Los coleccionistas [The Collectors - es]
- Автор: Балдаччи Дэвид
- Серия: Camel Club (es) #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los coleccionistas [The Collectors - es]». Краткое содержание книги:
– Lo sé, lo sé, fue una tontería. No fue premeditado. Sólo quería que supiera que no eres como tu viejo, pero no se lo conté a Tony. No soy tan idiota.
– Gracias, Leo, muchísimas gracias, ¡joder!
Colgó y se quedó en el centro de la habitación. Freddy sabía cuál era su apellido y que su padre era Paddy Conroy, el mayor enemigo de Jerry Bagger. Si Jerry daba con Freddy, lo haría hablar, y luego Bagger iría a por ella; Annabelle podía predecir su destino con bastante acierto: Jerry la metería, pedacito a pedacito, en una trituradora de madera.
Annabelle comenzó a preparar la maleta. «Lo siento, Jonathan», pensó.
Cuando Caleb regresó a su apartamento aquella noche, vio que alguien lo esperaba en el aparcamiento.
– Señor Pearl, ¿qué hace aquí?
En esa ocasión, Vincent Pearl no se parecía al profesor Dumbledore, sobre todo porque no llevaba la larga túnica violeta, sino traje, camisa de cuello abierto, zapatos relucientes y el pelo largo y espeso peinado con esmero. Con el traje parecía más delgado que con la túnica.
Caleb, más bien rollizo, se dijo que nunca llevaría túnica. Pearl tenía las gafas medio caídas sobre la nariz mientras lo observaba en silencio con una expresión tan condescendiente que el bibliotecario comenzó a inquietarse.
– ¿Y bien? -le preguntó Caleb.
– No me ha devuelto las llamadas -dijo Pearl con voz grave y ofendida-. Creí que mi presencia le ayudaría a recordar mi interés en el Libro de los Salmos.
– Ya veo.
Pearl miró a su alrededor.
– Un aparcamiento no me parece el lugar más apropiado para hablar sobre uno de los libros más importantes del mundo.
Caleb suspiró.
– De acuerdo, vayamos a mi apartamento.
Subieron en el ascensor hasta la planta de Caleb. Los dos se sentaron, el uno frente al otro, en el pequeño salón.
– Temía que hubiera decidido ir directamente a Sotheby's o Christie's con el Libro de los Salmos.
– No, qué va. Ni siquiera he vuelto a la casa desde que estuvimos allí la última vez. No lo he llamado porque todavía me lo estoy pensando.
Pearl parecía aliviado.
– Nos convendría comprobar la autenticidad del libro. Conozco varias empresas de reputación intachable que podrían hacerlo. No veo motivo alguno para esperar.
– Bueno -dijo Caleb en tono vacilante.
– Cuanto más retrase la operación, menos control tendrá sobre el hecho de que la gente sepa de la existencia del duodécimo Libro de los Salmos.
– ¿A qué se refiere? -preguntó Caleb, inclinándose hacia delante.
– Creo que no es consciente de la importancia de este descubrimiento, Shaw.
– Todo lo contrario, soy perfectamente consciente.
– Me refiero a que podría haber filtraciones.
– ¿Cómo? No se lo he contado a nadie.
– ¿A sus amigos?
– Son de fiar.
– Entiendo, pero me perdonará si no comparto su confianza. Si se produjera una filtración, la gente empezaría a lanzar acusaciones. La reputación de Jonathan se vería empañada.
– ¿Qué clase de acusaciones?
– ¡Oh, santo cielo!, se lo diré con claridad: que el libro es robado.
Caleb recordó su propia teoría de que el ejemplar de la biblioteca era una falsificación.
– ¿Robado? ¿Quién se lo creería?
Pearl respiró hondo.
– En la larga historia del coleccionismo de libros, ninguno de los propietarios de ese tesoro lo ha mantenido en secreto. Hasta ahora.
– ¿Y por eso cree que Jonathan lo robó? ¡Ridículo! Tenía tanto de ladrón como yo. -«Ojalá no me equivoque», pensó.
– Pero tal vez se lo comprara a alguien que lo había robado, puede que sin querer, puede que no. Al menos, es posible que lo sospechase, de ahí el secretismo.
– ¿Y de dónde robaron el libro, para ser exactos? Dijo que se había puesto en contacto con los otros propietarios.
– ¿Qué demonios esperaba que dijeran? -espetó Pearl-. ¿Cree que admitirían que su ejemplar era robado? Quizá no lo sepan. ¿Y si sustituyeron el original con una falsificación perfecta? Tampoco es que comprueben sus ejemplares a diario para asegurarse de su autenticidad. -Se calló y añadió-: ¿Encontró la documentación relativa al libro? ¿Un contrato de compraventa? ¿Algo que demostrase su procedencia?
– No -reconoció Caleb desanimado-, pero tampoco he repasado los documentos personales de Jonathan. Mi trabajo se limita a la colección de libros.
– No, su trabajo se amplía a cualquier prueba relativa a la propiedad de sus libros. ¿Cree que Christie's o Sotheby's subastarán un Libro de los Salmos sin estar completamente seguros de la autenticidad del libro ni de la fe pública bajo la cual se venderá el libro?
Era plenamente consciente de que querrían saber eso.
– Pues bien, Shaw, si estuviera en su lugar me pondría manos a la obra para encontrar las pruebas pertinentes. Si no las encuentra, la impresión general será que Jonathan consiguió el libro por cauces no verificables. En el mundo de los libros raros, eso equivale a decir que lo robó o que, a sabiendas, se lo compró a alguien que lo había robado.
– Supongo que, si lo pido, sus abogados me permitirían rebuscar entre sus documentos. O quizá lo harían ellos mismos si les dijera lo que tienen que buscar.
– Si hace eso, querrán saber por qué. Cuando les explique el motivo, le aseguro que ya no será dueño de la situación.
– ¿Cree que debería hacerlo yo mismo?
– ¡Sí! Usted es su albacea literario, actúe como tal.
– Preferiría que no me hablara así -repuso Caleb, enojado.
– ¿Cobra un porcentaje del precio de la venta de la subasta?
– No tengo por qué responder a eso -replicó Caleb.
– Lo interpretaré como un «sí». Si trata de subastar ese ejemplar sin poseer pruebas irrefutables de que DeHaven lo obtuvo de forma honesta y luego se descubre que no fue así, su reputación no será la única que se verá manchada, ¿no cree? Cuando hay mucho dinero en juego, la gente siempre supone lo peor.
Caleb no replicó mientras asimilaba esa información. Aunque los comentarios de Pearl le repugnaban, tenía razón. Le desolaba que la reputación de su difunto amigo naufragase, pero Caleb no quería que aquello le arrastrase hasta el fondo del océano.
– Supongo que podría repasar los documentos de Jonathan. -Sabía que Oliver y los otros ya habían rebuscado en la casa, pero no habían tratado de encontrar los documentos de propiedad de la colección de libros.
– ¿Irá allí esta noche?
– Es muy tarde. -Además, le había dado la llave a Reuben.
– Entonces ¿mañana?
– Sí, mañana.
– Perfecto. Comuníqueme lo que encuentre. O lo que no encuentre.
Cuando Pearl se hubo marchado, Caleb se sirvió una copa de jerez y se la bebió mientras comía unas patatas fritas grasientas, uno de sus aperitivos favoritos. Se sentía demasiado presionado para pensar en la dieta. Mientras se tomaba el jerez, recorrió con la mirada la pequeña colección de libros que tenía en los estantes del estudio.
«Quién me iba a decir que coleccionar libros sería tan complicado, joder?», pensó.
Capítulo 42
A primera hora de la mañana siguiente, Reuben informó a Stone de que durante la noche no había sucedido nada; la noche anterior el informe había sido el mismo.
– ¿Nada? -preguntó Stone con escepticismo.
– No hubo acción en el dormitorio, si es que te refieres a eso. Behan y su esposa llegaron a casa a medianoche. Al parecer, no usan ese dormitorio porque la luz nunca se enciende. Quizás está reservado para las mujeres que hacen striptease.
– ¿Viste algo más? ¿La camioneta blanca, por ejemplo?
– No, y creo que entré y salí de la casa sin que nadie me viera. Hay un seto de tres metros de altura que tapa la zona de atrás. Hay una alarma en la puerta trasera, así que no tuve problemas.