Al final del invierno [At Winter's End - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Серия: Nueva primavera #1
- Год: 1990
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 978-84-406-1415-5
- Переводчик: Paola Tizzano
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:
Esos cerebros recibían un fluido frío y lento parecido a la sangre, pero que no lo era en absoluto. Y, sin embargo, aquellas mentes no eran frías ni lentas. Hresh sintió que el trueno de esas mentes retumbaba contra él procedente de todas partes. Mercaderes, poetas, filósofos, sabios, maestros en ciencias y en todos los saberes: todos trabajaban con ahínco, registraban, analizaban, hacían descubrimientos a cada momento del día y de la noche. Comprendió con mayor claridad que antes el trabajo que había representado crear y mantener una civilización tan grandiosa como aquélla: cuánto estudio había requerido, cuánta información debía haberse reunido, acumulado y diseminado, qué intrincada red de planeamiento y ejecución. El Pueblo, con su pequeño capullo, sus insignificantes libros de crónicas, sus triviales tradiciones orales y costumbres sagradas, le pareció mas diminuto que nunca después de haber contemplado a los ojos-de-zafiro. Aun cuando se sentaban a bañarse en esos estanques pétreos de brillos rosados que tanto parecían agradarles, seguían afanándose en el estudio, en el pensamiento, en el apasionado debate. ¿Habría existido alguna vez otra raza como ésa? ¿Cómo era posible que este pueblo milagroso estuviese emparentado con las serpientes y lagartijas, inferiores y carentes de toda inteligencia?
¿Y por qué, se preguntó, se habían dejado morir en el Largo Invierno, cuando sin duda habrían podido evitar el desastre que se cernía sobre su mundo?
Descubrió que en esta Vengiboneeza perdida y ancestral también estaban representados los otros cinco grupos que conformaban los Seis Pueblos.
Allí estaban los hjjks, fríos y distantes, en apretadas hileras de cincuenta o cien, como hormigas. Hresh percibió el murmullo seco de sus pensamientos desoladores, el repiqueteo metálico de sus almas duras e irritables.
Resultaba fácil odiarlos. En ellos no había singularidad ni individualidad. Cada uno formaba parte de una entidad más grande: un grupo de hjjks, y cada grupo era parte de la totalidad de la especie. Transmitían la tenaz convicción de su propia resistencia. Nosotros seguiremos estando aquí cuando vosotros hayáis desaparecido, parecían anunciar los hjjks en cada movimiento de sus arrogantes antenas. Y era evidente que considerarían la instantánea desaparición de todas las demás razas como una notable bendición. Y sin embargo, nadie rehuía la presencia de estos hostiles seres-insectos. Hresh los vio adquirir, comerciar, entremezclarse activamente.
También estaban representados los vegetales, esa raza de flores delicadas, que se reunían en pequeños grupos sobre los patios soleados. Los pétalos de sus rostros eran amarillos, azules o rojos, y en el centro de cada uno se abría un único ojo dorado. El cuerpo parecía resistente, pero los miembros no tanto, suaves y flexibles. Hablaban en tonos apacibles y casi inaudibles, con murmullos de hojas y gestos de ramas. En sus movimientos y sonidos flotaba una suave poesía.
¿Qué milagro habría sucedido, se preguntó Hresh, para que las plantas aprendieran a moverse y a hablar? Podría mirar las almas de estos vegetales y ver las fibras nudosas y tendinosas de auténticos cerebros, pequeñas masas sólidas anidadas en el lugar resguardado que formaban los pétalos al unirse con el tallo central. En su travesía a través de las planicies no habían encontrado plantas inteligentes. Pero, desde luego, estos vegetales eran criaturas antiguas. Aquella especie se había visto arrasada por las amargas tormentas del Largo Invierno, y tal vez ninguna especie como la suya hubiera podido sobrevivir hasta la era del Pueblo.
Los mecánicos se movían por doquier. Hresh los veía trabajar con tenacidad por toda la ciudad. Eran seres inmensos, con cabezas de cúpula y patas articuladas de metal. Construían, reparaban, limpiaban, demolían. Eran servidores de los ojos-de-zafiro, aunque tenían mentes claras y poderosas, y una aguda conciencia de su propia existencia. Tal vez fuesen máquinas, pero a Hresh le parecían más cercanos que los hjjks. Cada uno era un individuo con identidad propia en la cual hallaban no poco orgullo.
Los amos-del-mar constituían un grupo más reducido. Pero Hresh comprendió que ello se debía a las dificultades que les representaba salir del mar Eran seres lisos, de gruesa piel marrón, con graciosa forma de huso, estructura robusta y miembros parecidos a aletas. No cabía duda de que eran criaturas marinas, si bien respiraban el aire de Vengiboneeza sin dar señales de incomodidad. Cada uno se hallaba en un ingenioso carruaje sobre hilos de plata dirigido mediante diestras manipulaciones que los amos-del-mar efectuaban con las puntas de las aletas. Aparecían en las zonas cercanas a la costa, lo cual resultaba muy lógico, en tabernas, negocios y restaurantes. Tenían un aspecto resuelto y altivo, como si cada uno se considerase príncipe entre príncipes. Tal vez así fuera.
Siguió avanzando a la deriva, y el Gran Mundo resplandecía a su alrededor en toda la plenitud de su brillo. Lo que en las páginas más antiguas de las crónicas sólo existía como un confuso recuerdo de una imagen, ahora se manifestaba con toda nitidez ante él. Para él no existía otro tiempo que el de su visión. Este era el mundo tal como había sido antes del desastre; éste era el mundo en la cúspide de su más elevada civilización, cuando los milagros eran hechos cotidianos.
Se había convertido en un ciudadano de este mundo. Andaba por las calles de la antigua Vengiboneeza. Ahora se detenía para saludar con la cabeza a algún ojos-de-zafiro, aguardaba para intercambiar gentilezas con un grupo de vegetales frondosos y trémulos, hacía un alto para dejar que pasara ante él un amo-del-mar en su magnífico carruaje plateado. Sabía que se encontraba en el centro del universo. Allí convergían todas las épocas de todas las estrellas. Jamás había existido algo parecido en el universo. Poder verlo era su inmenso y único privilegio. Quería recorrer todas las calles, inspeccionar cada edificio, descubrir y comprenderlo todo. A partir de aquel día, quería vivir en los dos mundos para conservar, si era posible, su lugar en esta tierra condenada del remoto pasado.
Si esto es un sueño, pensó, es el más hermoso que nadie ha tenido nunca.
Lo que veía apenas se parecía a la Vengiboneeza en ruinas que había conocido. De todos aquellos edificios tal vez sólo había sobrevivido hasta su época una media docena escasa.
El resto había cambiado por completo, al igual que el trazado de las calles. Sabía que ese lugar era Vengiboneeza por la ubicación de la ciudad con respecto a las montañas y el mar, pero la ciudad debía haber sido construida y reconstruida muchas veces a lo largo de su vasta existencia. Percibía la poderosa sensación de que era algo vivo, cambiante, como una gigantesca criatura que respiraba y se movía.
Ahora más que nunca, Hresh percibía la complejidad del Gran Mundo, y se sentía desalentado y vencido por la enorme tarea que debía realizar el Pueblo para intentar crear algo tan elevado como los logros de esa civilización perdida. Pero una vez más se dijo que ni siquiera el Gran Mundo se construyó en una tarde. Lo había creado la labor de millones de seres durante miles de años. Con tiempo suficiente, el Pueblo también podría hacerlo.
Siguió avanzando, flotando como un fantasma, escudriñando aquí y allá, tratando de capturarlo todo antes de que esa visión le fuera arrebatada como le había sucedido la vez anterior.
Al cabo de un rato comprendió que faltaba algo.
Mi propia especie, pensó Hresh. ¿Dónde estamos?
Contó con cuidado. De los Seis Pueblos de los cuales hablaban las crónicas, de aquellos que habían compartido en paz ese mundo desaparecido, Hresh había visto sólo cinco hasta el momento: ojos-de-zafiros, hjjks, vegetales, mecánicos y amos-del-mar. Los humanos eran el sexto pueblo, pero no había visto a ninguno. Azorado por la novedad y riqueza de cuanto veía, no había advertido la ausencia de esta raza hasta ahora.