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Al final del invierno [At Winter's End - es]

Электронная книга - «Al final del invierno [At Winter's End - es]». Краткое содержание книги:

Tras miles de años, el Largo Invierno producido en la Tierra por el bombardeo de cometas que causaron las estrellas de la muerte llegó a su fin. Los que salieron del capullo para enfrentarse a los peligros del mundo exterior en busca de la Nueva Primavera se llamaban a si mismos humanos... Su destino era la creación de un nuevo mundo.
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Hresh sabía que estaría mucho tiempo sopesando los conocimientos que había obtenido en la caverna de la plaza de las treinta y seis torres. La risa burlona del ojos-de-zafiro artificial ante la puerta del sur se henchía en su alma casi hasta colmar el mundo.

Monito. Monito. Monito.

Le resultaba imposible aliviar su espíritu de esa amarga burla. Y, sin embargo, también había encontrado la clave para llegar hasta la Vengiboneeza perdida. Un gran triunfo y una estruendosa derrota en un mismo paquete. Sorprendente. Resolvió seguir su propia intuición hasta que lograra una comprensión más profunda sobre la cuestión. Pero ahora los tesoros de Vengiboneeza yacían abiertos ante él. Al menos eso debía comunicárselo a Koshmar… En la puerta de la morada de la cabecilla se topó con Torlyri. — ¿Dónde está Koshmar? a mujer de las ofrendas señaló la casa. Dentro.

— ¡Tengo algo que comunicarle! ¡Cosas maravillosas!

Está ocupada en este momento — advirtió Torlyri. Tendrás que esperar un rato.

— ¿Aguardar? ¿Aguardar? — Era como un balde de agua fría en pleno rostro — ¿De qué hablas? ¡He visto el Gran Mundo, Torlyri! ¡Lo he visto con vida, tal como fue en su tiempo! ¡Y ahora sé dónde está oculto todo lo que hemos venido a buscar, en Vengiboneeza! — El súbito entusiasmo le hizo perder la fatiga y la confusión ¡Escucha! ¡Ve ante ella y dile que postergue lo que esté haciendo! ¡Que me deje pasar! ¿Lo harás? ¿Has comprendido? ¿Qué la tiene tan ocupada, de todas formas?

— Hay un extranjero con ella — respondió Torlyri.

Hresh la miró, sin comprender al principio.

— ¿Un extranjero?

— Un explorador de una tribu extraña, según parece.

Como de costumbre, Hresh se llevó la mano al amuleto de Thaggoran, que llevaba al cuello. ¡Un extranjero! Abrió la boca.

— ¿Quién? ¿Quién?

— En realidad, era un espía. Harruel y Konya lo atraparon merodeando por el Monte Primavera hace un rato. — Torlyri sonrió y posó las manos sobre él —. ¡Oh, Hresh, sé que ardes en deseos de contarle tus descubrimientos! Pero ¿podrás esperar un poco más? Esto también es importante. Es un hombre verdadero, de otra tribu, Hresh. Es algo enorme. Ella no puede ocuparse de más de una cosa importante a la vez. Nadie puede. ¿Lo comprendes, Hresh?

Koshmar estaba de pie, erguida frente al pellejo oscuro del zorro-rata que pendía como un trofeo de la pared de su habitación. Tenía los anchos hombros echados hacia atrás, su rostro irradiaba determinación. Harruel estaba a su izquierda. Konya a la derecha, ambos armados y dispuestos a protegerla, pero ella sabía que en esa situación las espadas de nada servían. Se estaba librando un desafío que sólo la inteligencia podía zanjar. Era algo que había previsto desde la época de la Partida; pero ahora que finalmente se producía, no estaba nada segura de cuál sería el mejor modo de actuar.

Ahora necesitaba al viejo Thaggoran más que nunca. ¡Otra tribu! Era de esperar, pero con todo resultaba increíble. Durante toda su historia, el Pueblo había creído que era el único del mundo, y en esencia así había sido. Y ahora… ahora…

Miró al espía a través de la habitación.

Ofrecía un aspecto formidable. En él había algo extraño y sobrecogedor. Tenía el rostro enjuto; los pómulos altos desembocaban en un largo y. estrecho mentón; los ojos, muy separados, mostraban un color que Koshmar jamás había visto: un rojo de un sorprendente fulgor, como el sol del ocaso. El pelaje era dorado, largo y lustroso, muy distinto al de cualquier miembro de la tribu. Aunque esbelto y gracioso, tenía un notable aire de fortaleza y resistencia, como un alambre delgado imposible de romper. Tenía las piernas casi tan largas como Harruel, si bien parecía mucho menos corpulento. Y en la cabeza llevaba un curioso casco que le hacía parecer incluso más alto que él.

El casco en cuestión era un objeto de pesadilla. Un alto cono de un material negro parecido al cuero, con una visera que descendía casi hasta la frente del extranjero por delante y un disco de borde encrestado que le rodeaba la nuca hacia atrás. Por detrás de la parte superior del casco se levantaba un círculo de metal dorado del cual asomaban como espadas cinco largos rayos de metal. Y por delante, sobre la frente del extraño, la siniestra imagen de un enorme insecto dorado, con cuatro alas desplegadas y unos gigantescos ojos tallados en piedra roja, refulgiendo con brillo feroz.

A primera vista, el hombre parecía un monstruo erecto, con cabeza terrorífica y espantosa. Sólo al mirarlo detenidamente se advertía que el casco era algo artificial, un adminículo sujeto al cuello por un grueso cordel marrón.

Konya y Harruel habían dado con él mientras cazaban al pie de las colinas. Estaba acampado en una cueva no muy por encima de la última hilera de mansiones en ruinas, y al parecer ya llevaba allí varios días, tal vez casi una semana, a juzgar por los huesos de los animales que había sacrificado y asado, dispersos por el lugar. Cuando lo hallaron estaba sentado serenamente, con el casco puesto, contemplando la ciudad. Apenas les vio, se puso en pie de un salto y se internó en el bosque de la ladera a paso raudo. Le siguieron, mas no fue una persecución fácil.

— Corre como esos animales que tienen un cuerno rojo sobre la nariz — observó Harruel.

— Como un bailacuernos, sí — puntualizó Konya.

Varias veces le perdieron entre la vegetación salvaje, pero el destello de los rayos dorados sobre el casco siempre le descubría a lo lejos. Al fin le atraparon en un cañón sin salida. Aunque llevaba una lanza de maravillosa factura y parecía capaz de usarla, no ofreció resistencia. Se rindió al instante sin luchar y sin decir palabra alguna. En realidad, todavía no había abierto la boca. Sostenía la mirada de Koshmar con serenidad, sin temor, y persistía en su silencio ante todos los intentos que ella hacía por interrogarle.

— Mi nombre es Koshmar — comenzó —. Soy la cabecilla de esta tribu. Dime tu nombre y quién es tu cabecilla.

Como esto sólo produjo como respuesta una mirada imperturbable, le ordenó que hablara en nombre de los dioses. Invocó en vano a Dawinno, a Friit, a Emakkís y a Mueri. Le pareció que el nombre de Yissou suscitaba cierta respuesta en él, un mínimo movimiento de los labios, pero siguió sin decir palabra.

— ¡Habla, maldito seas! — aulló Harruel, avanzando hacia él con aire iracundo — ¿Quién eres? ¿Qué buscas aquí? — Blandió la espada ante el rostro del extranjero —. ¡Habla o te desollaré vivo!

— No — le interrumpió Koshmar ásperamente —. No pienso tratar con él de ese modo. — Empujó a Harruel hacia atrás y dijo al extraño con voz tenue —: No vamos a hacerte daño. Te lo prometo. De nuevo te pido que nos confíes tu nombre y el de tu pueblo, y entonces te daremos comida y bebida, y te acogeremos entre nosotros.

Pero el extranjero se mostró tan indiferente a la diplomacia de Koshmar como ante la amenaza de Harruel. Siguió mirando a Koshmar como si estuviera diciendo tonterías.

Ella se golpeó el pecho tres veces.

— Koshmar — dijo con voz clara y audible. Señaló a los dos guerreros y continuó —: Harruel, Konya. Koshmar, Harruel, Konya. — Acto seguido señaló al extraño del casco y le lanzó una mirada inquisidora — Te hemos confiado nuestros nombres. Ahora dinos el tuyo.

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