, podemos decir a la Fulgham que lo hemos encontrado a pocas manzanas de aquí y que estamos deliberando con él para determinar si quiere… o incluso necesita volver al hospital. Después de todo, él es nuestro cliente, nuestro pupilo, y hemos de respetar sus deseos.

Sin necesidad de esperar el resultado de los análisis, sabían ahora que Frank no padecía ninguna dolencia física como abscesos cerebrales, coágulos, aneurismas, quistes o neoplasmas. Su amnesia no era la consecuencia de un tumor cerebral sino de algo mucho más extraño y exótico que eso. Ninguna afección maligna, por muy singular que fuera su naturaleza, podría dotar a su víctima con el poder para pasar a la cuarta dimensión… o adondequiera que fuese Frank cuando se esfumaba.

– Escúchame, Hal -dijo Julie-. Coge del armario la ropa de Frank y métela en la funda de la almohada, junto con el dinero.

– Al instante.

– Y tú, Bobby, ayúdame a sacar de la cama a Frank, veamos si puede mantenerse en pie.

La única barandilla de la cama se resistió por un momento cuando Bobby intentó bajarla, pero él la forzó a hacerlo porque no podía sacar de la cama a Frank por el otro lado sin correr la cortina, dejándolo expuesto a la vista de cualquiera que abriese la puerta.

– Me habrías hecho un gran favor si hubieses enviado esta barandilla a Oz junto con la otra -dijo Bobby a Frank.

El exclamó:

– ¿Oz?

Cuando la barandilla se doblegó del todo, Julie se encontró con que dudaba en tocar a Frank por temor de lo que pudiera sucederle a su cuerpo si realizaba otro número de desaparición. Había visto las destrozadas bisagras de la barandilla, y tenía presente también que Frank no había regresado con la barandilla sino que la había abandonado en el otro «dónde» o en el otro «cuándo» adonde había viajado.

Bobby también vacilaba, pero se sobrepuso a su aprensión y cogiendo las piernas del hombre las hizo pasar por el borde de la cama, luego le agarró del brazo y le ayudó a sentarse. Tal vez ella fuera más dura que Bobby, pero cuando se trataba de encuentros con lo desconocido, él era a todas luces más flexible y raudo para adaptarse.

Por fin, Julie se tragó su miedo y ayudó a Bobby a poner a Frank en pie. Las piernas se le doblaban bajo su peso. Él se quejaba de debilidad y mareo.

Mientras metía la otra ropa en la funda de la almohada, Hal dijo:

– Si es necesario, Bobby y yo podemos llevarlo en vilo.

– Siento causar tantas molestias -murmuró Frank.

Julie, que no lo había visto nunca tan patético, sintió cierto remordimiento por no haberse atrevido a tocarlo.

Flanqueando a Frank y rodeándole cada uno con un brazo, Julie y Bobby le hicieron pasear arriba y abajo, por delante de la ventana, para ofrecerle la oportunidad de recuperar el uso de sus piernas. Poco a poco, el hombre recobró energía y equilibrio.

– Pero se me caen los pantalones -dijo.

Los dos le mantuvieron contra la cama, y él se apoyó en Julie mientras Bobby alzaba el suéter azul de algodón y examinaba el cinturón para ver si era posible correrlo un punto. La lengüeta suelta del cinturón aparecía horadada por veintenas de diminutos orificios, como si insectos laboriosos la hubiesen perforado. Pero, ¿qué insecto comía cuero? Cuando Bobby tocó la hebilla metálica ésta se desmenuzó como si fuera de hojaldre.

Mirando pasmado los relucientes fragmentos de metal que habían quedado entre sus dedos, Bobby preguntó:

– ¿Dónde te compras la ropa, Frank? ¿En un vertedero?

No obstante el tono bromista de Bobby, Julie supo que estaba aturdido. ¿Qué sustancia o circunstancias podían haber alterado tan profundamente la composición del latón? Cuando él pasó los dedos por las sábanas de la cama para limpiarse los curiosos residuos, Julie respingó, como si temiera que su carne hubiese quedado contaminada por el contacto con el latón y se desmigase como la hebilla.

Después de sujetar los pantalones de Frank con el cinturón que llevaba al ingresar en el hospital, Hal ayudó a Bobby a sacar a su cliente de la habitación. Mientras Julie iba delante vigilando, los tres recorrieron sigilosa y rápidamente el pasillo y atravesaron la puerta de incendios que estaba frente a las escaleras de emergencia. La piel de Frank seguía fría al tacto, y el hombre continuaba empapado de sudor; pero el esfuerzo le había enrojecido las mejillas, lo que le daba menos apariencia de cadáver andante.

Julie se apresuró a ir hasta el fondo de la escalera para averiguar lo que había más allá de la puerta inferior. Sin poder evitar los ruidos sordos de sus pisadas, cuyos ecos resonaban huecos en la pared de cemento, los tres hombres descendieron cuatro plantas sin grandes dificultades. No obstante, hubieron de detenerse en el descansillo de la cuarta para que Frank recobrara el aliento.

– ¿Estás siempre así de débil cuando te despiertas y no recuerdas en dónde has estado? -preguntó Bobby.

Frank negó con la cabeza. Luego, sus palabras sonaron como un leve resuello:

– No. Siempre asustado… fatigado, pero no tan mal como… esto. Me siento… bueno… no sé lo que estoy haciendo… ni a dónde me dirijo… pero sea lo que sea… cada vez requiere un esfuerzo mayor. Temo que no sobreviviré… a esto.

Mientras Frank hablaba, Bobby observó algo peculiar en el suéter azul del hombre. El dibujo del punto era tremendamente irregular en algunos trechos, como si la tricotosa hubiese enloquecido por unos instantes. Y en la espalda, cerca de la paletilla derecha, faltaban varias fibras; el boquete tenía el tamaño de cuatro sellos de correos y sus bordes eran irregulares. Pero no era un agujero propiamente dicho. Un trozo de lo que parecía caqui llenaba el boquete; y no estaba cosido sino tejido con el hilo de algodón que lo rodeaba, como si se hubiera confeccionado en la misma fábrica. El caqui era del mismo tono que los pantalones que llevaba Frank.

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