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Электронная книга - «Al Amparo De La Noche». Краткое содержание книги:

El comienzo de una tragedia… Cate Nightingale vive con sus gemelos de 4 años en el pueblo de Trail Stop. A pesar de que ha enviudado siendo muy joven, saca adelante a sus niños gracias a su trabajo en un hostal en el que recibe pocos visitantes. La ayuda de Calvin Harris, muy hábil para la carpintería o la fontanería, es fundamental para que su negocio subsista. Pero Cate ni siquiera se imagina qué tan importante será este hombre en su vida, hasta que la desaparición de uno de sus huéspedes desencadena la tragedia. Y cuando Calvin la rescata de una situación muy peligrosa, Cate comienza a mirar con otros ojos a este ex marine que sólo desea entrar en su corazón
…Los llevará a una arriesgada aventura. Calvin Harris es un hombre solitario que realiza tareas de mantenimiento en el hostal de Cate Nightingale. Secretamente enamorado de la protagonista, la ayuda en todo lo que puede para que ella y sus hijos puedan vivir sin apuros económicos. Sin embargo, el destino lo obligará a demostrar su callada valentía para salvar a sus vecinos de un horrible fin. Escapa con Cate bajo el amparo de la noche, para obtener la ayuda que necesitan y así deshacerse de los invasores. Y quizá a través de esta verdadera odisea para contactar con el pueblo más cercano, la mujer a la que ama descubra el verdadero héroe que hay en él.
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– No, sólo son cortes, no es una herida de bala. Alguien disparó con una escopeta hacia mí y rompió la roca que tenía delante en mil pedazos -intentó no darle mayor importancia.

– ¿Escopeta? -preguntó Toxtel muy serio, mientras se levanta y se acercaba a ellos-. Quizá fue nuestro amigo -le dijo a Goss, cosa que también confirmó la sospecha de Teague de que alguien del pueblo les había dado una buena paliza.

– Sé quien ha sido -dijo Teague-. Un tipo que se llama Creed. Es un hijo de puta muy duro de pelar, antiguo militar, es guía de caza por esta zona.

– ¿Qué aspecto tiene? ¿No demasiado alto, quizá metro ochenta, tirando a delgado? ¿Pelo un poco largo y ojos raros, como si fueran de cristal?

Hmmm. Teague no recordaba haber visto a nadie que encajara con aquella descripción. Aunque una cosa estaba clara: su amigo no era Creed.

– No. Creed es un tío alto y fuerte. Pelo corto que empieza a canear. Parece que sólo le falte el uniforme.

– No es él. ¿Estás seguro de que quien te ha disparado es ese tal Creed? -preguntó Toxtel.

– Casi seguro -añadió el «casi» porque realmente no había visto a Creed, pero el instinto le decía que no podía haber sido nadie más.

– Pero has dicho que ha sido con una escopeta -insistió Toxtel.

Teague apenas pudo ocultar su enfado. Estaba delante de ellos empapado en sangre y Toxtel sólo pensaba en el tío que le había dado una paliza.

– Hay más de una escopeta en el mundo -dijo, muy seco-. Y calculo que, al otro lado del riachuelo, habrá unas diez, aparte de varios rifles y pistolas.

Toxtel se dio la vuelta, evidentemente contrariado por el hecho de que a Teague le hubiera disparado alguien que no era su enemigo.

Goss miró a Toxtel y luego a Teague y se encogió de hombros.

– Estás hecho un asco. ¿Necesitas ayuda?

– No. Voy al campamento a lavarme -al menos, Goss le había ofrecido ayuda, que era más de lo que había hecho el capullo de Toxtel. Teague se volvió y se alejó caminando hacia una curva. Billy apareció entre el follaje y se unió a él en silencio. Cuando Toxtel y Goss ya no los veían, Billy le ayudó a caminar el resto del trayecto. Se colocó uno de los brazos de Teague por encima del hombro y movía la mitad del peso de Teague. Como Billy no era demasiado alto, llegar al campamento fue complicado.

Habían levantado un pequeño campamento a unos cien metros del puente o, mejor dicho, de donde antes estaba el puente, en un pequeño claro que no se veía desde la carretera. El sentido común obligaba a tener un sitio donde descansar, preparar café y comer, sobre todo si aquello se alargaba más de un día, cosa que Teague preveía.

Billy lo soltó antes de llegar a la tienda, se metió dentro, encendió la lámpara y salió para ayudar a Teague a entrar, lo que implicaba tener que agachar la cabeza, con lo que el dolor de cabeza se agudizó todavía más.

– Mierda -dijo Teague muy cansado, mientras se sentaba en la silla dentro de la tienda; demasiado cansado para pensar una palabra más original.

– Quizá deberías estirarte -sugirió Billy mientras abría una bolsa de plástico que contenía el equipo de primero auxilios que había comprado Goss y Toxtel, por lo que no sabía qué encontraría.

– Si me estiro, no podré volver a levantarme.

– Pues no te levantes durante unas horas. Ahí fuera no pasa nada. Se han escondido todos, supongo que esperando la luz del día. Hasta entonces, no pasará nada. Toallitas de bebé -dijo, riéndose, dejando a Teague muy confundido hasta que levantó la mirada y vio la bolsa de plástico que Billy tenía en la mano-. Supongo que las habrán comprado para limpiarnos. ¿Servirán para limpiar heridas? Hay algunas con alcohol, pero no muchas. Al menos, no las suficientes para lavarte la cara.

Teague intentó encogerse de hombros, pero decidió que era mejor no hacerlo.

– No veo por qué no. ¿Hay alguna aspirina por ahí?

– Sí, ¿cuántas quieres?

– Para empezar, cuatro -le pareció que dos no le harían nada.

– Las aspirinas son anticoagulantes.

– Me arriesgaré. Necesito algo.

Billy cogió una botella de agua y la abrió, luego sacó cuatro aspirinas del bote, se las colocó en la palma de la mano y se las dio a Teague, que se las tragó una a una, intentando mover la cabeza lo menos posible. Luego, Billy se puso manos a la obra con las toallitas y empezó a limpiar la sangre para poder valorar las heridas.

Mientras, con mucho cuidado, lavaba el corte más grande en la frente de Teague, murmuró:

– Es el plan más estúpido que he visto en la vida. Repíteme por qué lo hacemos.

– Dinero.

– Sí, pero no basta para jugarnos la vida en estas montañas. Volar el puente, sitiar el pueblo… esto puede irse al traste de muchas formas distintas. Sin darle muchas vueltas, se me ocurren cuatro o cinco formas mejores de conseguir lo que esos dos quieren, y con mucho menos riesgo -Billy hablaba en voz baja para que nadie lo oyera más allá de las paredes de tela de la tienda.

Les pagaban muy bien. Teague pretendía quedarse con una parte más grande, pero los demás no tenían por qué saberlo. El «honor entre ladrones» era un mito y no iba a ser él quien empezara a perpetuarlo. Los chicos sabían que iban a llevarse mil dólares, a repartir en cuatro partes iguales, por unos días de trabajo. Toxtel se hacía cargo de los gastos de aquella descabellada charada.

– El riesgo para nosotros es mínimo -dijo-. No dejamos que nos vean y nadie del pueblo sabrá jamás que hemos estado implicados en esto.

– Esos dos tíos de Chicago lo saben.

– Das por sentado que sobrevivirán.

Billy dibujó una amplia sonrisa, que luego desapareció.

– Si mueren, no nos pagan.

– Está todo pensado. Cobraremos cuando esa mujer de la pensión les dé lo qué quieren. Toxtel quería esperar a tener la mercancía para pagarnos, pero me negué en redondo. Si consigue lo que quiere, nos dispararía en un santiamén para no tener que pagarnos. Así que nos pagará antes.

– ¿Y confía en que nos quedemos una vez tengamos la pasta?

– Lo dudo, pero no tiene otra opción.

– ¿Cuándo vas a hacerlo?

¿Cuándo tenía pensando matar a Toxtel y Goss? Se lo pensó.

– Cuando tengan lo que buscan. Si están dispuestos a pagar tanto dinero por eso, puede que a nosotros también nos interese tenerlo. Verás, acordarán una hora para la entrega, porque tendremos que recoger nuestras cosas y no dejar rastro para salir corriendo en cuanto el asunto esté cerrado. Los habitantes del pueblo tardarán un tiempo en cruzar el riachuelo para ir a buscar ayuda y, mientras tanto, nosotros desapareceremos. Cuando Toxtel tenga lo que quiere, ellos también se marcharán, pero nosotros los estaremos esperando. Los sorprenderemos y abandonaremos sus cuerpos. Son los dos únicos implicados de los que sospechan. Nosotros estamos limpios.

– ¿Y quién se supone que los habrá matado, si sólo eran dos?

– La deducción más lógica es pensar que lo hizo un tercer socio que los ha traicionado. Funcionará. Confía en mí.

Billy se quedó en silencio mientras examinaba la herida de la frente.

– Este corte necesita puntos -dijo, al final-, pero ya no sangra. Por la mañana, quizá quieras ir a la clínica de la ciudad. No es una herida de bala, así que no informarán a la policía.

– A lo mejor. Ya lo decidiré mañana -unos antibióticos le vendrían bien, y el doctor también le daría calmantes. La gente caía en estas montañas cada día; nada nuevo para ellos.

Billy impregnó el corte con antibiótico líquido y lo cubrió con una gasa.

– Espero que no hayamos querido abarcar más de lo que se puede. Teague, hoy ha muerto gente ahí abajo; cuando esto salga a la luz y lleguen los polis, destinarán a todos los investigadores del estado al caso, y puede que también a varios federales. Esto saldrá en las noticias nacionales y pondrán precio a nuestras cabezas.

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