Los coleccionistas [The Collectors - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Серия: Camel Club (es) #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:
Janklow se había puesto tan rojo que Caleb había estado seguro de que al pobre le iba a dar un infarto. Ésa fue la primera y única vez que Caleb se vio obligado a separar a dos socios de la sala de lectura de Libros Raros, ambos con setenta años bien entrados. Habían estado a punto de acabar a tortas y Caleb les había arrebatado los libros que tenían en la mesa para impedir que los empleasen como armas. Los había reprendido por aquel comportamiento, e incluso había amenazado con retirarles sus privilegios de la sala de lectura si no se tranquilizaban. Janklow parecía querer atizarle, pero Caleb se mantuvo firme. No le costaría nada reducir a aquel arrugado viejecito.
De vez en cuando, Caleb alzaba la vista para asegurarse de que no volviera a repetirse un altercado como aquél. Janklow leía un libro mientras jugueteaba con el lápiz sobre el papel y, de tanto en tanto, se limpiaba las gafas gruesas. Jewell English estaba absorta en su libro. De repente, levantó la vista y vio que Caleb la miraba, cerró el libro y le hizo un gesto para que se acercara.
– ¿Recuerdas el Beadle que te mencioné? -le susurró English en cuanto Caleb se sentó a su lado.
– Sí, la joya de la corona.
– Lo tengo, lo tengo. -Aplaudió en silencio.
– Felicidades, maravilloso. ¿Está en buen estado?
– Oh, sí, de lo contrario te habría llamado. Tú eres el experto.
– Bueno -dijo Caleb con modestia. Le tomó la mano entre las suyas nudosas. Tenía más fuerza de la que aparentaba.
– ¿Te gustaría venir a verlo algún día?
Caleb trató de zafarse de aquella garra, pero ella no cedía.
– Oh, esto… tendré que comprobar el calendario. O mejor, la próxima vez que vengas, dime algunas fechas y veré si puedo.
– Oh, Caleb, yo siempre estoy disponible -le dijo en tono coqueto.
– Qué suerte, ¿no? -Trató de zafarse de nuevo, pero ella se mantenía firme.
– Pues elijamos una fecha ahora -le dijo con dulzura.
Desesperado, Caleb miró a Janklow, que los observaba con recelo. Janklow y Jewell solían pelearse por disponer del tiempo de Caleb como dos lobos por un trozo de carne. Tendría que pasar unos minutos con Janklow antes de marcharse para equilibrar la situación o el viejecito se quejaría durante semanas. Sin embargo, mientras Caleb lo miraba, se le ocurrió algo.
– Jewell, creo que si se lo pides, a Norman le encantaría ver tu nuevo Beadle. Estoy seguro de que se arrepiente sobremanera de su último arrebato.
English le soltó la mano de inmediato.
– No hablo del trabajo con neandertales -repuso irritada. Abrió el bolso para que Caleb lo inspeccionara y salió a toda prisa de la sala.
Caleb se frotó la mano sonriendo y estuvo un rato con Janklow, dándole las gracias en silencio por ayudarle a deshacerse de English. Luego retomó su trabajo.
Sin embargo, no dejaba de pensar en el Libro de los Salmos, el difunto Jonathan DeHaven y el también difunto presidente de la Cámara, Bob Bradley, y, finalmente, Cornelius Behan, un contratista de Defensa rico y adúltero que, al parecer, había asesinado a su vecino.
Y pensar que había elegido la profesión de bibliotecario porque detestaba la presión. Tal vez debería solicitar un puesto en la CIA para ponerse al día.
Capítulo 41
Annabelle cenó en la habitación del hotel, se duchó, se envolvió con una toalla y comenzó a peinarse. Se sentó frente al espejo de cortesía y comenzó a cavilar sobre la situación. Habían pasado cuatro días y Jerry Bagger ya sabría que le habían estafado cuarenta millones de dólares. Debería estar a diez mil kilómetros de distancia de aquel hombre, pero apenas los separaba un breve viaje en avión. Era la primera vez que no seguía un plan de huida; aunque, todo sea dicho, era la primera vez que asesinaban a un ex marido suyo.
Oliver y Milton la intrigaban, Caleb era un tanto «especial» y Reuben resultaba divertido con su embelesamiento. Annabelle admitía que se lo pasaba bien en compañía de aquel grupo. Pese a tener una personalidad solitaria, Annabelle siempre había pertenecido a un equipo y una parte de ella seguía necesitando esa sensación. Había comenzado con sus padres y había continuado de adulta al dirigir sus propios equipos. Oliver y los demás satisfacían esa necesidad vital, aunque de un modo diferente. De todas maneras, no debería estar allí.
Dejó de peinarse, se quitó la toalla y se puso una camiseta. Se acercó a la ventana y observó la calle atestada. Sin dejar de mirar aquella vorágine de tráfico y transeúntes apresurados, reconstruyó mentalmente lo que había hecho hasta el momento: se había hecho pasar por la directora de una revista, había ayudado a Oliver a allanar la Biblioteca del Congreso, había cometido un delito al hacerse pasar por un agente del FBI y ahora tendría que buscar la manera de que Caleb consiguiera las cintas de vídeo de seguridad para saber qué le había pasado a Jonathan. Si Oliver estaba en lo cierto, personas más peligrosas que Jerry Bagger podrían enfrentarse a ellos.
Se apartó de la ventana, se sentó en la cama y comenzó a ponerse loción en las piernas. «Esto es una locura -se dijo-. Bagger removerá cielo y tierra para encontrarte y matarte, y aquí estás tú, sin tan siquiera haber salido del país.» Sin embargo, había prometido a los miembros del Camel Club que los ayudaría. De hecho, se recordó a sí misma que había insistido en formar parte del grupo.
– ¿Debería quedarme y arriesgarme a que el radar de Jerry no llegue a Washington? -se preguntó en voz alta.
Alguien había asesinado a Jonathan; quería vengarse, aunque sólo fuera porque la enfurecía que alguien hubiera decidido acabar con su vida antes de la cuenta.
De repente, se le ocurrió algo y consultó la hora. No tenía ni idea de qué hora sería allí, pero necesitaba saberlo. Corrió hasta el escritorio y cogió el móvil. Marcó y esperó con impaciencia mientras sonaban los tonos. Le había dado ese número y un teléfono internacional para mantenerse en contacto después de la estafa. Si a alguno de los dos le llegaban noticias de Jerry, avisaría al otro.
– Hola -dijo Leo finalmente.
– Hola. Creía que no responderías.
– Estaba en la piscina.
– En la piscina, qué bien. ¿En qué parte?
– En la más honda.
– No, me refería a en qué parte del mundo.
– No puedo responder. ¿Y si Bagger está ahí?
– Entiendo. ¿Te ha llamado alguien más?
– No, nadie.
– ¿Sabes algo de Bagger?
– No, lo he borrado de mi agenda -repuso Leo lacónicamente.
– Me refería a que si sabes si ha habido represalias.
– No, sólo algún que otro rumor. No quería investigar más de la cuenta; apuesto lo que sea a que al tío le ha entrado el instinto homicida.
– Sabes que nos buscará mientras viva.
– Entonces ojalá que se muera de un infarto. No quiero que el pobre sufra. -Se calló y añadió-: Hay algo que tendría que haberte dicho antes. Y no te cabrees.
Annabelle se irguió.
– ¿Qué has hecho?
– Estaba hablando con Freddy y se me escaparon algunos detalles sobre ti.
Annabelle se levantó.
– ¿Qué detalles?
– Tu apellido y lo que hacías con Paddy.
– ¿Es que te has vuelto loco? -gritó.