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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Obviamente, no era él. Quizá la jauría había dado la vuelta porque lo había percibido, había sentido a alguien que era ta’veren, pero Perrin dudaba que los Sabuesos del Oscuro hubieran vacilado un instante en entrar en el campamento si hubiesen ido tras él. La jauría a la que se había enfrentado tiempo atrás había entrado en la ciudad de Illian, aunque no había intentado matarlo hasta después. Sin embargo, ¿informarían los Sabuesos del Oscuro de lo que veían del mismo modo que lo hacían las ratas y los cuervos? La idea hizo que apretara las mandíbulas. Atraer la atención del Oscuro era algo que cualquier hombre en su sano juicio temía; ahora también podía interferir en su propósito de liberar a Faile. Eso le preocupaba más que cualquier otra cosa. Con todo, había formas de combatir a los Engendros de la Sombra; de combatir a los Renegados, ya puestos. Todo lo que se interpusiera entre Faile y él, ya fueran Sabuesos del Oscuro, Renegados o cualquier otra cosa, encontraría el modo de esquivarlo o atravesarlo, lo que hiciera falta. Sólo podía sentirse un máximo de miedo a un tiempo, y todo su temor estaba centrado en Faile. No había sitio para más.

Antes de llegar al punto donde había empezado el rastreo, el aire le llevó olor a hombres y caballos, penetrante en el gélido viento, y tiró de las riendas para frenar a Brioso y ponerlo a un paso lento hasta detenerse por completo. Había avistado unos cincuenta o sesenta caballos a unos cien pasos más adelante. Por fin el sol había asomado en el horizonte y empezaba a irradiar rayos oblicuos a través del dosel del bosque; se reflejaba en la nieve y mitigaba un tanto la oscuridad, aunque todavía quedaban sombras profundas, veteadas entre los esbeltos haces luminosos. Algunas de esas sombras los envolvían. La cuadrilla montada no se hallaba lejos del lugar donde había encontrado las primeras huellas de los Sabuesos del Oscuro, y divisó la capa verde de Aram y la chaqueta a rayas rojas, ropas de gitano que desentonaban con la espada sujeta a la espalda. Casi todos los jinetes llevaban yelmos ribeteados en rojo en forma de ollas, y capas oscuras sobre los petos rojos; las largas cintas rojas de las lanzas ondeaban en la brisa mientras los soldados intentaban vigilar en todas direcciones. La Principal de Mayene salía a menudo a cabalgar por la mañana con una nutrida escolta de la Guardia Alada.

Se movió para eludir un encuentro con Berelain, pero entonces vio a tres mujeres altas a pie entre los caballos, con los largos chales oscuros echados sobre las cabezas y ciñéndoles la mitad superior del cuerpo; vaciló. Las Sabias montaban a caballo cuando era preciso, aunque a regañadientes, pero caminar dos o tres kilómetros por la nieve vistiendo las pesadas faldas de lana no era razón suficiente para obligarlas a cabalgar. Casi con toda seguridad Seonid o Masuri también se encontraban en ese grupo, aunque a las Aiel parecía caerles bien Berelain por alguna razón que él no acababa de entender.

No había pensado reunirse con los jinetes, estuviera quien estuviera con ellos, pero la vacilación le costó la oportunidad de escabullirse. Una de las Sabias —le pareció que era Carelle, una mujer de cabello pelirrojo que siempre tenía una expresión desafiante en sus azules ojos— alzó la mano para señalar en su dirección y todo el grupo giró; los soldados hicieron dar media vuelta a los caballos y escudriñaron entre los árboles que los separaban, con las lanzas rematadas por un palmo largo de acero inclinadas a medias. No era probable que pudieran divisarlo claramente a través de los espacios de sombras profundas y brillantes haces de sol. Le sorprendió que la Sabia lo hubiera avistado, aunque los Aiel generalmente tenían muy buena vista.

Masuri estaba allí; era una mujer delgada, abrigada con una capa de color bronce y montada en una yegua pinta. Y también estaba Annoura, algo retrasada en su yegua castaña pero identificable por las docenas de trencillas que asomaban por la capucha. La propia Berelain —alta y hermosa de largo cabello negro y con una capa roja forrada de piel negra— montaba al frente del grupo en un castrado zaino de bonita estampa. Sin embargo, una pequeña falta menguaba la hermosura de la mujer: no era Faile. Otro fallo mayor la echaba a perder en lo concerniente a él. Se había enterado del secuestro de Faile a través de ella, así como de los contactos de Masema con los seanchan, pero casi todo el mundo en el campamento creía que se había acostado con ella la misma noche del rapto de Faile y la mujer no había hecho nada para rectificar esas habladurías. No era precisamente la clase de rumor que él pudiera pedirle que negara públicamente, pero podría haber dicho algo, indicar a sus doncellas que lo desmintieran, cualquier cosa. Por el contrario había guardado silencio mientras sus doncellas cuchicheaban como cotorras, lo que daba pábulo a la historia. En Dos Ríos, ésa era la clase de reputación que cuando se le colgaba a un hombre ya no podía quitársela de encima.

Había evitado a Berelain desde aquella noche y ahora se habría alejado incluso después de que lo hubieran visto, pero la Principal cogió una cesta con asa de aro que llevaba la doncella que la acompañaba —una mujer regordeta envuelta en una capa azul y dorada—, les dijo algo a los demás y condujo a su castrado castaño hacia él. Sola. Annoura levantó una mano y le dijo algo, pero Berelain ni siquiera miró atrás. Perrin estaba seguro de que lo seguiría fuera a donde fuese y, tal y como estaban las cosas, si se marchaba únicamente conseguiría que la gente pensara que quería estar a solas con ella. Taconeó los flancos de Brioso con la intención de reunirse con todos a pesar de lo poco que le apetecía —y que lo siguiera de vuelta al grupo si quería—, pero la mujer azuzó al caballo poniéndolo al trote, sin tener en cuenta lo accidentado del terreno y la nieve, salvó incluso una afloración rocosa de un salto, con la roja capa ondeando a su espalda, y lo interceptó a mitad de camino. Aunque a regañadientes, tuvo que admitir que era una buena amazona. No tanto como Faile, pero mejor que la mayoría.

—Tu ceño es realmente feroz. —Rió suavemente mientras se paraba delante de Brioso. Por el modo en que sujetaba las riendas, parecía dispuesta a cerrarle el paso si intentaba rodearla. ¡Esta mujer no tenía pizca de vergüenza!—. Sonríe, y así pensarán que coqueteamos. —Le tendió bruscamente el cesto—. Al menos esto debería hacerte sonreír. Me he enterado de que no has desayunado. —Encogió la nariz—. Ni te has aseado, al parecer. A tu barba tampoco le vendría mal un arreglo. Un esposo agobiado por la preocupación y un tanto desgreñado rescatando a su mujer resulta una figura romántica, pero quizá no le cause tan buena impresión si aparece como un zarrapastroso. Ninguna mujer te perdonaría que echases a perder la imagen que tiene de ti.

Repentinamente desconcertado, Perrin tomó el cesto y lo colocó sobre la alta perilla de la silla, frotándose la nariz en un gesto inconsciente. Estaba acostumbrado a ciertos efluvios de Berelain, por lo general el de una loba a la caza, cuya presa era él, pero ahora no irradiaba ese olor a acecho. Ni el más leve atisbo. Olía paciente como una roca, y divertida, con un trasfondo de miedo. Ciertamente nunca había tenido miedo de él, que Perrin recordara. ¿Y por qué tenía que ser paciente? Y, dicho fuera de paso, ¿qué le divertía? Ni un felino de montaña oliendo a cordero lo habría desconcertado más.

Con desconcierto o sin él, el estómago le resonó por los aromas que salían de la cesta tapada. Becada a la brasa, a menos que se equivocara, y pan recién hecho, todavía caliente. La harina escaseaba y el pan era tan poco habitual en la dieta como la carne. Algunos días no comía, eso era cierto, a veces porque se le olvidaba, y cuando se acordaba era una lata porque tenía que aguantar el acoso de Lini y Breane o el vacío que le hacía gente con la que había crecido, sólo para conseguir un plato de comida. Ahora, al tener alimento delante de la nariz, se le hizo la boca agua. ¿Sería desleal comer algo llevado por Berelain?

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