La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Серия: El libro del Sol Nuevo #3
- Год: 1993
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7143-2
- Переводчик: Marcelo Cohen
- Жанр: Фэнтези
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Yo no creía en Oannes ni le tenía miedo. Pero sabía, pensé, cuál era su origen; sabía que en el universo hay una potencia que lo penetra todo, y de la cual cada una de las otras es una sombra. Sabía que en último análisis mi concepción de esa potencia era tan risible (y tan seria) como Oannes. Sabía que a ella pertenecía la Garra, y sentía que únicamente de la Garra sabía eso, únicamente de la Garra entre todos los altares y vestiduras del mundo. La había tenido muchas veces en la mano, la había alzado por encima de mí en la Víncula, había tocado con ella al ulano del Autarca, y a la chica enferma de la choza de Thrax. Había poseído el infinito, y había esgrimido su poder; ya no estaba seguro de que fuera a devolvérsela mansamente a las Peregrinas, si es que algún día las encontraba, pero sabía con certeza que no la perdería mansamente a manos de algún otro.
Además, me parecía que en cierto modo había sido elegido para ostentar —aunque sólo fuera por un breve lapso— ese poder. Las Peregrinas lo habían perdido por culpa de una irresponsabilidad mía: permitir que Agia incitara al conductor a correr una carrera; de modo que había sido mi deber cuidarlo, y usarlo, y acaso devolverlo, y sin duda lo era rescatarlo de las manos, manos monstruosas por todo lo que sabía, en las que había caído ahora debido a mi negligencia.
No había pensado, cuando empecé este relato de mi vida, revelar ninguno de los secretos de nuestro gremio que el maestro Palaemon y el maestro Gurloes me impartieron justo antes de ser ascendido, en la fiesta de Sacra Katharine, al grado de oficial. Pero ahora diré uno, porque sin conocerlo es imposible comprender lo que hice esa noche en el lago Diuturna. Y el secreto es simplemente que los torturadores obedecemos. En todo el empinado orden del cuerpo político, la pirámide de vidas inmensamente más alta que cualquier torre material, más alta que el Torreón de la Campana, más alta que el monte Tifón, la pirámide que se extiende desde el Autarca sentado en el Trono del Fénix hasta el más humilde empleado que desentierra cosas para el mercader más infame —una criatura inferior al último de los mendigos—, nosotros somos la única piedra sólida. Nadie obedece realmente a menos que por obediencia haga lo impensable; nadie hace lo impensable salvo nosotros.
¿Cómo podía rehusar al Increado lo que voluntariamente le había dado al Autarca cuando decapité a Katharine?
XXXII — Hacia el castillo
Las otras islas se habían separado, y aunque entre ellas se movían las barcas y las velas iban totalmente desplegadas contra las ramas, no pude sino sentir que estábamos inmóviles bajo las nubes presurosas, y que nuestro movimiento sólo era la última ilusión de una tierra que se ahogaba.
Muchas de las islas flotantes que yo había visto aquel día permanecían en la retaguardia como refugios de mujeres y niños. Quedaba media docena, y yo iba en lo mas alto de la de Llibio, la mayor de las seis. Además del anciano y de mí, transportaba siete combatientes. Las otras islas llevaban cuatro o cinco cada una. Además de las islas teníamos treinta barcas, cada una con dos o tres tripulantes.
Yo no me engañaba pensando que nuestros cien hombres, con sus cuchillos y arpones, constituyeran una fuerza formidable; un puñado de dimarchi de Abdiesus los habrían dispersado como paja suelta. Pero eran mis seguidores, y conducir hombres a la batalla es un sentimiento incomparable.
En las aguas del lago no se veía un solo destello, salvo la verde luz refleja que derramaba la miríada de hojas del Bosque de Lune, a unas cincuenta mil leguas de distancia. Esas aguas me hacían pensar en el acero pulido y aceitado. El débil viento las movía en largas olas sin espuma, como colinas de metal.
Al cabo de un rato una nube oscureció la luna, y me pregunté brevemente si la gente del lago no perdería el rumbo en la oscuridad. Sin embargo, y por la forma en que manejaban sus veleros habría podido ser una noche de luna llena, y aunque a menudo barcas e islas se acercaban mucho, ni por un momento en todo ese viaje advertí el menor peligro de que dos de ellas chocaran.
Ser transportado de esa forma, a oscuras y bajo las estrellas, en medio de mi propio archipiélago, sin otro ruido que el murmullo del viento y el chapoteo de los remos que se alzaban y caían con la regularidad de un tictac, sin sentir más movimiento que el que transmitía la suave hinchazón de las olas, podría haber sido calmante y hasta soporífero, pues, por más que antes de partir yo había dormido un poco, aún estaba cansado; pero el frescor del aire nocturno y la idea de lo que íbamos a hacer me mantenían despierto.
Ni Llibio ni ningún otro isleño había podido darme más que una vaguísima información sobre el interior del castillo que íbamos a asaltar. Había un edificio principal y una muralla. No tenía idea de si el edificio principal era una verdadera defensa; es decir, una torre fortificada lo suficientemente alta como para dominar la muralla. Tampoco sabía si además del principal había otros edificios (una atalaya, por ejemplo), ni si la muralla estaba reforzada con torres y torretas, ni cuántos defensores podía tener. El castillo había sido construido en dos o tres años con trabajo nativo; por lo tanto no podía ser tan formidable como, digamos, el de Acies; pero un lugar con la cuarta parte de la solidez de Acies nos habría resultado inexpugnable.
Yo tenía aguda conciencia de lo poco idóneo que era para guiar una expedición así. En mi vida había visto siquiera una batalla, y mucho menos participado en ella. Mis conocimientos de arquitectura militar provenían de mi crianza en la Ciudadela y de paseos ocasionales entre las fortificaciones de Thrax, y lo que sabía —o creía saber— de táctica estaba entresacado de lecturas esporádicas. Recordé cuánto había jugado de chico en la necrópolis, librando allí escaramuzas imaginarias con espadas de madera, y la idea casi me puso físicamente enfermo. No porque temiera mucho por mi vida, sino porque sabía que un error mío podía traer la muerte a la mayoría de aquellos hombres inocentes e ignorantes que buscaban a un guía en mí.
Brevemente volvió a brillar la luna, cruzada por las siluetas negras de una bandada de cigüeñas. Vi, en el horizonte, la línea de la costa como una banda de noche más oscura. Una nueva masa de nubes apagó la luz, y me cayó una gota de agua en la cara. Me hizo sentir alegre de repente, sin saber por qué; la razón, sin duda, era que inconscientemente había recordado la lluvia que caía en la noche de mi pelea con el alzabo. A lo mejor también pensaba en el agua helada que vomitaba la boca de la mina de los hombres- mono.
Pero dejando aparte asociaciones casuales, ciertamente la lluvia podía ser una bendición. No teníamos arcos, y si a los de nuestros enemigos se les mo jaban las cuerdas, tanto mejor para nosotros. Sin duda, así les sería imposible usar las balas de poder que había disparado el arquero del atamán. Además, la lluvia favorecería un ataque por sorpresa, y ya hacía rato que yo había resuelto que sólo por sorpresa podíamos tener esperanzas de atacar con éxito.
Estaba absorto en mis planes cuando las nubes se abrieron de nuevo y vi que navegábamos paralelamente a la costa, que se elevaba en acantilados a nuestra derecha. Adelante, una península de rocas aún más altas se incrustaba en el lago, y fui hasta la punta de la isla a preguntarle al hombre destacado allí si era sobre ella donde estaba el castillo. El hombre sacudió la cabeza y dijo: —Vamos a virar.
Eso hicimos. Aflojamos todas las velas y volvimos a atarlas sobre otras ramas. Por un lado de la isla bajamos al agua unas orzas cargadas con piedras, mientras tres hombres se esforzaban con la caña para torcer el timón. De pronto tuve la idea de que, muy astutamente, Llibio debía de haber ordenado la recalada para hurtarnos a la vista de algún observador que pudiera estar vigilando el lago. Si era así, cuando ya no quedara la península entre el castillo y nuestra pequeña flota, seguiríamos estando en peligro de que nos viesen. También se me ocurrió que si el constructor del castillo no había elegido el alto espolón rocoso que ahora íbamos bordeando, y que parecía casi invulnerable, tal vez fuese porque había encontrado un lugar todavía más seguro.