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Al final del invierno [At Winter's End - es]

Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:

Tras miles de años, el Largo Invierno producido en la Tierra por el bombardeo de cometas que causaron las estrellas de la muerte llegó a su fin. Los que salieron del capullo para enfrentarse a los peligros del mundo exterior en busca de la Nueva Primavera se llamaban a si mismos humanos... Su destino era la creación de un nuevo mundo.
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Registró la ciudad hasta sus confines, y no encontró seres humanos. Recorrió una plaza tras otra, todas las avenidas, cada taberna del puerto y cada villa marmórea al pie de las colinas. Los buscó, esperando vislumbrar el pelaje oscuro y tupido, los brillantes ojos alertas, los órganos sensitivos orgullosamente erectos. Pero nada. Ni uno. Era como si la humanidad fuera una completa desconocida para esta antigua Vengiboneeza de la gran era.

Pero durante el recorrido, aquí y allá, Hresh encontraba otras criaturas de una especie que le resultaba familiar: seres curiosos y frágiles dispersos por la gran ciudad, diseminados en grupos de dos o tres como piedras preciosas sobre una playa arenosa. Eran altos y esbeltos, y caminaban erguidos como el Pueblo. Sus cráneos mostraban una cúpula pronunciada. Los labios eran delgados. La piel, clara y sin vello. Los ojos brillaban con un matiz violeta y misterioso. Y de ellos surgía el aura de un gran poder y una inmensa antigüedad, arraigados en una seguridad tan firme que sobrecogía. Aplastaba en su fuerza complaciente.

Hresh ya había visto a estas criaturas al comenzar su periplo a través de los tiempos, talladas sobre los muros de la caverna subterránea. Y en el capullo también había visto a otro: era la criatura enigmática y durmiente que había existido entre el Pueblo durante tanto tiempo sin siquiera incorporarse a la vida tribal. Eran sueñasueños. Haniman, muy inocentemente, al verlos entre las estatuas de la caverna había preguntado si no serían uno de los seis Pueblos, y Hresh había respondido que no, que debían ser una especie procedente de otra estrella. Pero ahora empezaba a dudarlo. Ahora la atroz sospecha de la verdad comenzaba a incubarse en su mente y a crecer allí.

Les vio moverse por la ciudad en silencio, como criaturas lejanas y misteriosas, como reyes, como dioses. Casi parecían flotar por encima del suelo. Entonces llegó a un edificio que reconoció: la estructura oscura y plana, de paredes gruesas, a la cual había llamado la Ciudadela. La construcción que no tenía ventanas y que se extendía rígida en sombría majestad sobre la gran colina. La que él había visto en su propia época tenía el mismo aspecto que ésta. Allí encontró docenas de estos seres yendo y viniendo, como si fuera su hospedaje particular, o tal vez su palacio. No repararon en él. Observó como se acercaban al edificio de uno en uno y pasaban los dedos sobre las paredes para atravesarlas como si sólo fueran una niebla insustancial. Para salir se movían del mismo modo.

Dirigió la mente hacia ellos y penetró en el resplandor de sus auras brillantes, se hundió en el manto de sombras que les cubría el alma.

Y percibió su ser interior, y supo cuál era su naturaleza. Y el conocimiento de ésta le azotó con una fuerza tal que fue a parar al suelo de un golpe. Cayó de rodillas como si una gigantesca mano le hubiera empujado por la espalda.

Una vez más, Hresh oyó el tono burlón de los ojos-de-zafiro artificiales, que con voz de trueno le espetaban: No sois humanos. Ya no hay humanos aquí Vosotros sois simios, o descendientes de simios. Los humanos se han ido de la Tierra.

¿Era así? Sí. Sin duda.

Ellos eran los seres humanos. Aquellas criaturas de tez clara y piernas largas, sin pelaje. Los sueñasueños. Esos espectros y fantasmas que flotaban sobre la antigua Vengiboneeza.

Tocó sus almas, y supo la verdad, y no hubo forma de cerrar los ojos ante ella.

Percibió la antigüedad de su linaje. Sus orígenes insondables, que se remontaban por los tiempos hasta una época para la cual no tenía medida: millones de años, eternidades. Habían vivido sobre este mundo desde los comienzos, o al menos eso parecía. Sintió que les aplastaba el peso de ese inmenso pasado, la magnitud de su historia escalofriante. Observó sus almas y contempló una vasta procesión de imperios y reinos que habían surgido, caído y vuelto a surgir, el ciclo inmortal e interminable de grandeza, de reyes y reinas, de guerreros, poetas, historiadores. Era un cúmulo de logros tan impresionante que burlaba su comprensión. Sin duda eran dioses ya que, como los dioses, habían creado y luego habían podido apartarse de sus creaciones. Podían permitirse atesorar logros que escapaban a su propia comprensión para dejarlas caer en el olvido, y luego crearlas una vez más y darles la espalda de nuevo, y así cuantas veces quisieran.

Sin duda, pensó Hresh, estos seres deberían ser los verdaderos amos de Vengiboneeza, y no los ojos-de-zafiro, a quienes al principio había atribuido la majestad.

Pero no. Los seres humanos no eran los amos. No necesitaban serlo. Las responsabilidades de la planificación y el gobierno recaían sobre los ojos-de-zafiro; el peso de la labor, sobre los mecánicos; las diversas funciones de intercambio que sostenían la vida en el Gran Mundo, sobre los hjjks, los vegetales y los amos-del-mar. Hresh vio que los humanos se limitaban a existir. Miembros de una antigua especie que declinaba en número, se solazaban al calor de las glorias acumuladas durante inimaginables eras. Este mundo una vez les había pertenecido sólo a ellos, y su mirada revelaba que no habían olvidado esa antigua supremacía y que no lamentaban haberla cedido, ya que se había tratado de una concesión voluntaria. Tal vez ellos mismos habían creado tiempo atrás a los otros cinco pueblos. Y claramente se veía que los demás, incluso los ojos-de-zafiro, los trataban con manifiesta deferencia. Sin duda eran dioses. Sin duda. Cualquiera que tocara la mente de uno de ellos sentiría como si estuviera en contacto con Dawinno o Friit.

Al cabo de un rato, Hresh ya no pudo tolerar permanecer cerca de ellos. Retrocedió como si estuviera ante un fuego flameante y siguió andando, buscando, hallando…

En la ciudad también había otras especies, en número aun mas reducido que los humanos. Eran criaturas extrañas, de muchas razas sorprendentes. De algunas apenas encontró cuatro o cinco representantes; de otras, sólo uno. No se parecían a ningún ser descrito en las crónicas. Hresh vio algunos con dos cabezas y seis patas, y criaturas sin cabeza y con un ejército de brazos. Vio seres con dientes como un millar de agujas dispuestos alrededor de unas bocas circulares que se abrían a la altura del estómago. Vio unos que vivían en tanques sellados y otros que flotaban como burbujas sobre el suelo. Vio unas cosas imponentes que se movían como si fueran un terremoto, y otras livianas y esponjosas cuyo movimiento casi deslumbraba. Todos ellos emanaban el destello inequívoco de la inteligencia, aunque no se trataba de una facultad de este mundo. Las emanaciones de sus almas le inquietaban y perturbaban.

Con el tiempo, Hresh comprendió de quiénes se trataba: eran criaturas espaciales. Visitantes de los mundos que se desplazaban alrededor de esos brillantes y gélidos fuegos nocturnos. En los tiempos del Gran Mundo debieron producirse constantes intercambios de viajeros espaciales entre los mundos del universo. Tal vez alguno de estos extranjeros había traído la Piedra de los Prodigios que le proporcionaba esta visión.

¿Y nosotros? pensó. ¿Y el Pueblo? ¿No estamos en ninguna parte en esta asombrosa Vengiboneeza?

En ninguna parte. No había ni rastro. No estamos aquí.

Resultaba frustrante. Su pueblo estaba totalmente al margen del esplendor y la grandeza del Gran Mundo.

Se esforzó por asimilarlo y comprenderlo. Se dijo que la escena que taba contemplando se desarrollaba en un pasado remoto, mucho antes de que llegaran las estrellas de muerte. Tal vez pueblos enteros habían cobrado vida al que los seres individuales, pensó. Tal vez esta era en la que he venido a caer aún no era la nuestra. Nuestra época todavía no había llegado.

Pero era un consuelo insignificante. La verdad más honda resonaba y se multiplicaba en su alma con un impacto atroz.

Vosotros no sois humanos. Sois simios. O descendientes de simios.

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