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Al final del invierno [At Winter's End - es]

Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:

Tras miles de años, el Largo Invierno producido en la Tierra por el bombardeo de cometas que causaron las estrellas de la muerte llegó a su fin. Los que salieron del capullo para enfrentarse a los peligros del mundo exterior en busca de la Nueva Primavera se llamaban a si mismos humanos... Su destino era la creación de un nuevo mundo.
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El Hombre de Casco se obstinó en su silencio.

— No vamos a estar así todo el día — dijo Harruel disgustado —. ¡Dámelo, Koshmar, y te prometo que en cinco minutos conseguiré que hable!

— No.

— Necesitamos saber por qué está aquí, Koshmar. Supón que es el espía de un ejército que aguarda afuera de la ciudad y planea acabar con nosotros para tomar Vengiboneeza.

— Gracias — replicó Koshmar con acidez —. Es una idea que no se me había ocurrido.

— Bueno, ¿y si lo fuera? Casi seguro que nos traerá problemas. Tenemos que averiguarlo. Y si no nos dice nada, tendremos que matarle.

— ¿Eso crees, Harruel?

— Ahora que ha estado aquí, que lo ha visto todo y sabe lo escasas que son nuestras fuerzas, no podemos permitirle que regrese con su pueblo para darles toda la información.

Koshmar asintió. Esto le había parecido evidente desde el principio, aunque sólo un bruto como Harruel lo hubiera mencionado delante del extraño. Bien, tal vez tuvieran que matarle. La idea no la atraía, pero le matarla sin vacilar si estaba en juego la seguridad de la tribu.

Miles de pensamientos opuestos hostigaban su mente. ¡Extraños! ¡Otra tribu! ¡Una cabecilla rival!

Eso significaba enemigos, conflictos, guerra, muerte.

¿O no? ¿Acaso serían amistosos? A pesar de lo que pensaba Harruel, el conflicto no era algo inevitable. Aunque se asentaran en la ciudad, Vengiboneeza era lo bastante grande para una segunda tribu, sin duda, y podían establecer relaciones amistosas con el Pueblo. Pero se preguntó cómo resultaría eso de ser amigos de una especie distinta… Los dos términos parecían contradictorios: «amigos» y «ajenos a nuestra especie». Diferentes creencias, dioses extraños, costumbres desconocidas…

¿Cómo podía haber otros dioses? Yissou, Dawinno, Emakkís, Friit, Mueri: ésos eran los dioses. Si esta gente tenía dioses distintos, ¿qué sentido tenía el mundo? ¿Y se formarían parejas entre miembros de ambas tribus? ¿Dónde vivirían los hijos? ¿En la tribu de la madre, o en la del padre? ¿O una tribu crecería a expensas de la otra?

Koshmar cerró los ojos un instante, y respiró hondo. Se encontró deseando que sólo fuera un sueño.

Este hombre procedía de un lugar donde debía haber muchos otros como él. Un ejército de extranjeros asentados al otro lado de las montañas. Era muy probable que en aquel momento hubiera por todo el mundo otras tribus que realizaban su Partida a medida que el aire se iba caldeando. Durante toda su vida sólo había conocido un mundo de sesenta personas. Casi le resultaba imposible aceptar que en el exterior pudieran existir seis mil seres desconocidos, todos clamando por un sitio bajo el sol. Pero la realidad bien podría ser ésa.

Alguien llamó a la puerta.

Se alzó la voz de Torlyri, que decía:

— Hresh ha regresado, Koshmar.

— Hazlo pasar.

Hresh parecía extraño: gastado y polvoriento, raído, súbitamente se le veía mucho mayor de su edad cronológica. En los ojos tenía un velo de sombras. Casi le pareció enfermo. Pero al ver al extranjero del casco, la antigua animación retorno al rostro del pequeño. Koshmar casi podía oír las preguntas que debían de estar asomando y bullendo en su mente.

Rápidamente le puso al corriente de la captura y del interrogatorio:

— No conseguimos obtener nada de él. Finge no comprender lo que decimos.

— Finge. ¿Y si realmente no te entendiera?

— ¿Te refieres a que sea una bestia o un ser idiota?

— Me refiero a que tal vez habla en otro idioma.

Koshmar le miró, sorprendida.

— ¿Otro idioma? No sé qué significa eso de «otro idioma.

— Significa… pues… otro idioma — dijo Hresh sin convicción. Sus manos tantearon el aire como si estuviera buscando algo — Nosotros tenemos nuestro idioma, nuestro conjunto de sonidos para transmitir ideas. Imagina que este pueblo empleara un conjunto diferente de sonidos, ¿bien? Donde nosotros decimos «carne», tal vez su pueblo diga «flookh» y acaso «splig»…

— Pero «flookh» y «splig» no significan nada — objetó Koshmar —. ¿Qué sentido tiene…?

— No tienen significado para nosotros — explicó Hresh — Pero bien pueden tenerlo para otros pueblos. No me refiero a estos sonidos en particular. Sólo son un ejemplo, ¿comprendes? Pero tal vez tengan una forma propia de decir «carne», otra para decir «cielo», una para «espada», y así con todo. Palabras diferentes de las nuestras para denominarlo todo.

— Es una locura — saltó Koshmar, irritada — ¿Qué quieres decir con que tienen una palabra para decir «carne»? La carne es la carne. No es flookh, ni splig, sino carne. El cielo es el cielo. Creía que podías sernos de ayuda, Hresh, pero todo lo que haces es confundirme.

— También a mí me resultan extraordinarias estas ideas — dijo el niño. Parecía sumamente cansado, se esforzaba por expresar sus pensamientos. Tanteó el aire con las manos, como si buscara algo.

— Nunca he conocido más lenguaje que el nuestro, ni siquiera había considerado la idea de que pudiese existir otro. Se me ocurrió de repente, al ver al extranjero. Pero piensa, Koshmar: ¿y si los hjjks tuvieran un lenguaje particular, y cada especie tuviera también el suyo, y si cada tribu que ha subsistido al Largo Invierno también lo tuviera…? Hemos permanecido solos mucho tiempo, apartados de los demás durante cientos de miles de años… Tal vez al principio todos hablaban el mismo idioma, pero al cabo de tantos años, de cientos de miles…

— Quizás — admitió Koshmar con inquietud —. Pero, en este caso, ¿cómo nos comunicaremos con este hombre? De algún modo debemos hacerlo. Tenemos que saber si es amigo o enemigo.

— Podríamos intentarlo por medio de la segunda vista — propuso Hresh al cabo de un momento.

Koshmar le miró atónita.

— La segunda vista no puede emplearse entre personas.

— Si, en casos extremos — replicó Hresh, incómodo — Ahora debemos pensar en la seguridad de la tribu. ¿No tendríamos que valernos de todas las facultades a nuestro alcance para descubrir cuanto necesitamos saber?

— Pero es una violación de…

Koshmar se detuvo, sacudiendo la cabeza. Miró hacia Torlyri, que guardaba de pie junto a la puerta.

— ¿Qué dices? Te parece correcto intentar algo semejante?

— Resulta extraño. Pero no veo ningún mal en ello — opinó la mujer de las ofrendas, algo dubitativa, tras reflexionar un momento — No es de nuestra tribu. Nuestras costumbres no tienen por qué aplicarse a ellos. No cometeremos ningún pecado con intentarlo.

— Los dioses nos dieron la segunda vista para ayudarnos allí donde el lenguaje y la visión fallan — aconsejó Hresh a Koshmar —. ¿Cómo iba a molestarles que nos valiéramos de ella en una situación como la presente?

Koshmar permaneció en silencio, reflexionando sobre la cuestión. El extranjero, impasible como siempre, no daba muestras de comprender lo que se discutía. Tal vez era verdad que hablaba un idioma distinto, pensó Koshmar. La idea le producía dolor de cabeza. Le resultaba tan extraña como pensar que alguien pudiese ser hombre un día y mujer al siguiente, o que la lluvia cayera del suelo hacia arriba, o que en un abrir y cerrar de ojos las bendiciones de Yissou le fueran retiradas, o que alguien más fuera nombrada cabecilla en su lugar. Nada de eso era posible. Pero le había tocado vivir una época en la cual abundaban los sucesos extraños, pensó Koshmar, Tal vez era verdad lo que había dicho Hresh: que estaban ante un ser que hablaba con otras palabras, si es que hablaba…

Al cabo de un rato se volvió hacia Hresh y dijo bruscamente:

— Muy bien. Tú eres el experto en lenguajes aquí. Proyecta tu segunda vista sobre él y descubre quién es y que anda buscando.

Hresh dio un paso hacia delante y se enfrentó al extraño del casco.

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