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Choque de reyes [A Clash of Kings - es]

Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:

Un cometa del color de la sangre hiende el cielo cargado de malos augurios. Y hay razones sobradas para pensar así: los Siete Reinos se ven sacudidos por las luchas intestinas entre los nobles por la sucesión al Trono de Hierro. En la otra orilla del océano, la princesa Daenerys Targaryen conduce a su pueblo de jinetes salvajes a través del desierto. Y en los páramos helados del Norte, más allá del Muro, un ejército implacable avanza impune hacia un territorio asolado por el caos y las guerras fraticidas.
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
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Mientras cabalgaba, Jon se quitó el guante para que le diera el aire en los dedos quemados. «Están horribles.» De repente lo asaltó el recuerdo de cómo solía revolverle el pelo a Arya. Su flaca hermanita. Se preguntaba cómo estaría la niña y lo invadió la tristeza al pensar que tal vez no volviera a revolverle el pelo. Flexionó la mano, abriendo y cerrando los dedos. Sabía muy bien que si dejaba que la mano de la espada se le pusiera rígida y torpe, podía suponer su final. Al otro lado del Muro hacía falta una espada.

Encontró a Samwell Tarly con los otros mayordomos, abrevando a los caballos. Tenía tres a su cargo: su montura y dos caballos de carga, cada uno de los cuales llevaba una gran jaula de mimbre y alambre llena de cuervos. Al sentir que Jon se aproximaba los pájaros batieron las alas y empezaron a chillar. Algunos de los graznidos tenían un sospechoso parecido con palabras.

—¿Les has estado enseñando a hablar? —preguntó a Sam.

—Un poco. Hay tres que ya saben decir «nieve».

—Ya me parecía demasiado que hubiera uno que graznara mi nombre —replicó Jon—. Y la nieve no es lo mejor que se puede encontrar un hermano negro.

En el norte, la nieve y la muerte a menudo llegaban juntas.

—¿Había algo en Arbolblanco?

—Huesos, cenizas y casas vacías. —Jon tendió a Sam el rollo de pergamino—. El Viejo Oso quiere enviar un mensaje a Aemon.

Sam sacó un pájaro de una de las jaulas, le acarició las plumas y le ató el mensaje.

—Vuela a casa, valiente —le dijo—. A casa. —El cuervo le graznó algo ininteligible y Sam lo lanzó al aire. El pájaro batió las alas y se perdió entre los árboles—. Ojalá pudiera llevarme a mí.

—¿Todavía…?

—Bueno —suspiró Sam—, sí, pero no tengo tanto miedo como al principio, de verdad. La primera noche, cada vez que alguien se levantaba a orinar pensaba que eran los salvajes que venían a cortarme la garganta. Me daba pánico cerrar los ojos por si no volvía a abrirlos. Pero bueno… al final llegó el amanecer. —Consiguió esbozar una sonrisa desvaída—. Soy cobarde, pero no idiota. Estoy magullado, me duele la espalda de tanto cabalgar y de dormir en el suelo, pero ya casi no tengo miedo. Mira. —Extendió una mano para que Jon viera que no le temblaba—. He estado trabajando en mis mapas.

«Qué extraño es el mundo», pensó Jon. Del Muro habían partido doscientos valientes, y el único que no tenía cada vez más miedo era Sam, el cobarde confeso.

—A este paso aún vamos a hacer de ti un explorador —bromeó—. No, si al final querrás ser oteador como Grenn. ¿Quieres que se lo diga al Viejo Oso?

—¡Ni se te ocurra! —Sam se subió la capucha de la enorme capa negra y montó torpemente a lomos de su caballo. Era un caballo de labranza, grandote, lento y torpe, pero que podía cargar con su peso mejor que las monturas más pequeñas de los exploradores—. Tenía la esperanza de que nos quedáramos a pasar la noche en la aldea. Habría estado bien volver a dormir bajo techo.

—Pocos techos para tantos hombres. —Jon montó de nuevo, sonrió a Sam en gesto de despedida y se alejó a caballo. La columna ya se había puesto en marcha, de modo que rodeó la aldea para evitar el atasco. Ya estaba harto de Arbolblanco.

Fantasma apareció entre los arbustos de manera tan repentina que su caballo se asustó y se encabritó. El lobo blanco se alejaba mucho de la columna para cazar, pero no parecía tener más suerte que los cazadores que Smallwood enviaba en busca de piezas. Los bosques estaban tan desiertos como las aldeas, según le había comentado Dywen una noche junto a la hoguera.

—Somos un grupo muy grande —había señalado Jon—. Seguro que hemos asustado a los animales con todo el ruido que hacemos.

—De que se han asustado de algo, no me cabe duda —había contestado Dywen.

Una vez el caballo se calmó, Fantasma trotó a su lado sin problemas. Jon alcanzó a Mormont mientras rodeaba un arbusto espinoso.

—¿Ha enviado el pájaro? —preguntó el Viejo Oso.

—Sí, mi señor. Sam les está enseñando a hablar.

—Ya se arrepentirá. —El Viejo Oso soltó una carcajada burlona—. Los condenados bichos hacen mucho ruido y no dicen nada que valga la pena.

Cabalgaron en silencio. Al final Jon lo rompió.

—Si mi tío descubrió que todas estas aldeas estaban desiertas…

— Habría querido averiguar por qué —terminó Lord Mormont en su lugar—. Y puede que algo o alguien no quisiera que lo averiguase. Bueno, cuando Qhorin se reúna con nosotros seremos trescientos. Si algún enemigo nos espera, no le resultará fácil enfrentarse a nosotros. Los encontraremos, Jon, te lo prometo.

«O ellos nos encontrarán a nosotros», pensó Jon.

ARYA

El río era una cinta verde azulada que brillaba bajo el sol de la mañana. En las aguas bajas de las orillas crecían juncos abundantes, y Arya vio una culebra de agua que zigzagueaba bajo la superficie, dejando a su paso una estela de ondas. Sobre ellos, un halcón volaba dibujando lentos círculos.

Parecía un lugar muy tranquilo… hasta que Koss divisó el cadáver.

—Ahí, entre los juncos.

Señaló con el dedo, y Arya lo vio. Era el cuerpo de un soldado, informe e hinchado. La embarrada capa verde se le había quedado enganchada a un tronco podrido, y un banco de pececillos plateados le estaba mordisqueando el rostro.

—Ya os dije que había muertos —proclamó Lommy—. Se notaba el sabor en el agua.

Al ver el cadáver, Yoren escupió.

—Dobber, ve a ver si lleva algo que valga la pena. La cota de malla, el cuchillo, alguna moneda, lo que sea. —Picó espuelas a su capón para adentrarse en el río, pero el caballo se debatía contra el lodazal, y más allá de los juncos las aguas eran más profundas. Furioso, con el caballo cubierto de limo hasta las rodillas, Yoren tuvo que retroceder—. Por aquí no se puede cruzar. Koss, vendrás conmigo río arriba, vamos a buscar un vado. Gerren, tú ve río abajo. Los demás esperadnos aquí. Poned un guardia.

Dobber encontró una bolsita de cuero colgada del cinturón del cadáver. Dentro había cuatro monedas de cobre y un mechón de cabello rubio atado con una cinta roja. Lommy y Tarber se desnudaron y chapotearon en el agua. Lommy cogió puñados de lodo y se los tiró a Pastel Caliente al grito de «¡Pastel de Barro! ¡Pastel de Barro!». En la parte trasera de su carromato, Rorge les lanzaba maldiciones y amenazas, y les ordenaba que lo desencadenaran ahora que no estaba Yoren, pero nadie le prestó atención. Kurz atrapó un pez con las manos. Arya se fijó en cómo lo hacía, situándose en aguas bajas, tranquilo como las aguas en calma, moviendo la mano rápida como una serpiente cuando se le acercaba un pez. No parecía tan difícil como atrapar gatos. Los peces no tenían zarpas.

Ya era mediodía cuando regresaron los demás. Woth informó sobre un puente de madera a un kilómetro río abajo, pero lo habían quemado. Yoren sacó una hojamarga del fardo.

—Con suerte podríamos hacer nadar a los caballos, tal vez hasta a los burros, pero no hay manera de cruzar con los carromatos. Y al norte y al oeste hay humo, más incendios, quizá nos interese seguir a este lado del río. —Cogió un palo y dibujó en el barro un círculo del que salía una línea—. Esto es el Ojo de Dioses, con el río que corre hacia el sur. Nosotros estamos aquí. —Hizo un agujero junto a la línea del río, bajo el círculo—. No podemos dar un rodeo por la orilla oeste del lago, como había pensado. Por el este volveríamos al camino real. —Movió el palo hasta el punto donde la línea cortaba el círculo—. Por lo que recuerdo, aquí hay una ciudad. La fortaleza es de piedra, el asentamiento de un señor menor. Apenas un torreón, pero tendrán un guardia, y quizá uno o dos caballeros. Si seguimos el río hacia el norte llegaremos antes de que anochezca. Tendrán barcos, así que venderé todo lo que tengamos para contratar uno. —Recorrió con el palo el círculo que representaba el lago, de arriba abajo—. Con la ayuda de los dioses tendremos vientos favorables y cruzaremos el Ojo de Dioses hasta Harrentown. —Clavó la punta en la parte superior del círculo—. Aquí podremos comprar nuevas monturas, o refugiarnos en Harrenhal. Son los dominios de Lady Whent, que siempre ha sido amiga de la Guardia.

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