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Encrucijada en el crepúsculo

Электронная книга - «Encrucijada en el crepúsculo». Краткое содержание книги:

Mat Cauthon huye con la hija de las Nueve Lunas mientras la Sombra y el imperio seanchan emprenden una persecución implacable. Por su parte, las Aes Sedai sienten un inmenso flujo de Poder en un lejano paraje del oeste y temen que sea obra de los Renegados o incluso de la propia Sombra.
La heredera del Trono de Andor, rodeada de enemigos y de amigos siniestros que planean su destrucción, puede caer en manos de la Sombra y arrastrar consigo al Dragón Renacido, y Egwene al’Vere pone sitio al centro de poder Aes Sedai, pero ha de vencer con rapidez para evitar que los Asha’man sean los únicos capaces de defender el mundo del Oscuro.
Tras limpiar la mitad masculina de la Fuente Verdadera, Rand al’Thor se ve obligado a correr grandes riesgos sin saber con certeza quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos.
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Una afilada estacada de diez pasos de anchura circunvalaba el campamento, y Perrin se dirigió al borde de la sección de lanceros ghealdanos, donde se habían dejado pasos en ángulo para que los hombres montados pudieran salir, aunque Balwer y Aram tuvieron que ponerse en fila por el estrecho paso. En los de la sección de los hombres de Dos Ríos, una persona a pie habría tenido que retorcerse y girar para conseguir pasar. El borde del bosque se encontraba a poco más de un centenar de pasos, un disparo fácil para los arcos de Dos Ríos, y los enormes árboles alzaban el dosel de sus copas muy alto. Algunos eran desconocidos para Perrin, pero había pinos y olmos entre ellos, algunos de tres o cuatro pasos de grosor en la base, y robles que eran aún más grandes. Árboles de ese tamaño mataban cualquier planta que fuera más grande que la hierba y los pequeños matorrales que intentaban crecer bajo ellos, dejando amplios espacios entre medias, pero sombras más oscuras que la noche llenaban esos espacios. Era un bosque antiguo, uno que podría engullir ejércitos enteros sin dejar ni los huesos.

Balwer lo siguió todo el camino a través de las estacas antes de decidir que estaba todo lo solo que podía estar con Perrin en esos momentos.

—Es sobre los jinetes que ha enviado Masema, milord —empezó y se arrebujó en la capa al tiempo que echaba una mirada desconfiada hacia Aram, que le respondió con otra gélida.

—Sí, sé que creéis que van a ver a los Capas Blancas —dijo Perrin. Estaba ansioso por ponerse en marcha y alejarse aún más de sus amigos. Posó la mano que sostenía las riendas sobre el arzón de la silla, pero se contuvo de plantar el pie en el estribo. Brioso movió la cabeza arriba y abajo, impaciente también—. Es igualmente posible que Masema estuviera enviando mensajes a los seanchan.

—Como vos decís, milord, una posibilidad viable, por supuesto. Sin embargo, ¿puedo sugerir de nuevo que la opinión de Masema sobre las Aes Sedai es muy semejante a la de los Capas Blancas? De hecho, es idéntica. Si estuviera en su mano, no quedaría viva una sola hermana. El punto de vista seanchan es más… pragmático, si se me permite denominarlo así. Menos de acuerdo con Masema, en cualquier caso.

—Por mucho que odiéis a los Capas Blancas, maese Balwer, no son la raíz de todo el mal. Y Masema ya ha tratado con los seanchan anteriormente.

—Como digáis, milord. —El semblante de Balwer no cambió, pero el hombre apestaba a duda. Perrin no podía demostrar las reuniones de Masema con los seanchan, y contarle a cualquiera cómo se había enterado sólo incrementaría sus dificultades actuales. Eso le daba problemas a Balwer, pues era un hombre al que le gustaban las pruebas—. En cuanto a las Aes Sedai y las Sabias, milord… Las Aes Sedai siempre actúan como si creyeran que saben más que todo el mundo, excepto, quizá, otra Aes Sedai. Me parece que las Sabias son iguales.

Perrin resopló y el aliento se tornó vaho en el aire.

—Contadme algo que no sepa. Como por ejemplo, por qué Masuri querría reunirse con Masema y por qué las Sabias lo permiten. Apostaría a Brioso contra un clavo de herradura que no lo hizo sin contar antes con su permiso.

Annoura era otro cantar, pero en su caso actuaría por sí misma. No parecía probable que lo hiciera a instancias de Berelain. Ajustándose la capa sobre los hombros, Balwer echó una ojeada más allá de las hileras de afiladas estacas, hacia el campamento, a las tiendas Aiel, y estrechó los ojos como si pudiese ver a través de las paredes de lona.

—Hay muchas posibilidades, milord —repuso con irritación—. Para cualquiera que preste un juramento, todo lo que no está prohibido está permitido, y todo lo que no se ha ordenado puede pasarse por alto. Otros acometen acciones que creen que ayudarán a su señor sin pedirle permiso antes. Las Aes Sedai y las Sabias entran en una de esas categorías, al parecer; pero, tal como están las cosas, decir más sería especular.

—Podría preguntar. Las Aes Sedai no pueden mentir, y si la presiono lo suficiente Masuri podría decirme la verdad.

Balwer hizo un gesto como si de repente le doliera el estómago.

—Quizá, milord. Quizá. Lo más probable es que os respondiera algo que sonase a verdad. Las Aes Sedai tienen experiencia en eso, como ya sabéis. En cualquier caso, milord, Masuri se preguntaría cómo habíais sabido qué preguntar, y eso podría conducirla a Haviar y Nerion. En las circunstancias actuales, ¿quién sabe a quién podría contárselo? La franqueza no es siempre el mejor camino. A veces algunas cosas hay que hacerlas detrás de máscaras, por seguridad.

—Os dije que no se podía confiar en las Aes Sedai —intervino Aram bruscamente—. Os lo advertí, lord Perrin. —Enmudeció cuando Perrin levantó una mano, pero el hedor a rabia procedente del chico era tan intenso que Perrin tuvo que exhalar para limpiarse los pulmones. Una parte de él deseaba aspirar ese olor profundamente y dejar que lo consumiera.

Estudió a Balwer con atención. Si las Aes Sedai podían tergiversar la verdad hasta que uno no sabía distinguir arriba de abajo, y lo hacían, ¿hasta dónde podía confiar uno? La confianza era siempre la cuestión. Eso lo había aprendido con lecciones muy duras. Empero, controló firmemente la ira. Un martillo había que usarlo con cuidado, y él trabajaba en una forja donde un error podía arrancarle el corazón del pecho.

—¿Cambiarían las cosas si algunos de los amigos de Selande empiezan a pasar más tiempo entre los Aiel? Después de todo, quieren ser Aiel. Eso les daría una buena excusa. Y quizás alguno de ellos podría trabar amistad con Berelain y con su consejera.

—Sería posible, milord —respondió Balwer tras una ligera vacilación—. El padre de lady Medore es un Gran Señor de Tear, lo que le da suficiente rango para acercarse a la Principal de Mayene, y también una razón. Posiblemente uno o dos de los cairhieninos también tienen una posición lo bastante alta. Encontrar a los que vivan entre los Aiel será aún más fácil.

Perrin asintió. Un cuidado infinito con el martillo, por mucho que uno quisiera machacar cuanto tenía a su alcance.

—Entonces, hacedlo. Pero, maese Balwer, habéis intentado… guiarme a esto desde que Selande se marchó. De ahora en adelante, si tenéis alguna sugerencia, hacedla. Aunque diga «no» a nueve seguidas, siempre escucharé una décima. No soy un hombre inteligente, pero me presto a escuchar a la gente que sí lo es, y creo que vos lo sois. Pero no tratéis de azuzarme en la dirección que queréis que vaya. Eso no me gusta, maese Balwer.

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