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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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El resto del campamento formaba un estrecho anillo alrededor de los caballos y las carretas, de cara al bosque circundante, con los hombres de Dos Ríos divididos en cuatro grupos y los lanceros de Ghealdan y de Mayene separados entre ellos. Quienquiera que viniera contra ellos, desde cualquier dirección, se encontraría con los arcos largos de Dos Ríos y la caballería entrenada. No era una inesperada aparición de los Shaido lo que Perrin temía, sino a Masema. El hombre parecía seguirlo dócilmente; pero, aparte de las noticias de las incursiones, nueve ghealdanos y ocho mayenienses habían desaparecido en las dos últimas semanas, y nadie creía que hubieran desertado. Antes de eso, el día que raptaron a Faile se había tendido una emboscada a veinte mayenienses y todos habían muerto, y todos estaban convencidos de que los autores habían sido hombres de Masema. De modo que existía una paz precaria, una extraña clase de paz peliaguda, pero apostar una moneda de cobre porque duraría siempre era perder esa moneda. Masema simulaba no darse cuenta de que esa paz peligrara, pero a sus seguidores parecía darles lo mismo y, fingiera lo que fingiera Masema, ellos seguían sus directrices. De algún modo, sin embargo, Perrin se proponía que durara hasta que Faile estuviera libre. Hacer de su campamento una nuez demasiado dura de cascar era un modo de conseguir que la paz durara.

Los Aiel habían insistido en tener su pequeña porción de la extraña tarta, aunque eran menos de cincuenta contando los gai’shain que servían a las Sabias, y Perrin se detuvo para estudiar las bajas y oscuras tiendas. Las únicas tiendas levantadas aparte de las Aiel en todo el campamento eran las de Berelain y sus dos sirvientas, en el lado opuesto del campamento, no lejos de las contadas casas de Brytan. Plagas de moscas y piojos hacían a éstas inhabitables hasta para los soldados más endurecidos que buscaran refugio del frío, y los establos eran pésimas construcciones destartaladas en las que penetraba el aire a chorros y que albergaban insectos peores que las casas. Las Doncellas y Gaul, el único varón entre los Aiel que no fuera gai’shain, se encontraban con los exploradores, y las tiendas Aiel seguían en silencio, si bien el humo que salía por algunos de los agujeros de ventilación ponía en evidencia que los gai’shain estaban preparando el desayuno a las Sabias o sirviéndolo. Annoura era la consejera de Berelain y por lo general compartía su tienda, pero Masuri y Seonid se encontrarían con las Sabias, quizás incluso ayudando a los gai’shain con el desayuno. Todavía intentaban ocultar el hecho de que las Sabias las consideraban aprendizas, aunque todo el mundo en el campamento debía de estar al tanto a esas alturas. Cualquiera que viera a una Aes Sedai llevando leña o agua o que oyera que a una la habían vareado podía comprenderlo. Las dos Aes Sedai habían jurado lealtad a Rand —de nuevo los colores giraron en su cabeza en una explosión de matices; de nuevo se desvanecieron bajo la omnipresente ira—, pero Edarra y las otras Sabias habían recibido el cometido de tenerlas vigiladas.

Sólo las propias Aes Sedai sabían hasta qué punto las comprometían sus juramentos o qué posibilidad de maniobra tenían entre las palabras, de modo que a ninguna se le permitía saltar a menos que una Sabia dijera «sapo». Seonid y Masuri, ambas, habían dicho que a Masema habría que matarlo como a un perro rabioso, y las Sabias no podían estar más de acuerdo. O eso afirmaban. Ellas no tenían Tres Juramentos que las obligaran a ceñirse a la verdad, aunque en realidad ese Juramento en particular comprometía a las Aes Sedai más en la forma que en el fondo. Y Perrin recordaba que una de las Sabias le había contado que Masuri pensaba que al perro rabioso se lo podía encadenar. Nada de saltar mientras una Sabia no dijera «sapo». Era como un rompecabezas de herrero con los bordes de las piezas de metal afilados. Debía resolverlo, pero si cometía un error al girarlo podía cortarse un dedo hasta el hueso.

Por el rabillo del ojo atisbó que Balwer lo estaba observando con los labios fruncidos en un gesto pensativo. Un pájaro estudiando algo desconocido, no asustado ni hambriento, sólo curioso. Recogió las riendas de Brioso y siguió caminando tan deprisa que el hombrecillo tuvo que alargar sus pasos a pequeños saltos para alcanzarlo.

Hombres de Dos Ríos ocupaban el segmento del campamento adyacente a los Aiel, de cara al nordeste, y Perrin consideró la idea de desviarse un poco al norte, hacia donde acampaban los lanceros ghealdanos, o al sur, hacia la sección mayeniense más cercana, pero, tras respirar hondo, se obligó a conducir su caballo a través de sus amigos y vecinos. Todos estaban despiertos, arrebujados en las capas, echando las ramas restantes de sus refugios a las lumbres de cocina o cortando las sobras frías del conejo de la noche anterior para añadirlas a las gachas de avena en los cazos. Las conversaciones se fueron apagando y el olor a cautela se volvió intenso a medida que las cabezas se levantaban para mirarlo. Las piedras de amolar se detuvieron a media pasada sobre las cuchillas, y después reanudaron su susurro sibilante. El arco largo era su arma preferida, pero todos llevaban también una daga grande o una espada corta, o a veces una espada normal, y habían cogido picas y alabardas y otras varas largas rematadas con hojas y puntas extrañas que los Shaido no habían considerado que mereciera la pena llevarse en sus pillajes. A las lanzas estaban acostumbrados, y unas manos hechas a manejar el bastón de combate en las competiciones de días de fiesta no encontraban mucha diferencia en cualquier pértiga una vez que se tenía en cuenta el peso del metal en un extremo. Sus caras denotaban hambre, cansancio y circunspección.

Alguien lanzó un grito desganado de «¡Ojos Dorados!», pero nadie lo coreó, algo que habría complacido a Perrin un mes antes. Mucho había cambiado desde que se habían llevado a Faile. Ahora su silencio era sombrío. El joven Kenly Maerin, con las mejillas todavía pálidas donde se había afeitado lo que apenas era un intento de barba, evitó los ojos de Perrin, y Jori Congar, siempre dispuesto a coger todo objeto pequeño y valioso que veía y a beber cualquier cosa de la que pudiera echar mano, escupió desdeñosamente cuando Perrin pasó a su lado. Ban Crawe le lanzó un puñetazo al hombro por hacerlo, con fuerza, pero tampoco miró a Perrin.

Dannil Lewin se puso de pie mientras se daba tironcitos del espeso bigote, que parecía ridículo bajo su gran napia.

—¿Alguna orden, lord Perrin?

El flaco Dannil pareció aliviado cuando Perrin sacudió la cabeza, y volvió a sentarse rápidamente, con la mirada prendida en el cazo más próximo como si estuviera ansioso de engullir las gachas matinales. Quizás era así; últimamente nadie tenía el estómago lleno, y a Dannil nunca le había sobrado carne. Detrás de Perrin, Aram soltó un sonido de desagrado muy semejante a un gruñido.

Allí había otras personas aparte de la gente de Dos Ríos, pero su actitud no era mejor. Bueno, Lamgwin Dorn, un tipo corpulento con la cara llena de cicatrices, saludó con una inclinación de cabeza. Tenía pinta de camorrista de taberna, pero ahora era su criado personal cuando necesitaba uno, cosa que no ocurría a menudo, y quizá quería simplemente estar a bien con su patrón. Pero Basel Gill, el otrora orondo posadero que Faile había tomado como su shambayan, se dedicó afanosamente a doblar sus mantas con exagerado cuidado, manteniendo baja la calva cabeza, y la primera doncella de Faile, Lini Eltring, una mujer huesuda cuyo prieto moño blanco hacía que su cara pareciera más estrecha de lo que era, se puso recta dejando de remover un cazo, con los finos labios apretados, y levantó la larga cuchara de madera como para rechazar a Perrin. Breane Taborwin, los oscuros ojos fieros en su pálida tez de cairhienina, dio un fuerte cachete a Lamgwin en el brazo y lo miró ceñuda. Era su pareja, aunque no su esposa, y segunda de las tres doncellas de Faile. Perseguirían a los Shaido hasta caer muertos si era preciso y se echarían al cuello de Faile cuando la encontraran, pero sólo Lamgwin le dedicó un mínimo gesto respetuoso. Quizás de Jur Grady habría recibido más deferencia —a los Asha’man también les hacían el vacío por lo que eran, y ninguno de los dos había mostrado animosidad contra Perrin—; pero, a despecho del ruido de la gente pisoteando la nieve helada y maldiciendo cuando resbalaba, Grady seguía envuelto en las mantas, roncando, debajo de un refugio hecho con ramas de pino. Perrin pasó entre sus amigos, vecinos y sirvientes y se sintió solo. Un hombre sólo podía proclamar su fidelidad cierto tiempo antes de renunciar. El corazón de su vida se encontraba en alguna parte al nordeste. Todo volvería a la normalidad cuando la trajera de vuelta.

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