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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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—Las balas de poder sacan fuego del agua —me dijo Pía.

Asentí. —Ya veo. —Yo movía los pies debajo del asiento, tratando de encontrar una base segura entre las gavillas de cañas.

Nadar con las manos atadas, incluso a la espalda, no es muy difícil; Drotte, Roche, Eata y yo practicábamos natación con los pulgares pegados a las nalgas, y yo sabía que maniatado como estaba por delante, podía permanecer largo tiempo a flote si era preciso; pero me preocupaba Pía, y le dije que se colocara lo más adelante posible.

—Pero entonces no podré desatarlo.

—Mientras nos estén vigilando no podrás nunca —susurré—. Ve adelante. Si la barca se rompe, agárrate a un haz de cañas. Seguirán flotando. No discutas.

Los hombres de la proa no la molestaron, y ella no se detuvo hasta el lugar donde un cable de juncos trenzados formaba la roda del velero. Tomé aliento y salté por la borda.

De haberlo deseado habría podido zambullirme sin rizar casi el agua, pero en cambio me apreté las rodillas contra el pecho para salpicar todo lo posible, y gracias al peso de las botas me hundí mucho más que si hubiese estado desnudo. Justamente era eso lo que me preocupaba; después de que el arquero del atamán disparara su misil, antes de la explosión había habido una clara pausa. Sabía que, además de empaparlos a ambos, tenía que haber mojado todos los proyectiles que había en el trapo aceitado; pero no estaba seguro de que se apagasen antes de que saliera a la superficie.

El agua estaba fría y se hizo más fría a medida que yo bajaba. Abriendo los ojos, vi un maravilloso color cobalto que se iba oscureciendo mientras giraba a mi alrededor. Sentí una pavorosa urgencia de sacudirme las botas; pero así hubiera vuelto a flote en seguida, y opté por llenarme la mente con el prodigio del color y el recuerdo de los cadáveres indestructibles que había visto en las montañas de desechos alrededor de las minas de Saltus: cadáveres hundiéndose por siempre en el abismo azul del tiempo.

Lentamente me volví sin esfuerzo hasta que alcancé a distinguir el casco azul de la barca del atamán suspendido más arriba. Por un momento la mancha marrón y yo parecimos congelados en nuestras posiciones; yo estaba debajo de ella como están los muertos bajo un ave carroñera que parece flotar con las alas llenas de viento sólo un poco más cerca que las estrellas inmóviles.

Luego, con los pulmones a punto de estallar, empecé a subir.

Como una señal oí la primera explosión, un estampido opaco y distante. Nadé hacia arriba como las ranas, oyendo otra explosión y otra, cada cual más aguda que la anterior.

Cuando mi cabeza rompió el agua, vi que la proa de la barca se había abierto y los haces de cañas se esparcían como pajas de escoba. A la izquierda, una explosión secundaria me ensordeció un momento y me salpicó la cara con un rocío punzante como granizo. El arquero forcejeaba no lejos de mí, pero el atamán (aferrando aún, me regocijó descubrir, TerminusEst), Pía y los otros se abrazaban a los restos de la popa, que gracias a la estabilidad de las cañas se mantenía aún a flote, aunque con el extremo inferior debajo del agua. Me roí con los dientes las cuerdas de las muñecas hasta que dos de los isleños me ayudaron a subir a su embarcación, y uno de ellos me liberó de un tajo.

XXXI — El pueblo del lago

Pasé la noche con Pía en una de las islas flotantes, donde yo, que tantas veces había entrado en Thecla estando ella desencadenada pero presa, entré en Pía mientras estaba encadenada pero libre. Después ella descansó en mi pecho y lloró de alegría; no tanto la alegría que obtuvo de mí, pienso, como la de la libertad, aunque entre sus parientes isleños, que no tenían más metal que el que conseguían comerciando o saqueando a los de la costa, no hubiera un herrero capaz de romper los grillos.

He oído decir a hombres que han conocido muchas mujeres que al fin llegan a descubrir semejanzas en la manera de amar de algunas, y por primera vez mi experiencia me decía que era cierto, pues, con esa boca hambrienta y ese cuerpo dúctil, Pía me recordó a Dorcas. Pero en cierta medida también era falso; Dorcas y Pía eran parecidas en el amor como a veces son parecidos los rostros de las hermanas, pero yo nunca las habría confundido.

Al llegar a la isla yo había estado demasiado exhausto como para poder apreciar sus maravillas, y el anochecer había sido inminente. Incluso ahora, todo lo que recuerdo es que arrastramos la barquita hasta la orilla y entramos en una choza donde uno de nuestros salvadores encendió una pequeña fogata con madera de resaca y aceitó Terminus Est, que los isleños le habían arrebatado al atamán prisionero. ¡Pero cuando Urth volvió de nuevo el rostro hacia el sol, fue extraordinario apoyar una mano en el gracioso tronco del sauce y sentir que la isla entera se mecía bajo mis pies!

Nuestros anfitriones nos prepararon pescado para el desayuno; no habíamos acabado cuando llegó un bote con otros dos isleños que traían más pescado y unas raíces que yo no había probado nunca. Los asamos en las brasas y los comimos calientes. Más que a cualquier otra cosa, se me ocurre, sabían a castañas. Llegaron tres botes más, luego una isla con cuatro árboles y unas velas cuadradas combadas por el viento y aparejadas en las ramas de cada uno, de modo que vista de lejos parecía una flotilla. El capitán era un hombre mayor, lo más cercano a un jefe que tenían los isleños. Se llamaba Llibio. Cuando Pía me lo presentó, me abrazó como los padres abrazan a los hijos, algo que nadie me había hecho antes.

Cuando nos separamos, todos los demás, Pía incluida, se alejaron para permitirnos hablar en privado si no subíamos la voz; algunos fueron a la choza y el resto (en total unos diez) al otro lado de la isla.

—He oído que eres un gran luchador, y matador de hombres —empezó Llibio.

Le respondí que efectivamente era matador de hombres, pero no grande.

—Sí, así son las cosas. Todo hombre lucha hacia atrás… para matar a otros. Pero su victoria no estriba en matar a otros sino en matar ciertas partes de sí mismo.

Para demostrar que lo comprendía, dije:

—Has de haber matado las peores partes de tu ser. Tu gente te ama.

—Ni siquiera en eso se puede confiar. —Hizo una pausa, observando el agua.— Somos pobres y pocos, y alguna gente ha escuchado a otro en estos años… —Meneó la cabeza.

—He viajado mucho, y he observado que generalmente los pobres son más juiciosos y virtuosos que los ricos.

Sonrió. —Eres amable. Pero nuestra gente es tan juiciosa y virtuosa que está preparada para morir. Nunca hemos sido muy numerosos, y el invierno pasado perecieron muchos cuando se heló buena parte del agua.

—No había pensado en lo difícil que ha de ser el invierno para tu gente, sin lana ni pieles. Pero ahora que me lo señalas, tiene que ser muy duro.

El anciano sacudió la cabeza. —Nos engrasamos, lo cual ayuda mucho, y las focas nos dan mejores capotes que los que usan en la costa. Pero cuando llega el hielo las islas no pueden moverse, y los de la costa no necesitan botes para llegar, y entonces nos atacan con todo su poder. En el verano los combatimos cuando vienen a llevarse nuestra pesca. Pero en el invierno ellos llegan por el hielo en busca de esclavos, y nos matan.

Entonces pensé en la Garra, que el atamán me había arrebatado y había enviado al castillo, y dije: —Los de tierra firme obedecen al señor del castillo. Tal vez si ustedes hicieran la paz con él, les ordenaría que dejaran de atacarlos.

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