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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Había notado la añoranza en la voz de Ser Jorah cuando hablaba de su Isla del Oso. «A mí no podrá tenerme, pero algún día le devolveré su hogar y su honor. Eso sí se lo puedo dar.»

No hubo espíritus que turbaran su descanso aquella noche. Soñó con Drogo y con la primera vez que habían montado a caballo juntos, la noche en que se casaron. Sólo que en el sueño no iban a lomos de caballos, sino de dragones.

A la mañana siguiente hizo llamar a sus jinetes de sangre.

—Sangre de mi sangre —dijo a los tres—. Necesito de vosotros. Escoged cada uno tres caballos, los más sanos y fuertes de los que nos quedan. Cargad con tanta agua y alimentos como podáis llevar en vuestras monturas, y partid en mi nombre. Aggo irá hacia el sudoeste, y Rakharo hacia el sur. Jhogo, tú seguirás al shierak qiya hacia el sudeste.

—¿Qué deseas que busquemos, khaleesi? —preguntó Jhogo.

—Lo que haya —respondió Dany—. Buscad otras ciudades, vivas o muertas. Buscad caravanas, personas. Buscad ríos, lagos y el gran mar de sal. Averiguad cuánto erial nos queda por delante y qué hay al otro lado. Cuando partamos de aquí no quiero ir a ciegas de nuevo. Sabré hacia dónde vamos y cómo será el camino.

De modo que partieron entre el suave tintineo de las campanillas de sus cabelleras, mientras Dany se establecía junto con su pequeño grupo de supervivientes en el lugar que dieron en llamar Vaes Tolorro, la Ciudad de los Huesos. Amaneció un día, y otro, y otro. Las mujeres recogían frutas en los jardines de los muertos. Los hombres se ocupaban de sus monturas, arreglaban las sillas, los estribos, las herraduras. Los niños correteaban por los callejones tortuosos y encontraban antiguas monedas de bronce, trocitos de cristal púrpura y vasijas de piedra con asas en forma de serpientes. Una mujer sufrió la picadura de un escorpión, pero sólo ella murió. Los caballos empezaron a engordar. Dany se ocupó en persona de la herida de Ser Jorah, que así comenzó a curarse.

El primero en regresar fue Rakharo. Dijo que, hacia el sur, el erial rojo se extendía hasta terminar en una orilla yerma, junto al agua envenenada. Hasta llegar allí no había visto más que arena, rocas erosionadas por el viento y plantas erizadas de agudas espinas. Juraba que había visto la osamenta de un dragón, tan inmensa que pudo pasar a caballo a través de las enormes mandíbulas negras. Aparte de eso, nada.

Dany lo puso al mando de una docena de los hombres más fuertes y les encargó que levantaran la plaza hasta llegar a la tierra que había abajo. Si entre las piedras del pavimento podía crecer la gramilla, también crecerían otras hierbas si retiraban la piedra. Había pozos suficientes, no les faltaba agua. Con semillas, podrían hacer florecer toda la plaza.

Aggo fue el siguiente. Aseguraba que el sudoeste era un erial yermo. Había encontrado las ruinas de otras dos ciudades, más pequeñas que Vaes Tolorro, pero por lo demás muy semejantes. Una estaba guardada por un cerco de cráneos clavados en lanzas de hierro oxidadas, de modo que no se atrevió a entrar, pero exploró la segunda tanto como pudo. Le mostró a Dany un brazalete de hierro que había encontrado, adornado con un ópalo sin tallar del tamaño del pulgar de la muchacha. También había visto pergaminos, pero estaban secos y quebradizos, y Aggo no los cogió.

Dany le dio las gracias y le encomendó la misión de reparar las puertas. Si en el pasado el enemigo había cruzado el desierto para destruir aquellas ciudades, podía volver de nuevo.

—Y si es así, quiero que estemos preparados —declaró.

Jhogo estuvo ausente tanto tiempo que Dany temió que hubiera muerto, pero por fin, cuando casi había perdido la esperanza, llegó cabalgando procedente del sudeste. Uno de los guardias que Aggo había apostado fue el primero en avistarlo, y Dany corrió a la muralla para verlo. Era verdad. Jhogo se acercaba, pero no viajaba solo. Tras él iban tres desconocidos de atuendos extravagantes, a lomos de unas feas criaturas gibosas más grandes que ningún caballo.

Tiró de las riendas al llegar ante las puertas de la ciudad y alzó la vista hacia Dany, en la muralla.

—¡Sangre de mi sangre! —gritó Jhogo—. He estado en la gran ciudad de Qarth, y he vuelto con tres hombres que querían verte con sus propios ojos.

—Aquí estoy. —Dany escudriñó a los desconocidos—. Miradme, si es lo que queréis… pero antes decidme vuestros nombres.

—Soy Pyat Pree, el gran brujo —dijo el hombre pálido de los labios azules en un dothraki gutural.

—Soy Xaro Xhoan Daxos de los Trece, príncipe mercader de Qarth —dijo el hombre calvo con la nariz enjoyada en el valyrio de las Ciudades Libres.

—Soy Quaithe de la Sombra —dijo la mujer de la máscara lacada en la lengua común de los Siete Reinos—. Hemos venido en busca de dragones.

—No busquéis más —les respondió Daenerys Targaryen—. Los habéis encontrado.

JON

Según los viejos mapas de Sam, la aldea se llamaba Arbolblanco. A Jon no le parecía ni que fuera una aldea. Cuatro casas ruinosas de una estancia cada una, edificadas con piedras sin cementar, y al lado un redil vacío y un pozo. El tejado de las casas era de hierba, y en vez de postigos en las ventanas había pieles andrajosas. Y sobre ellas, se cernían las ramas blancas y las hojas color rojo oscuro de un arciano de proporciones monstruosas.

Era el árbol más grande que Jon Nieve había visto jamás, el tronco tenía casi dos metros y medio de ancho, y las ramas eran tan largas y abundantes que la aldea entera quedaba a su sombra. Pero el tamaño no era tan inquietante como la cara… sobre todo la boca, que no era un simple tajo, sino un hueco mellado en el que habría cabido una oveja.

«Pero esos huesos no son de oveja. Y lo que hay entre las cenizas no es un cráneo de oveja.»

—Un árbol muy viejo —comentó Mormont desde su caballo, con el ceño fruncido.

Viejo —asintió el cuervo posado en su hombro—. Viejo, viejo, viejo.

—Y poderoso. —Jon percibía claramente su poder.

Thoren Smallwood, con su negra coraza y su cota oscura de malla, descabalgó junto al árbol.

—Mirad qué cara. No me extraña que los hombres le tuvieran miedo cuando llegaron a Poniente. Me encantaría clavarle una buena hacha.

—Mi señor padre decía que delante de un árbol corazón no es posible mentir —dijo Jon—. Los antiguos dioses saben cuándo mienten los hombres.

—Lo mismo creía mi padre —dijo el Viejo Oso—. Quiero ver de cerca ese cráneo.

Jon desmontó. Llevaba cruzada a la espalda la funda de cuero negro de Garra, la espada de doble filo que el Viejo Oso le había entregado cuando le salvó la vida. Se podía blandir con una mano o con las dos, y en algunos sitios llamaban a aquellas armas «espadas bastardas». «Una espada bastarda para un bastardo», bromeaban sus compañeros. El puño se lo habían hecho nuevo para él, con un pomo en forma de cabeza de lobo de piedra blanca, pero la hoja era de acero valyrio, antigua, ligera y con un filo letal.

Se arrodilló e introdujo la mano enguantada en las fauces. El interior del hueco estaba rojo de savia seca y ennegrecido por el fuego. Debajo del cráneo vio otro más pequeño sin mandíbula. Estaba medio enterrado en cenizas y fragmentos de hueso.

Llevó el cráneo a Mormont, y el Viejo Oso lo cogió entre ambas manos y examinó las cuencas vacías.

—Los salvajes queman a sus muertos. Eso siempre lo hemos sabido. Ojalá les hubiéramos preguntado por qué cuando aún había a quién preguntárselo.

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