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Los coleccionistas [The Collectors - es]

Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:

l Camel Club entra de nuevo en acción. Son cuatro ciudadanos peculiares con una misma meta: buscar la verdad, algo difícil en Washington. Esta vez el asesinato del presidente de la Cámara de Representantes sacude Estados Unidos. Y el Camel Club encuentra una sorprendente conexión con otra muerte: la del director del departamento de Libros Raros y Especiales de la Biblioteca del Congreso. Los miembros del club se precipitarán en un mundo de espionaje, códigos cifrados y coleccionistas.
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– ¡Joder, Earl! -dijo uno de los guardias a su compañero-. ¡Son terroristas!

Annabelle sacó una libreta.

– Dadme vuestros nombres. El FBI os agradecerá de forma muy especial que hayáis participado en la redada. -Sonrió-. Creo que lo notaréis a partir del próximo sueldo.

Los dos guardias se miraron, sonriendo.

– ¡Qué pasada! -exclamó Earl.

Le dijeron sus nombres y luego Annabelle se volvió hacia Milton.

– Mételos en el coche patrulla, Dupree. Cuanto antes nos llevemos a estos babosos a la oficina de Washington, mejor. -Miró a los guardias-. Avisaremos a la policía local, pero primero «interrogaremos» a estos chicos al estilo del FBI. -Les guiñó un ojo-. Pero yo no os he dicho nada, ¿vale?

Los dos le dedicaron una cómplice sonrisa.

– Dadles su merecido -dijo Earl.

– ¡Recibido! Estaremos en contacto.

Llevaron a Stone y a Reuben hasta el asiento trasero del sedán y se alejaron del almacén.

Caleb esperó a que los guardias se marcharan, regresó corriendo al Nova y siguió el coche de Annabelle.

– Milton, antes te has lucido -le dijo Reuben con arrogancia.

A Milton se le iluminó el semblante. Se quitó la gorra y se soltó la melena.

– Veo que, cuando hacéis de equipo de apoyo, os lo tomáis en serio. Gracias -le dijo Stone a Annabelle.

– De perdidos, al río -repuso ella-. ¿Adónde vamos?

– A mi casa -respondió Stone-. Tenemos que hablar de muchas cosas.

Capítulo 38

Roger Seagraves condujo el coche de alquiler por las tranquilas calles del barrio opulento de Washington y giró a la izquierda hacia Good Fellow Street. A esa hora, la mayoría de las casas estaba a oscuras. Mientras pasaba junto a la casa del difunto Jonathan DeHaven, dio la impresión de que ni siquiera miraba hacia allí. Se avecinaba otra tormenta. Empezaba a cansarse de los partes meteorológicos. Pero era una trampa perfecta que no podía dejarla pasar, se dijo. Continuó conduciendo lentamente, como si se tratara de un recorrido para observar con tranquilidad las viejas mansiones. Luego dio la vuelta a la manzana y avanzó por la calle paralela observando con atención la configuración del terreno.

Sin embargo, todavía no se le había ocurrido un plan. Necesitaba tiempo para pensar. Se había fijado en algo: la casa que estaba frente a la de Behan. En el interior había una persona mirando por unos prismáticos. ¿Mirando qué? Daba igual, pero tendría que contar con ese detalle cuando preparase el ataque. Cuando alguien vigilaba, sólo existía una forma de matar y luego huir.

Tras acabar el reconocimiento, Seagraves aparcó el coche de alquiler en el hotel. Cogió el maletín, se dirigió al bar, tomó una copa y luego subió en el ascensor como si fuera a su habitación. Esperó una hora y a continuación bajó por las escaleras. Abandonó el edificio por otra puerta y entró en otro coche que había dejado en el aparcamiento contiguo. Esa noche tenía que hacer algo más aparte de planear otro asesinato.

Condujo hasta el motel y sacó una llave del bolsillo mientras salía del coche. Le bastaron diez rápidas zancadas para llegar a la puerta de una habitación de la segunda planta que daba al aparcamiento. Abrió la puerta, pero no encendió la luz. Se dirigió rápidamente hacia la puerta que daba a la otra habitación, la abrió y entró. Mientras lo hacía, Seagraves percibió la presencia de otra persona en la habitación, aunque no dijo nada. Se desvistió y se acostó en la cama junto a ella. Su cuerpo era suave, con curvas, cálido y, lo más importante de todo, era de una supervisora de turnos de la ASN.

Al cabo de una hora, los dos satisfechos, Seagraves se vistió y se fumó un cigarrillo mientras ella se duchaba. Sabía que había tomado las mismas precauciones que él para evitar que la siguieran, y la ASN tenía tantos empleados que era imposible vigilarlos a todos. Ella nunca había llamado la atención, y Seagraves la había contratado por ese motivo para su operación. Los dos estaban solteros; por lo que, si la cita llegaba a descubrirse, se atribuiría al deseo expreso de mantener relaciones sexuales entre dos adultos que eran empleados federales… lo cual, de momento, no era ilegal en Estados Unidos.

Seagraves oyó que terminaba de ducharse. Llamó a la puerta y la abrió. La ayudó a salir de la ducha, le pellizcó el culo desnudo y la besó.

– Te quiero -le susurró ella al oído.

– Es decir, quieres mi dinero -replicó él.

– También -admitió ella, y bajó la mano hasta la entrepierna de Seagraves.

– Uno por noche -dijo-. Ya no tengo dieciocho años.

Ella le acarició los hombros musculosos.

– A mí no me engañas, cielo.

– La próxima vez -dijo Seagraves y le dio una palmada en el trasero.

– Sé duro conmigo -le susurró al oído-, que me duela.

– No sé hacerlo de otra manera.

Ella lo empujó contra la pared, con los pechos húmedos le mojó la camiseta, y le tiró del pelo mientras trataba de meterle la lengua hasta la garganta.

– ¡Joder, estás como un tren!

– Eso dicen.

Seagraves intentó zafarse, pero no pudo.

– ¿La transferencia se hará según lo previsto? -le preguntó entre lametón y lametón.

– En cuanto reciba mi parte, recibirás la tuya, cariño. -Esta vez, ella lo soltó después de que él le hubiera dado otra palmada en el trasero y le hubiera dejado una marca roja en la otra nalga.

«Sí, lo único que importa es el dinero.»Mientras ella acababa en el baño, Seagraves regresó a la habitación, encendió la luz, cogió el bolso de ella de la mesita de noche y sacó la cámara digital de uno de los bolsillos interiores. Extrajo de la ranura el disco duro de veinte gigas y raspó con la uña una lámina negra que había en la parte posterior del disco de dos centímetros y medio de largo. Observó aquel minúsculo objeto durante unos instantes. Pese a lo reducido de su tamaño, tenía un valor de diez millones de dólares, puede que más, para un ávido comprador de Oriente Medio que no quería que Estados Unidos estuviese al tanto de sus planes de muerte y destrucción para quienes se oponían a él.

La información contenida en aquella joya negra equilibraría la contienda, al menos durante una temporada, hasta que la ASN averiguara que su nuevo sistema de vigilancia se había visto comprometido. Entonces lo cambiarían, Seagraves recibiría otra llamada y él, a su vez, también realizaría otra llamada. Al cabo de varios días iría a otro motel, se tiraría de nuevo a esa mujer, despegaría otra lámina negra e ingresaría otra cifra de ocho dígitos. Repetir los negocios era lo que mejor se le daba. Continuarían haciéndolo hasta que la ASN comenzara a sospechar que el topo estaba cerca. Entonces Seagraves pondría fin a la operación en la ASN, al menos durante una temporada, ya que los burócratas solían ser olvidadizos. Mientras tanto, buscaría otro blanco… y había tantos para escoger.

Pegó en un chicle la lámina que contenía los detalles digitales del programa de vigilancia de la ASN y se lo metió tras los dientes. Luego volvió a la primera habitación a la que había entrado, donde tenía una muda de ropa limpia en el armario. Se duchó, se cambió y se marchó; primero recorrió varias manzanas a pie, luego tomó un autobús y se bajó en un establecimiento de alquiler de coches, se subió a otro coche alquilado y condujo hasta casa.

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