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Электронная книга - «Al Amparo De La Noche». Краткое содержание книги:

El comienzo de una tragedia… Cate Nightingale vive con sus gemelos de 4 años en el pueblo de Trail Stop. A pesar de que ha enviudado siendo muy joven, saca adelante a sus niños gracias a su trabajo en un hostal en el que recibe pocos visitantes. La ayuda de Calvin Harris, muy hábil para la carpintería o la fontanería, es fundamental para que su negocio subsista. Pero Cate ni siquiera se imagina qué tan importante será este hombre en su vida, hasta que la desaparición de uno de sus huéspedes desencadena la tragedia. Y cuando Calvin la rescata de una situación muy peligrosa, Cate comienza a mirar con otros ojos a este ex marine que sólo desea entrar en su corazón
…Los llevará a una arriesgada aventura. Calvin Harris es un hombre solitario que realiza tareas de mantenimiento en el hostal de Cate Nightingale. Secretamente enamorado de la protagonista, la ayuda en todo lo que puede para que ella y sus hijos puedan vivir sin apuros económicos. Sin embargo, el destino lo obligará a demostrar su callada valentía para salvar a sus vecinos de un horrible fin. Escapa con Cate bajo el amparo de la noche, para obtener la ayuda que necesitan y así deshacerse de los invasores. Y quizá a través de esta verdadera odisea para contactar con el pueblo más cercano, la mujer a la que ama descubra el verdadero héroe que hay en él.
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– No pienses más -susurró Cal, acariciándole la frente con el dedo-. Deja de pensar durante un rato. Duerme.

Iba en serio. Pretendía que durmiera allí con él mientras todos estaban ahí fuera observándoles los pies, para ver si señalaban los dos la misma dirección. Estaba destrozada, pero no creía que pudiera cerrar los ojos.

– ¡No puedo dormir aquí! -susurró, desesperada, cuando por fin consiguió recuperar la voz-. Todos pensarán…

– Otro día ya te explicaré lo que deben de estar pensando -hablaba con la voz adormecida y parecía que los párpados le pesaban mucho-. Por ahora, vamos a dormir. Todavía tengo frío y mañana será un día muy largo. Por favor. Esta noche te necesito a mi lado.

Tenía frío y estaba cansado. La súplica fue directa al corazón de Cate y lo atravesó.

– Date la vuelta -susurró ella y, con un gruñido de esfuerzo, Cal se giró y le dio la espalda. Cate los tapó a los dos con la segunda manta, sobre todo los pies. Ella también los tenía congelados e, instintivamente, los acercó a los de Cal, cubiertos con los calcetines, mientras se acurrucaba contra su espalda.

Él ya estaba medio dormido, pero emitió un suspiro de satisfacción y se arrimó más a ella. Cate dobló un brazo bajo la cabeza, colocó el otro encima de la cintura de Cal y dobló las piernas contra sus muslos. Recordó que tenía que curarle los cortes de los brazos, pero oyó que la respiración de Cal ya era más pausada y no quería despertarlo.

Empezó a sentir cómo el calor se apoderaba de su cuerpo y, con él, llegó el sueño. Detrás del muro de cajas, las voces de los demás iban silenciándose para dormir un poco. Sherry había dicho que los hombres habían organizado un sistema de guardias; y las balas no podían alcanzarlos en el sótano. Estaban relativamente a salvo hasta la mañana, cuando podrían descubrir exactamente qué estaba pasando. No había ningún motivo por el que no pudiera dormir tranquila.

Se arrimó más a la espalda de Cal y deslizó la mano desde su cintura por el abdomen hasta el pecho. Se durmió notando el latido de su corazón en la mano.

Un buen rato después de que le dispararan, Teague consiguió sentarse. No veía nada; la sangre salía a borbotones de la herida en la frente, se le metía en los ojos y lo cegaba. La agonía le resonaba en la cabeza como el son de los tambores de Satanás. ¿Qué coño había pasado? No sabía dónde estaba; lo que palpaba con las manos no le resultaba familiar, porque sólo había rocas y más rocas. Al menos, sabía que estaba al aire libre. Pero, ¿dónde y por qué?

Esperó, porque la experiencia le decía que, cuando recuperara del todo la conciencia, recuperaría la memoria. Hasta entonces, se apretó la herida con la mano para frenar la hemorragia, ignorando el dolor que eso le provocaba.

Lo primero que recordó fue un brillante destello de luz y una explosión como si un puño gigante le hubiera golpeado en la cabeza.

«Un disparo», se dijo, pero luego descartó la idea. Si le hubieran disparado en la cabeza, no estaría allí sentado preguntándose qué había pasado. Entonces, habían fallado el disparo, pero de muy poco. Tenía la cara ardiendo, como si se la hubieran despellejado. La bala, debía de haber chocado contra la roca que tenía delante, que se había fragmentado y le había destrozado la cara.

En cuanto apareció la palabra «bala», le vino a la mente una escopeta y empezó a recordarlo todo. Eso era la explosión que había oído, que había estallado tan poco tiempo después de su propio disparo que los dos ruidos se habían confundido.

Se preguntó si alguien más habría oído la explosión; ¿por qué nadie lo había llamado por la radio para comprobar si estaba bien? Todo estaba muy borroso y tardó varios segundos en darse cuenta de que había perdido la conciencia y que, aunque lo hubieran llamado, no los habría oído.

Radio. Sí. Alargó la mano y la encontró colgada del cinturón, donde se suponía que tenía que estar; la descolgó, con algo de torpeza porque tenía las manos ensangrentadas, y una idea lo dejó congelado. Tenía que ser cuidadoso porque, si perdía la radio, quizá no pudiera recuperarla. Cuando estuvo seguro de tenerla bien agarrada, apretó el botón para hablar… pero se detuvo.

Podía pedir ayuda. Joder, necesitaba ayuda. Pero… no estaba imposibilitado. Podía hacerlo él solo. Cuando viajas con una manada de lobos, no puedes mostrar debilidad o puede que acabes siendo devorado vivo. Billy no lo atacaría, y Troy tampoco, pero no estaba tan seguro de que Blake no lo hiciera. Y con Toxtel y Goss lo tenía claro… sabía que lo devorarían en un abrir y cerrar de ojos. Si no podía salir de esa montaña él solo, si tenían que sacarlo en lugar de salir por su propio pie, lo verían como a alguien débil y no podía permitírselo.

Vale. Entonces tenía que hacerlo solo. Respiró hondo varias veces y se obligó a concentrarse, a olvidarse de la dolorosa agonía de la cabeza, del mareo y del pánico. Tenía que ser práctico.

Lo primero y más importante era detener la hemorragia. Las heridas de la cabeza siempre sangraban mucho, de modo que podía perder una cantidad considerable de sangre en poco tiempo, cosa que seguro ya había hecho. Tenía que presionar la herida, con fuerza, por mucho que le doliera.

Sabía que tenía una conmoción cerebral, quizá incluso daños cerebrales que con el tiempo empeorarían, pero al explorarse los bordes de la herida con los dedos se dio cuenta de que la frente se le estaba hinchando muy deprisa. Por lo que había oído, eso era bueno. Si la hinchazón se producía en la parte interior del cerebro era mala señal. Pero una conmoción cerebral podía superarla; ya lo había hecho antes.

Teague apoyó la espalda en una roca, clavó los pies en el suelo con todas sus fuerzas, se inclinó hacia delante, apoyó el codo derecho en la rodilla y colocó la palma de la mano encima de la herida. Utilizó todo el cuerpo para aplicar más presión de la que habría conseguido sólo con la mano. Ignoró el dolor que le estalló en la cabeza y apretó con firmeza mientras se concentraba en la respiración y en olvidar la agonía.

Mientras estaba allí sentado, empezó a frotarse la cara con la manga izquierda, intentando limpiarse la sangre de los ojos. Lo malo de la sangre era que se congelaba y se secaba y costaba mucho quitarla. Necesitaba lavarse la cara con agua. Había litros y litros de agua en el río que había al final del precipicio, pero ni siquiera lo intentaría a plena luz del día y sin una conmoción cerebral. No, tenía que volver a la carretera.

Aparte de aplicar presión a la herida, no podía hacer mucho más por sí mismo, así que eso tendría que bastar. Lo bueno era que, cuanto más tiempo estaba allí sentado, más clara tenía la cabeza. Todavía le dolía mucho, pero ya podía pensar mejor.

Lo malo era que, cuanto más tiempo estaba allí sentado, más frío tenía. Si la pérdida de sangre hacía que se desmayara, estaba perdido. Por otra parte, las temperaturas eran bajas, quizá incluso bajo cero. Claro que tenía frío, pero la hipotermia tampoco era buena opción. Tenia que salir de esas rocas cuanto antes. Sabía que la cabeza iba a dolerle cuando intentara moverse pero, ¡qué coño!, el dolor era mejor que la muerte.

Apartó la mano de la herida para ver si todavía sangraba. Notó cómo un hilo de sangre le resbalaba por la frente y lo secó con el reverso de la mano. La hemorragia no se había detenido, pero sangraba mucho menos.

El rifle. ¿Dónde estaba el rifle? No podía dejarlo allí. Primero porque el carísimo visor infrarrojo estaba acoplado al arma. Y segundo, porque sus huellas estaban por toda el arma. Si había caído por el precipicio, no podría bajar a recuperarlo y tendría que ir otra persona, lo que en esos momentos significaba dejar una posición de fuego vacía, y no era su intención.

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