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Электронная книга - «Al Amparo De La Noche». Краткое содержание книги:

El comienzo de una tragedia… Cate Nightingale vive con sus gemelos de 4 años en el pueblo de Trail Stop. A pesar de que ha enviudado siendo muy joven, saca adelante a sus niños gracias a su trabajo en un hostal en el que recibe pocos visitantes. La ayuda de Calvin Harris, muy hábil para la carpintería o la fontanería, es fundamental para que su negocio subsista. Pero Cate ni siquiera se imagina qué tan importante será este hombre en su vida, hasta que la desaparición de uno de sus huéspedes desencadena la tragedia. Y cuando Calvin la rescata de una situación muy peligrosa, Cate comienza a mirar con otros ojos a este ex marine que sólo desea entrar en su corazón
…Los llevará a una arriesgada aventura. Calvin Harris es un hombre solitario que realiza tareas de mantenimiento en el hostal de Cate Nightingale. Secretamente enamorado de la protagonista, la ayuda en todo lo que puede para que ella y sus hijos puedan vivir sin apuros económicos. Sin embargo, el destino lo obligará a demostrar su callada valentía para salvar a sus vecinos de un horrible fin. Escapa con Cate bajo el amparo de la noche, para obtener la ayuda que necesitan y así deshacerse de los invasores. Y quizá a través de esta verdadera odisea para contactar con el pueblo más cercano, la mujer a la que ama descubra el verdadero héroe que hay en él.
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Hicieron muchos viajes hasta las escaleras del sótano, donde varios voluntarios se encargaban de bajar lo que ellas les iban dando.

– Perfecto -dijo Maureen-, ahora sólo nos quedan los cojines del sofá -y empezó a caminar hacia el salón.

Cate notó una sensación de pánico muy extraña en el estómago y agarró a Maureen del brazo.

– No, no vayas al salón -era más alta y más fuerte que la mujer, y empezó a arrastrarla hacia las escaleras-. Está demasiado expuesto y ya nos hemos arriesgado demasiado paseándonos por aquí tanto tiempo con la linterna encendida -de repente, estaba desesperada por volver bajo tierra, con la piel de gallina como si una bala acabara de pasarle rozando, atravesando el aire y las paredes más deprisa que la velocidad del sonido, dirigiéndose hacia ella como si pudiera pensar, de modo que por mucho que se revolviera y moviera la bala la seguía.

Con un agudo grito, se lanzó encima de Maureen, la cogió de los hombros y las piernas y la tiró al suelo justo cuando la ventana del salón se rompió y oyó el débil silbido de una furiosa bala un segundo antes de que se clavara en la pared con un golpe seco.

Después, oyeron el fuerte crujido del rifle.

Maureen se estremeció.

– ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Han disparado por la ventana!

– ¡Maureen! -gritó Perry desde el sótano, muy asustado, y luego se oyeron sus pasos por las escaleras.

– ¡Estamos bien! -gritó Cate-. No subáis, ahora bajamos.

Sin pensárselo dos veces, se levantó y agarró la parte de atrás de la camiseta de Maureen, levantándola y empujándola hacia delante al mismo tiempo; el miedo le hizo sacar una fuerza que ni sabía que tenía. Casi lanzó a Maureen contra Perry que, por supuesto, no se había detenido y había ido a buscar a su mujer; los dos estuvieron a punto de caer rodando por las escaleras, pero los aguantó el grupo de personas que habían seguido a Perry para ir a buscarlas. Cate se lanzó hacia la puerta y bajó varias escalones de golpe, y luego se quedó allí agachada con la certeza de que su cabeza estaba por debajo del nivel de tierra. Temblaba con fuerza, con los nervios de punta por lo cerca que habían estado.

– Cate no me ha dejado ir al salón -dijo Maureen, llorando contra el hombro de su marido-. Me ha salvado la vida. No sé cómo lo sabía, pero lo sabía…

Cate tampoco lo sabía. Se sentó en un escalón y hundió la cara entre las manos, temblando con tanta fuerza que le castañeaban los dientes. Parecía no poder parar, ni siquiera cuando alguien, supuso que sería Sherry, la envolvió en una manta y la obligó con suavidad a bajar al sótano y sentarse en un cojín.

Después de aquello, la mente se le quedó casi en blanco, fruto de la sorpresa y el cansancio. Oía el murmullo de las conversaciones a su alrededor, pero no las escuchaba, observó la llama azul de la estufa de queroseno, esperó a que la cafetera que habían colocado encima del fuego empezara a hervir y pudieran hacer café, y esperó a Cal. Ya debería haber vuelto, pensó, con la mirada clavada en la puerta y deseando que se abriera.

Una hora después, como mínimo, a ella le parecía que tenía que haber pasado una hora, a menos que algo hubiera ido realmente mal en la progresión del tiempo, la puerta finalmente se abrió y entraron tres personas. Vio un pelo rubio y despeinado, una cara dolorida y azul del frío; vio al señor Creed con los brazos apoyados en Cal y en Neenah…

Cate se quitó la manta de encima y se levantó de un salto, uniéndose a los demás, que corrieron a evitar que los tres cayeran al suelo. Se produjo una confusión de exclamaciones y preguntas mientras varias personas cogían al señor Creed y lo dejaban encima de varios cojines; entonces Cal empezó a tambalearse y Cate se agarró a él con desesperación, colocó su hombro bajo su axila e intentó soportar su peso.

– A Joshua le han disparado -dijo Neenah, casi sin aire, mientras se dejaba caer de rodillas e intentaba respirar-. Y Cal está congelado; se ha metido en el río.

– Vamos a quitarle la ropa mojada -dijo Walter, llevándose a Cal lejos de Cate. Al vivir en Trail Stop, todos sabían cómo tratar una hipotermia. A los pocos segundos, alguien sostenía una manta delante de Cal mientras el pobre, con ayuda, se quitaba la ropa mojada. Lo secaron y él no dijo nada; luego lo envolvieron con una manta previamente calentada y lo sentaron junto a la estufa. En algún momento, la cafetera había empezado a hervir, así que Cate echó un poco de azúcar en uno de los vasos de plástico y lo llenó de café. No estaba demasiado fuerte, pero estaba caliente y era café, y tendría que servir.

Cal estaba temblando de forma convulsiva, con los dientes castañeándole; era imposible que pudiera sujetar el vaso. Cate se sentó a su lado y le acercó el vaso a los labios con cuidado, con la esperanza de que no lo derramaría y lo escaldaría. Cal bebió un sorbo e hizo una mueca ante la dulzura de la bebida.

– Sé que el café te gusta solo -le dijo ella, con dulzura-, pero bébetelo de todas formas.

Como todo su cuerpo estaba temblando, no podía responder gran cosa, pero consiguió bajar la barbilla, asentir y beberse otro sorbo. Cate dejó el vaso y se colocó detrás de Cal y empezó a frotarle la espalda, los hombros y los brazos con toda la fuerza que podía sin mover la manta.

Tenía el pelo mojado y fuera hacía tanto frío que tenía gotas de agua cristalizadas en la cabeza. Cate calentó una toalla con la lámpara y luego le secó el pelo hasta que, en vez de mojado, estuvo húmedo. En cuanto terminó, los temblores habían ido a menos, aunque algún estremecimiento ocasional lo sacudía y le hacía castañear los dientes. Le dio más café; Cal alargó la mano y cogió el vaso él mismo, y ella lo dejó.

– ¿Cómo tienes los pies? -le preguntó.

– No lo sé. No me los siento -hablaba con un tono uniforme, casi monótono. Los temblores a los que había sometido a su cuerpo con el objetivo de mantenerse caliente lo habían dejado agotado. Era incapaz de sentarse recto y se le cerraban los párpados.

Cate se sentó a sus pies y apartó la manta. Cogió un helado pie con las manos y frotó, apretó y sopló en los dedos, luego repitió el esfuerzo con el otro pie. Cuando ya perdieron la palidez propia del frío, se los envolvió con una toalla caliente.

– Tienes que estirarte -le dijo.

Con un gran esfuerzo, Cal meneó la cabeza y miró hacia donde Neenah estaba cuidando al señor Creed.

– Tengo que ver qué puedo hacer por Josh.

– Teniendo en cuenta tu estado, no puedes hacer nada.

– Claro que puedo. Ponme otro café, esta vez sin azúcar, tráeme algo de ropa y estaré listo en cinco minutos -levantó los pálidos ojos hacia ella y Cate vio la determinación reflejada en ellos.

Necesitaba dormir unas horas pero, en un segundo de comunicación sin palabras, supo que no lo haría hasta que hiciera lo que creía que tenía que hacer. Por lo tanto, la forma más rápida de conseguir que descansara era ayudarlo.

– Una taza de café. Marchando -le sirvió más café y, mientras lo hacía, miró a sus vecinos y amigos. Se habían asustado, incluso desorientado, pero todos estaban ocupados con algo para organizarse mejor. Algunos estaban colocando cojines y almohadas y repartiendo mantas, otros hacían el inventario de las armas y la cantidad de munición que tenían, Milly Earl estaba preparando algo de comer y Neenah se encargaba de los cuidados del señor Creed. Le habían cortado los pantalones y lo habían tapado con una manta, dejando el tobillo lesionado al aire y apoyado en una almohada. Neenah había lavado la herida a conciencia pero parecía no saber qué hacer a continuación.

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