Choque de reyes [A Clash of Kings - es]
- Автор: Мартин Джордж Рэймонд Ричард
- Год: 2003
- Язык: испанский
- Год: Gigamesh
- ISBN: 84-932-7022-9
- Переводчик: Cristina Macia
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «Choque de reyes [A Clash of Kings - es]». Краткое содержание книги:
George R.R. Martin, con pulso firme y enérgico, nos deleita con un brillante despliegue de personajes, engranando una trama rica, densa y sorprendente. Nos vuelve testigos de luchas fraticidas, intrigas y traiciones palaciegas en una tierra maldita por la guerra, donde fuerzas ocultas se alzan de nuevo y acechan para reinar en las noches del largo invierno que se avecina.
—Pero en Harrenhal hay fantasmas… —dijo Pastel Caliente con los ojos abiertos de par en par.
Yoren escupió.
—Eso para tus fantasmas. —Tiró el palo al barro—. Todos a caballo.
Arya recordaba las historias que la Vieja Tata solía contarles sobre Harrenhal. El malvado rey Harren se había hecho fuerte entre sus muros, de manera que Aegon atacó con sus dragones y transformó el castillo entero en una pira. Según la Tata, los espíritus en llamas seguían hechizando los torreones ennegrecidos. Algunas veces los hombres se acostaban en sus lechos, y por la mañana los encontraban muertos, quemados. En realidad Arya no se creía nada de aquello, y además eran cosas que habían pasado hacía mucho tiempo. Pastel Caliente era tonto: en Harrenhal no habría fantasmas, habría caballeros. Arya podría decirles quién era de verdad, y los caballeros la llevarían a su casa y cuidarían de ella. Para eso estaban los caballeros, para cuidar de la gente, sobre todo de las mujeres. A lo mejor Lady Whent ayudaba también a la niña llorona.
El sendero del río no era el camino real, pero no estaba tan mal, y para variar los carromatos podían rodar sin problemas. Divisaron la primera casa una hora antes del ocaso. Era una edificación pequeña, acogedora, con techo de paja y rodeada de trigales. Yoren se adelantó y saludó a gritos, pero no obtuvo respuesta.
—Puede que estén muertos. O que se escondan. Dobber, Rey, venid conmigo. —Los tres hombres entraron en la casa—. Se han llevado todos los cacharros, no hay ni una moneda —murmuró Yoren cuando volvieron—. Tampoco hay animales, seguro que se han escapado. Quizá nos los encontráramos en el camino real.
Al menos la casa y los campos no estaban quemados, y no había cadáveres. Tarber encontró en la parte de atrás un huerto; recogieron rábanos y cebollas, y llenaron un saco con coles antes de partir.
Un poco más adelante vieron la cabaña de un guardabosques, rodeada de árboles viejos y troncos en montones ordenados preparados para hacerlos leña, y poco más allá una choza desvencijada en el río, elevada sobre soportes de madera. Ambas estaban desiertas. Pasaron junto a más campos sembrados, en los que el trigo, el maíz y la cebada maduraban al sol, pero no había hombres apostados en los árboles, ni vigilando los linderos armados con guadañas. Por último avistaron la ciudad: consistía en un puñado de casas blancas que se alzaban en torno a las paredes de la fortaleza, un gran sept con tejado de madera, el torreón del señor sobre un pequeño altozano al oeste… y ni rastro de seres humanos.
Yoren, a caballo, miraba aquello con el ceño fruncido.
—Esto no me gusta —dijo—. Pero aquí estamos. Iremos a echar un vistazo. Con mucho cuidado. Puede que los habitantes estén escondidos. O quizá se dejaran atrás algún barco, o armas que nos podrían ser útiles.
El hermano negro eligió a diez para que se quedaran guardando los carromatos y a la niña llorona, y dividió a los demás en cuatro grupos de cinco miembros cada uno, para registrar la ciudad.
—Estad bien atentos —les advirtió antes de dirigirse hacia la torre para ver si había algún rastro del señor o de sus guardias.
Arya formaba equipo con Gendry, Pastel Caliente y Lommy. Woth, achaparrado y barrigón, había trabajado una vez de remero en una galera, así que era lo más parecido a un marinero que tenían. Por tanto, Yoren les encargó bajar con él hasta el lago para ver si encontraban algún barco. Mientras cabalgaban entre las silenciosas casas blancas, a Arya se le puso la piel de gallina en los brazos. Aquella ciudad desierta la asustaba casi más que la fortaleza quemada donde habían encontrado a la niña llorosa y a la mujer manca. ¿Por qué había huido la gente, dejando atrás sus hogares y sus campos? ¿Qué los había asustado tanto?
El sol se estaba poniendo por el oeste, y las casas proyectaban largas sombras oscuras. Un ruido repentino hizo que Arya hiciera ademán de desenvainar a Aguja, pero sólo era un postigo que el viento sacudía. Tras viajar por los espacios abiertos del río, la estrechez de la ciudad le ponía los nervios de punta.
Cuando divisó el lago, más allá de las casas y los árboles, Arya azuzó al caballo con las rodillas y pasó al galope junto a Woth y a Gendry. Salió a la extensión de hierba que había junto a la orilla pedregosa. El sol poniente hacía que la superficie tranquila de las aguas brillara como una lámina de cobre batido. Era el lago más grande que había visto en su vida, no se divisaba la otra orilla. A la izquierda había una posada de forma irregular, edificada en el mismo lago sobre grandes pilares de madera. A su derecha, un largo atracadero se adentraba en el lago, y más hacia el este se veían otros muelles, como si la ciudad extendiera sus dedos de madera. Pero el único barco a la vista era un bote de remos volcado en las rocas, bajo la posada, con el fondo completamente podrido.
—Se los han llevado —dijo Arya, desmoralizada. ¿Qué iban a hacer?
—Hay una posada —dijo Lommy a los demás cuando los alcanzaron—. ¿Creéis que habrán dejado algo de comida? ¿O cerveza?
—Vamos a ver —sugirió Pastel Caliente.
—Dejaos de posadas —gruñó Woth—. Yoren nos ha dicho que buscáramos un barco.
—Se han llevado los barcos.
Arya estaba segura, sin saber bien por qué; aunque registraran la ciudad de arriba abajo no encontrarían más que el bote volcado. Abatida, descabalgó y se arrodilló junto al lago. El agua le lamió las piernas. Había unas cuantas luciérnagas de lucecillas parpadeantes. Las aguas verdes eran cálidas como lágrimas, pero no sabían a sal. Sabían a verano, a barro y a cosas creciendo. Arya metió la cabeza para lavarse el polvo, la suciedad y el sudor del viaje. Cuando la levantó de nuevo le corrieron regueros por el cuello y por la espalda. Fue agradable. Le habría gustado poder quitarse la ropa y nadar en las aguas cálidas como una nutria. Quizá podría llegar nadando a Invernalia.
Woth la estaba llamando a gritos para que colaborase en la búsqueda, de manera que obedeció y registró los cobertizos para guardar los botes mientras su caballo pastaba en la orilla. Encontraron unas cuantas velas, algunos clavos, cubos de brea endurecida y una gata con una camada de gatitos recién nacidos. Pero ni rastro de embarcaciones.
Cuando Yoren y los demás reaparecieron, la ciudad estaba ya tan oscura como un bosque cualquiera.
—La torre está desierta —dijo—. El señor se ha marchado, puede que a luchar, o tal vez a poner a salvo a los suyos, quién sabe. No hay ni un caballo ni un cerdo en toda la ciudad, pero algo comeremos. He visto un ganso suelto, también unos cuantos pollos, y en el Ojo de Dioses hay pescado abundante.
—También se llevaron las embarcaciones —informó Arya.
—Podríamos arreglar el fondo de aquel bote de remos —dijo Koss.
—Sólo cabríamos cuatro —dijo Yoren.
—Hay clavos —señaló Lommy—. Y árboles por todas partes. Podríamos construir barcos.
—¿Y tú sabes construir barcos, hijo de tintorero? —Yoren escupió.
Lommy lo miró sin expresión.
—Pues una balsa —sugirió Gendry—. Una balsa la construye cualquiera, y buscaríamos pértigas para guiarla.
—El lago es demasiado profundo para atravesarlo con pértigas —dijo Yoren después de quedarse un rato pensativo—, pero si nos quedáramos en las aguas bajas de la orilla… Aunque tendríamos que abandonar los carromatos. Puede que fuera lo mejor. Lo pensaré esta noche.