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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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—En una época, cuando yo era joven, estas rencillas se llevaban dos o tres vidas al año. Luego llegó el constructor del castillo. ¿Conoces la historia? Negué con la cabeza.

—Venía del sur, de donde según me cuentan también vienes tú. Tenía muchas cosas que los de la costa necesitaban, como plata y telas, y muchas herramientas bien forjadas. Bajo su dirección ellos edificaron el castillo. Eran los padres y abuelos de los que ahora son el pueblo de la costa. Trabajaron para él con las herramientas, y como había prometido, les permitió conservarlas cuando se acabó el trabajo, y les dio muchas cosas más. Mientras trabajaban, el padre de mi madre fue a verlos y les preguntó si no se daban cuenta de que estaban poniéndose un señor por encima, pues el constructor del castillo podía hacer con ellos lo que se le antojara y luego retirarse detrás de los fuertes muros que ellos habían construido, donde nadie podría alcanzarlo. Ellos se rieron del padre de mi madre y dijeron que eran muchos, lo cual era cierto, y el constructor del castillo uno solo, lo cual también era cierto.

Le pregunté si alguna vez había visto al constructor, y en ese caso, cómo era.

—Una vez. Estaba sobre una roca hablando con gente de la costa cuando yo pasé en mi barca. Puedo decirte que era un hombre bajito, un hombre que si hubieras estado allí, no te habría llegado más arriba del hombro. Ningún hombre así inspira miedo. —Llibio volvió a callar, los opacos ojos puestos no en el agua sino en tiempos muy pasados.— Y sin embargo el miedo llegó. Se completó la muralla exterior, y los de la costa volvieron a su caza, su pesca y sus rebaños. Luego el principal de ellos vino a nosotros y dijo que les habíamos robado animales y niños, y que si no se los devolvíamos nos destruirían.

Llibio me miró a la cara y me agarró la mano con una de las suyas, dura como madera. En ese momento, viéndolo, vi también los años desvanecidos. En aquel entonces tienen que haber parecido harto sombríos, aunque el futuro que habían generado —el futuro en donde yo estaba sentado con él, la espada sobre el regazo, oyendo su historia— era más sombrío aún de lo que él pudiera haber imaginado. Con todo, había alegría para él en esos años; había sido un joven fuerte, y aunque tal vez no estuviera pensándolo, sus ojos recordaban.

—Les dijimos que nosotros no devorábamos niños ni necesitábamos esclavos ni teníamos pasto para los animales. Quizá ya entonces sabían que no habíamos sido nosotros, porque no vinieron a hacernos la guerra. Pero cada vez que nuestras islas se acercaban a la costa, por las noches escuchábamos los gemidos de sus mujeres.

»En esos tiempos, el día siguiente a la luna llena era día de mercado, y algunos de nosotros íbamos a la costa por sal y cuchillos. Cuando llegó el siguiente día de mercado, vimos que los de la costa sabían a dónde habían ido a parar sus niños y sus animales, y murmuraban entre ellos. Entonces les preguntamos por qué no iban al castillo y lo tomaban por asalto, pues eran muchos. Pero en vez de eso agarraron a nuestros niños, y a hombres y mujeres de todas las edades, y los encadenaron fuera de las casas para que los raptaran en lugar de su gente; y hasta los arrastraron a los portones y allí los dejaron atados.

Me atreví a preguntar cuánto hacía que pasaban esas cosas.

—Muchos años… Desde que yo era joven, ya te he dicho. A veces los de la costa lucharon. Más a menudo no. En dos ocasiones vinieron guerreros sureños, enviados por la orgullosa gente de las casas altas de la costa sur. Mientras estuvieron aquí no hubo lucha, pero no sé qué se decía entonces en el castillo. Una vez que estuvo acabado, nadie volvió a ver al constructor.

Aguardó a que yo hablara. Yo tenía la sensación, que he tenido muchas veces hablando con ancianos, de que las palabras que él decía y las que yo oía eran muy diferentes, de que en sus frases había un tropel de indicios, claves e implicaciones tan invisibles para mí como su aliento, como si el Tiempo fuese una especie de espíritu blanco que se interponía entre nosotros y con las mangas colgantes borraba lo que él decía antes de que yo llegara a oírlo.

Por fin arriesgué: —Tal vez haya muerto.

—Ahora vive allí un gigante malvado, pero nadie lo ha visto.

A duras penas pude reprimir una sonrisa. —De todos modos, yo diría que esa presencia tiene que impedir en gran medida que los de la costa ataquen el lugar.

—Hace cinco años se lanzaron sobre él de noche como pececillos sobre un muerto. Incendiaron el castillo y mataron a los que encontraron.

—Entonces ¿siguen en guerra con vosotros sólo por costumbre?

Llibio sacudió la cabeza.

—Este año, después de que se fundió la nieve, volvió la gente del castillo. Traían las manos llenas de regalos: riquezas, y las extrañas armas que tú volviste contra los de la costa. También vinieron otros, pero si son sirvientes o amos es algo que los del lago no sabemos.

—¿Del norte o del sur?

—Del cielo —dijo él, y señaló hacia donde las tenues estrellas colgaban empañadas por la majestad del sol; pensando sin embargo que sólo quería decir que los visitantes habían llegado en naves voladoras, yo no indagué más.

Todo el día continuaron llegando los habitantes del lago. Muchos venían en barcas como la que había seguido a la del atamán; pero otros prefirieron acercar sus islas para unirse a la de Llibio, y al fin nos hallamos en medio de un continente flotante. En ningún momento me pidieron directamente que comandara un ataque contra el castillo. Sin embargo, a medida que pasaba el día me fui dando cuenta de que lo deseaban, y que estaban convencidos de que en efecto los guiaría. En los libros, creo, estas cosas se hacen convencionalmente con discursos feroces; a veces la realidad es distinta. Ellos admiraban mi altura y mi espada, y Pía les había dicho que era representante del Autarca y que me habían enviado a liberarlos. Llibio dijo:

—Aunque los que más sufrimos somos nosotros, los de la costa fueron capaces de apropiarse del castillo. Ellos son más fuertes en la guerra, pero no todo lo que quemaron lo han reconstruido, y no tuvieron un jefe del sur.

Interrogué a él y a otros sobre las tierras vecinas al castillo, y les dije que no atacaríamos hasta que la noche dificultara a los centinelas advertir que nos acercábamos. Aunque no lo expresé, también quería esperar a que la oscuridad impidiera apuntar bien; si el amo del castillo le había dado balas de poder al atamán, era probable que hubiese guardado para él armas mucho más efectivas.

Cuando zarpamos, yo iba a la cabeza de unos cien guerreros, aunque la mayoría sólo tenía lanzas con punta de omóplato de foca, pachos o cuchillos. Inflaría mi amor propio escribir que yo había consentido guiar ese pequeño ejército por sentido de la responsabilidad e interés en su difícil situación, pero no sería cierto. Tampoco fui por miedo a lo que pudiesen hacerme si me negaba, aunque sospechaba que si no lo hacía con diplomacia, simulando dilaciones o ver algún beneficio en que los isleños no combatieran, podía llegar a costarme caro.

La verdad es que sentía una coerción más fuerte que la de ellos. Llibio llevaba alrededor del cuello un pez tallado en un diente; y cuando le pregunté qué era me contestó que era Oannes, y lo tapó con la mano para que yo no lo profanara con los ojos, pues sabía que yo no creía en Oannes, seguramente el dios-pez de ese pueblo.

Yo no creía, pero tenía la sensación de saber todo lo que importaba sobre Oannes. Sabía que debía vivir en las profundidades más oscuras del lago, pero que en las tormentas se lo había visto saltar entre las olas. Sabía que era el pastor de lo profundo, que llenaba las redes de los isleños, y que los asesinos no podían hacerse al agua sin miedo a que Oannes se apareciera por la borda, con los ojos como grandes lunas, a dar vuelta la barca.

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