Al final del invierno [At Winter's End - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Серия: Nueva primavera #1
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-1415-5
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:
Pero Koshmar estaba preocupada, y su angustia se agravaba de día en día.
En un sector en ruinas de la ciudad había hallado un rincón íntimo, al cual llamaba su capilla y que mantenía en secreto. Su reserva era tal que ni siquiera Torlyri sabía de él. Allí iba cuando se sentía inquieta y necesitaba el consejo especial de los dioses o de las antiguas cabecillas. Era el equivalente de su piedra negra en el muro de la cámara central del capullo.
Al principio, la capilla sólo había significado para ella una diversión, una especie de distracción en la cual se refugiaba a intervalos muy espaciados y que olvidaba durante semanas. Pero últimamente Koshmar se sentía impelida a acudir casi todos los días. Salía a hurtadillas durante las primeras horas de la mañana o avanzada la noche. A veces lo hacía en mitad del día, en vez de realizar sus habituales sesiones judiciales que constituían su costumbre de cabecilla.
Para llegar hasta la capilla, Koshmar caminaba un trecho hacia el este, en dirección a las montañas, y luego hacia el norte, pasando una formidable torre negra que algún antiguo terremoto había reducido a escombros. Luego descendía cinco tramos de unas escalinatas enormes que conducían a una plaza circular con el suelo de mármol rosado. Al otro lado de la plaza se alineaban cinco arcos intactos y seis derruidos, cada uno de los cuales debía de haber sido la entrada a una de las once habitaciones de algún importante edificio ceremonial en los días del Gran Mundo. Ahora estaban vacías, pero todas salvo dos o tres seguían luciendo ricas tallas bañadas en oro, extrañas y hermosas, de figuras con cuerpos que parecían casi humanos y rostros de soles, dé animales con aspecto fantasmal y estilizados miembros, de guirnaldas de plantas de largo tallo que no pertenecían a la Tierra. Unas puertas giratorias conducían a estas cámaras.
Accidentalmente, Koshmar había descubierto cómo abrir las puertas, y había escogido la cámara del centro como capilla. En ella había levantado un pequeño altar alrededor del cual dispuso objetos de importancia ritual o valor sentimental. Allí se postraba en secreta soledad; hablaba con los dioses… o más frecuentemente con Thekmur, su predecesora en el cargo.
Esta vez se arrodilló, hizo un ramo de flores secas y lo encendió. El fragante humo ascendió hasta Thekmur. Koshmar lucía la máscara de marfil de una cabecilla anterior, Sismoil, plana y lustrosa, con unas mínimas rendijas para poder ver.
— ¿Cuánto tiempo ha de pasar — preguntó a la cabecilla muerta — antes de que descubramos por qué estamos aquí? Ahora tú habitas con los dioses. ¡Oh, Thekmur! Revélame qué nos deparan los dioses. Y qué me deparan a mí, oh Thekmur.
Casi podía ver el alma de Thekmur flotando en el aire ante ella. Cada vez que se acercaba a la capilla, Thekmur adquiría más solidez. Llegaría el momento, deseaba Koshmar, en que la aparición de Thekmur fuese tan real y tangible como su propio brazo.
Thekmur había sido una mujer menuda y maciza, muy fuerte de cuerpo y mente, de pelaje grisáceo y ojos acerados que observaban con aire sereno e imperturbable. Había amado a muchos hombres y también a muchas mujeres, y había gobernado la tribu con silenciosa eficiencia hasta el día de su muerte, momento en que se marchó por la puerta del capullo sin un solo gesto. A veces Koshmar creía ser sólo un pálido reflejo de Thekmur, una pobre sustituta de la cabecilla difunta, aunque estos momentos de pesimismo no eran frecuentes.
— Los dioses no me hablarán a mí — dijo a Thekmur —. Envío al joven Hresh para que, averigüe cosas y no encuentra nada. Y ahora que ha hallado algo, no ha servido de nada. Y hubo una terrible tormenta, y durante la tormenta el cielo se quebró y los rayos sembraron el pánico. ¿Qué significa todo esto? ¿Qué estamos aguardando aquí? Respóndeme, oh, Thekmur… Respóndeme sólo esta vez.
El humo ascendió en forma de volutas, y la débil imagen de Thekmur se arremolinó en la oscuridad. Pero Thekmur no habló; o si lo hizo, Koshmar no logró oír sus palabras.
Durante los últimos meses, Koshmar había comenzado a notar que se estaba hundiendo en una gris desesperación, o en algo muy parecido.
Allí, en Vengiboneeza, la vida había perdido el ímpetu inicial. Todo parecía inmóvil. Y la felicidad que había sentido en la primera época, cuando organizó la nueva vida en la ciudad, se había esfumado por completo.
En el capullo era lógico que todo siguiera siempre igual, sin cambios, estático. Nadie se lo cuestionaba. Uno crecía, hacía lo que le ordenaban, observaba los mandamientos divinos, y sabía que cuando llegara el momento uno moriría y otro ocuparía su lugar. Pero a la vez comprendía que de forma inevitable, desde el comienzo hasta el fin, la vida quedaría contenida dentro de las pétreas paredes del capullo, y que su existencia no sería muy distinta de la que habían llevado sus abuelos, o los abuelos de sus abuelos, miles de miles de años atrás. El objetivo de uno era perpetuar sólo la vida del Pueblo, ser un eslabón en la gran cadena de eones que se extendía desde la época del Gran Mundo hasta la ansiada llegada de la Nueva Primavera. Uno no esperaba poder ver por sí mismo la Nueva Primavera. Uno no pensaba que alguna vez llegaría a vivir fuera del capullo.
Pero ahora — a pesar de algunas dudas momentáneas — la Nueva Primavera había llegado. El mundo se abría como una flor y la tribu se había internado en él. Pero el primer paso predestinado de la Partida era la residencia en Vengiboneeza. Y hasta ahora la estancia no había producido más que inquietud, intranquilidad, desaliento. Incluso se había puesto en duda su identidad de seres humanos, gracias a esos mentirosos y despreciables artefactos que los ojos-de-zafiro habían dejado en el portal. Y aun cuando Koshmar estaba segura de que cuanto habían afirmado los tres extraños guardianes eran meras tonterías, sospechaba que para algunos la pregunta seguía sin respuesta, provocando una angustiosa duda en sus almas.
— ¿Cómo puedo hacer que sucedan cosas? — preguntó Koshmar a la mujer que la había precedido — Mi vida transcurre; deseo abrazar el mundo, ahora que es nuestro. Me siento impaciente, Thekmur. Me siento atrapada como si siguiera en el capullo. — Parte de ella deseaba abandonar el lugar y proseguir el viaje, aunque no sabía adónde. Y, sin embargo, sentía el poderoso hechizo, de Vengiboneeza y temía alejarse de allí, aun cuando ansiara nuevas travesías lejanas.
Koshmar sabía que muchos miembros de la tribu estaban satisfechos allí. Pero era gente que se sentiría a gusto en cualquier sitio. En lugar del ambiente intenso y cerrado del capullo tenían una ciudad entera como escenario de sus vidas. Vivían bien… de las huertas que habían cultivado obtenían comida suficiente y también les bastaba la carne que los guerreros traían de las laderas de lo que Hresh había denominado Monte Primavera, donde abundaban animales de toda clase y la caza era fácil. Para ellos era una época feliz. Se entrelazaban, cantaban, jugaban. Se apareaban y comenzaban a engendrar nuevas vidas. El número de integrantes de la tribu ya había superado los setenta, y pronto nacerían otros niños. Confiaban en llevar vidas pródigas y cómodas sin preocuparse por la sombría promesa del límite de edad.
Pero otros no estaban tan satisfechos con esa placidez. Koshmar veía que Harruel ardía de impaciencia y sed de cambios. Konya y algunos jóvenes como Orbin parecían gravitar bajo la influencia de Harruel, Hresh… cuanto mas crecía, mas enigmático era para ella. Y la niña Taniane de pronto se estaba convirtiendo en una maquinadora, en una murmuradora, en una tramadora de sueños. En sus ojos aparecía el destello de la ambición. Pero ¿ambición de qué?
Incluso Torlyri parecía distante y extraña. Torlyri y Koshmar se entrelazaban muy pocas veces últimamente, y en esas raras ocasiones el encuentro era difícil y deparaba pocas gratificaciones. Koshmar sentía que Torlyri quería aparearse, pero que a la vez se abstenía de hacerlo, tal vez porque sentía que ello perjudicaría su relación con Koshmar. Tal vez porque como mujer de las ofrendas ante la tribu no sabía cómo convertirse a la vez en compañera y madre. O tal vez creía que el Pueblo no contaba con hombres con los cuales pudiera aparearse de igual a igual, habiendo sido sacerdotisa durante tanto tiempo. Cualquiera que fuera la razón, estaba preocupando a Torlyri, y las preocupaciones de Torlyri angustiaban a Koshmar.