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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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Mientras yo hablaba los ojos del atamán se habían vuelto cada vez más redondos, y a la mención de la Casa Absoluta, que indudablemente en su aldea era apenas un lejanísimo rumor, parecieron salírsele de las órbitas. Intentó murmurar algo sobre el ganado (presumiblemente que a esa altura no alcanzaba a proporcionar mantequilla), pero yo lo despedí con una seña y luego lo agarré del pescuezo por no haber cerrado la puerta.

Cuando se marchó, me arriesgué a quitarme las botas. Nunca conviene aflojarse delante de los prisioneros (y ahora él y su aldea eran míos, pensé, aunque no estuvieran recluidos), pero tenía la certeza de que nadie se atrevería a entrar en la habitación hasta que hubiera alguna comida lista. Acabé de limpiar y aceitar TerminusEst y le pasé la piedra de amolar lo suficiente para restaurarle los filos.

Hecho esto, saqué mi otro tesoro (aunque en realidad no era mío) de su bolsa y lo examiné a la luz del punzante fuego del atamán. Desde que había abandonado Thrax, ya no me oprimía el pecho como un dedo de hierro; durante el vagabundeo por las montañas, en ocasiones había llegado a olvidar durante horas que la llevaba encima, y una o dos veces, al recordarla finalmente, la había aferrado con terror pensando que la había perdido. En la habitación cuadrada y de techo bajo del atamán, donde las redondeadas piedras de las paredes parecían calentarse las panzas como burgueses, no relumbraba como en la choza del muchacho tuerto; pero tampoco estaba tan inerte como cuando se la había mostrado a Tifón. Ahora parecía relucir, y casi habría podido imaginar que su energía se reflejaba en mi rostro. En el centro, la marca con forma de media luna nunca había sido tan nítida, y aunque estaba oscuro, emitía un punto luminoso como una estrella.

Por fin guardé la gema, algo avergonzado de haber jugado con algo tan significativo como si fuera una chuchería. Saqué el libro marrón, y de haber podido lo habría leído; pero aunque al parecer ya no tenía fiebre, aún estaba muy fatigado, y al parpadeo del fuego las intrincadas y anticuadas letras bailaban en las páginas y pronto me vencieron los ojos, de modo que la historia que estaba leyendo parecía a veces un mero sinsentido, y otras referirse a mis propias preocupaciones: viajes inacabables, la crueldad de las muchedumbres, ríos teñidos de sangre. Una vez creí leer el nombre de Agia, pero cuando volví a fijarme era la palabra agua: «.,. Un rastro de agua que se perdía a los saltos retorciéndose entre las columnas del caparazón…».

La página se presentaba luminosa pero indescifrable, como el reflejo de un espejo visto en un estanque sereno. Cerré el libro y lo devolví a la alforja, dudando de haber visto alguna de las palabras que un instante atrás había leído. Sin duda Agia debía de haberse escapado por el techo de paja de la casa de Casdoe. Ciertamente era retorcida, porque había hecho pasar la ejecución de Agilus por un asesinato. Se dice que la gran tortuga que según el mito sostiene el mundo y por ende corporiza la galaxia, sin cuyo orden turbulento seríamos un solitario vagabundo del espacio, reveló en otro tiempo la Norma Universal, perdida desde entonces, por la cual siempre se podría estar seguro de actuar correctamente. El caparazón representaba el cuenco del cielo; el plastrón, las llanuras de todos los mundos. Las columnas del caparazón serían entonces los ejércitos del Teologúmenon, terrible y centelleante…

Sin embargo, yo dudaba de haber leído algo de esto, y cuando volví a sacar el libro no encontré la página por mucho que lo intenté. Aunque sabía que la confusión se debía simplemente a la fatiga, el hambre y la luz, sentí el miedo que en muchas ocasiones de mi vida me ha invadido cuando algún incidente nimio me alerta sobre una incipiente locura. Contemplando el fuego, me parecía más posible de lo que hubiera querido creer que algún día, a causa tal vez de un golpe en la cabeza, o por algún motivo imperceptible, mi imaginación y mi razón pudieran intercambiar sus lugares, tal como dos amigos que ocupan cada día los mismos asientos de un parque público, deciden al fin cambiarlos por ganas de novedad. Entonces vería los fantasmas de mi mente como en la realidad, y sólo percibiría la gente y las cosas del mundo real de ese modo tenue en que vislumbramos nuestros miedos y ambiciones. Incluidos en este punto de mi relato, estos pensamientos han de parecer premonitorios; sólo puedo excusarlos diciendo que atormentado como estoy por mis recuerdos, he meditado de la misma manera muy a menudo.

Un débil golpe a la puerta terminó con mi morboso ensueño. Me puse las botas y exclamé: —¡Adelante!

Una persona que se cuidó mucho de no mostrarse a mi vista, aunque estoy bastante seguro de que era el atamán, empujó la puerta; y entró una joven con una bandeja de metal cargada de platos. Sólo cuando la hubo apoyado me di cuenta de que estaba totalmente desnuda, salvo por lo que al principio tomé por joyas toscas, y sólo cuando se inclinó, llevándose las manos a la cabeza a la manera norteña, vi que las bandas tenuemente brillantes que llevaba en las muñecas, y que me habían parecido brazaletes, eran grillos de acero blando unidos por una larga cadena.

—Su cena, Gran Maestro —dijo, y retrocedió hacia la puerta hasta que vi cómo la carne de los muslos redondos se achataba contra la madera. Con una mano intentó levantar el cerrojo; pero, aunque oí el leve traqueteo, la puerta no cedió. Era obvio que el que la había hecho entrar en la habitación mantenía la puerta cerrada desde afuera.

—Tiene un olor delicioso —dije yo—. ¿Lo has cocinado tú?

—Algunas cosas. El pescado y los buñuelos.

Me levanté, y apoyando TerminusEst contra la tosca mampostería de la pared para no asustar a la muchacha, fui a examinar la comida: un pato joven cortado en cuartos y asado, el pescado que ella había dicho, los buñuelos (que resultarían ser de harina de anea con mejillones molidos), patatas cocidas a la brasa y una ensalada de setas y legumbres.

—Nada de pan —dije—. Nada de miel ni de mantequilla. Esto se va a saber.

—Esperábamos, Gran Maestro, que los buñuelos fueran aceptables.

—Comprendo que no es culpa tuya.

Había pasado mucho tiempo desde que yaciera con Cyriaca, y había intentado no mirar a esa esclava, pero de pronto lo hice. El largo pelo negro le caía hasta la cintura y la piel era casi del color de la bandeja que sostenía en las manos; pero tenía el talle esbelto, algo bastante raro en las mujeres autóctonas, y el rostro pícaro y hasta un poco afilado. Con toda su hermosa piel y sus pecas, Agia tenía mejillas mucho más anchas.

—Gracias, Gran Maestro. Él quiere que me quede aquí a servirle mientras come. Si usted no lo desea, ha de decirle que abra la puerta y me deje salir.

—Le diré dije levantando la voz —que se aleje de la puerta y deje de oír lo que conversamos. Supongo que hablas de tu amo, ¿verdad? Del atamán de este lugar.

—Sí, de Zambdas. —¿Y tú cómo te llamas? —Pía, Gran Maestro. —¿Y cuántos años tienes, Pía?

Me lo dijo, y sonreí al descubrir que tenía exactamente la misma edad que yo.

—Ahora tienes que servirme, Pía. Me sentaré aquí, frente al fuego, donde estaba antes de que entraras, y ya puedes traerme la comida. ¿Alguna vez has atendido una mesa?

—Oh, sí, Gran Maestro. Sirvo todas las comidas. —Entonces has de saber lo que haces. ¿Qué recomiendas primero? ¿El pescado?

La muchacha asintió.

—Pues tráeme eso, y el vino, y algunos de tus buñuelos. ¿Tú has comido?

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