La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #3
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7143-2
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
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Pía sacudió tanto la cabeza que el pelo negro le danzó alrededor.
—Oh, no, pero no estaría bien que comiera con usted.
—Sin embargo, noto que puedo contar bastantes costillas.
—Si lo hiciera me pegarían, Gran Maestro.
—No mientras yo esté aquí, al menos. Pero no te obligaré. De todos modos, quiero asegurarme de que no han puesto en ninguno de estos platos algo que no le daría a mi perro, si todavía lo tuviera.
Creo que el medio más apropiado sería el vino. Si se parece a la mayoría de los vinos del campo, será áspero pero dulce. —Llené hasta la mitad la copa de piedra y se la di.— Bébete esto, y si no te desplomas de un ataque, yo también probaré una gota.
Tuvo cierta dificultad en tragarlo, pero al fin lo consiguió y con ojos acuosos me devolvió la copa. Entonces me serví un poco y lo bebí, encontrándolo exactamente tan malo como esperaba.
Luego la hice sentarse a mi lado y comer uno de los pescados que ella misma había freído en aceite. Cuando lo hubo acabado, comí yo también un par. Eran tan superiores al vino como la delicada cara de ella a la del viejo atamán: recogidos ese día, estaba seguro, y en aguas mucho más frías y limpias que las de la barrosa margen inferior del Gyoll, de donde venía el pescado al que yo me había acostumbrado en la Ciudadela.
—¿Siempre encadenan a los esclavos aquí? —le pregunté mientras dividíamos los buñuelos—. ¿O tú has sido especialmente díscola, Pía?
Soy del pueblo del lago —dijo ella, como si con eso me respondiera, como sin duda habría sido el caso si yo hubiera conocido la situación local.
—Yo habría dicho que el pueblo del lago es éste. —Hice un gesto abarcando la casa del atamán y la aldea en general.
—Oh, no. Éste es el pueblo de la costa. Nuestro pueblo vive en el lago, en las islas. Pero a veces el viento empuja las islas hasta aquí, y Zambdas teme que yo vea mi casa y me escape nadando. La cadena es pesada, ya ve usted lo larga que es, y no me la puedo quitar. Y con el peso me ahogaría.
—A menos que encontraras un tronco que soportara el peso mientras tú te impulsas con los pies. Fingió que no me había oído. —¿Querría un poco de pato, Gran Maestro?
—Sí, pero no hasta que tú lo hayas probado, y antes de hacerlo quiero que me cuentes más sobre esas islas. ¿Dijiste que el viento las empuja hacia aquí? Confieso que nunca oí hablar de islas empujadas por el viento.
Pía miraba ávidamente el pato, que en aquella parte del mundo tenía que ser una delicadeza.
—He oído que hay islas que no se mueven. Ha de ser muy fastidioso, supongo, y yo nunca he visto ninguna. Nuestras islas viajan de un lugar a otro, y a veces ponemos velas en los árboles para que vayan más rápido. Pero no navegan muy bien en el viento, porque no tienen el fondo listo, como el de los barcos, sino bobo como el fondo de las bañeras, y a veces se dan vuelta.
—Algún día quiero conocer tus islas, Pía. También quiero hacerte volver a ellas, ya que se diría que es adonde tú quieres ir. Como le debo algo a un hombre que se llamaba casi como tú, intentaré hacerlo antes de marcharme. Mientras tanto, te conviene fortalecerte con un poco de este pato.
Tomó un trozo, y después de haber tragado unos bocados se puso a arrancar tiras que me daba en la boca con los dedos. Estaba muy bueno, tan caliente que aún humeaba e imbuido de un delicado sabor que recordaba al perejil, proveniente acaso de alguna planta acuática de la que esas aves se alimentaban; pero también era fuerte y algo grasoso, y después de acabar la mayor parte de un muslo comí unos pocos bocados de ensalada para limpiarme el paladar.
Creo que luego comí algo más de pato, y entonces me llamó la atención un movimiento en el fuego. Un fragmento de madera casi consumida e incandescente había caído de los leños a las cenizas que había bajo la parrilla, pero en vez de quedarse allí, apagándose hasta ennegrecer, pareció avivarse, y en seguida se transformó en Roche, Roche con el feroz pelo rojo convertido en verdaderas llamas, Roche con una antorcha en la mano, como cuando éramos muchachos e íbamos a nadar a la cisterna, debajo del Torreón de la Campana.
Tan extraordinario resultaba verlo allí, reducido a un micromorfo resplandeciente, que me volví hacia Pía para señalárselo. Al parecer ella no había visto nada; pero subido a su hombro, no más alto que mi pulgar, medio escondido por el ondulante pelo negro, estaba Drotte. Cuando intenté contárselo a ella, me oí hablar en una nueva lengua, siseando, gruñendo y chasqueando. Nada de esto me produjo miedo, sólo un desapegado asombro. Comprendía que lo que estaba hablando no era lenguaje humano, y observaba la horrorizada expresión del rostro de Pía como si estuviera contemplando una pintura antigua en la galería del viejo Rudisind, en la Ciudadela; sin embargo, no podía transformar mis ruidos en palabras, ni tampoco frenarlos. Pía lanzó un grito.
La puerta se abrió de golpe. Hacía tanto que estaba cerrada, que yo casi había olvidado que no se le podía echar llave; el caso es que ahora estaba abierta, y en el umbral había dos figuras. Al abrirse la puerta habían sido hombres, hombres con las caras reemplazadas por retazos de piel tan suave como la del lomo de las nutrias, pero hombres de todos modos. Un instante más tarde se habían vuelto plantas, altos tallos de viridiana de los cuales brotaban las afiladísimas hojas del averno, de extraños ángulos. Entre ellas se escondían arañas: negras, blandas, de muchas patas. Traté de levantarme de la silla, y saltaron hacia mí arrastrando hilos de gasa que brillaron a la luz del fuego. Sólo tuve tiempo de ver y recordar la cara de Pía, con los ojos dilatados y la delicada boca helada en un círculo de horror, antes de que una Peregrina con pico de acero se encorvara para arrancarme la Garra del cuello.
XXIX — La barca del atamán
Después de aquello estuve encerrado a oscuras durante lo que más tarde supe que había sido toda la noche y la mayor parte de la mañana siguiente. Pero aunque el lugar era oscuro, al principio no lo fue para mí, pues mis alucinaciones no necesitaban vela alguna. Todavía puedo recordarlas, como puedo recordar todo; pero no te aburriré con el catálogo entero de fantasmas, mi remoto lector, aunque describirlos sería harto fácil. Lo que no es fácil es la tarea de expresar mis sentimientos respecto a ellos.
Me habría aliviado mucho creer que en cierto modo estaban todos contenidos en la droga que había tragado (que no era otra cosa, como me figuré entonces y supe más tarde, cuando pude interrogar a los que atendían a los heridos del ejército del Autarca, que las setas picadas de la ensalada), del mismo modo que los pensamientos de Thecla y la personalidad de Thecla, reconfortantes unas veces y otras perturbadores, estaban contenidos en el fragmento de su carne que yo había comido en el banquete de Vodalus. Pero yo sabía que eso no era posible, que todas las cosas que estaba viendo, algunas divertidas, otras horribles y terroríficas, otras meramente grotescas, eran productos de mi propia mente. O de la de Thecla, que ahora era parte de la mía.
O mejor, como empecé a comprender allí a oscuras mientras miraba un desfile de mujeres de la corte —exultantes inmensamente altas y con una enhiesta gracia de porcelanas costosas, la tez maquillada con polvo de perlas o diamantes y los ojos agrandados, como los de Thecla, por la aplicación en la infancia de minúsculas dosis de ciertos venenos—, productos mentales que existían ahora en la combinación de las mentes que habían sido de ella y mía.
Severian, el aprendiz que yo había sido, el joven que había nadado bajo el Torreón de la Campana, y que una vez había estado a punto de ahogarse en el Gyoll, que en días de verano había vagado por la necrópolis en ruinas, que en el nadir de la desesperación le había entregado a la Chateleine Thecla el cuchillo robado, había desaparecido.