Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » ¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]
¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]

Электронная книга - «¡Guardias! ¿Guardias? [Guards! Guards! - es]». Краткое содержание книги:

En esta nueva e hilarante entrega de Mundodisco, Terry Pratchett nos presenta a un nuevo grupo de personajes que viven en Ankh-Morpork. Bueno, viven..., digamos que moran o habitan, que ya se sabe que en Ankh-Morpork el único que vive es el patricio… La guardia (turno de noche) está formada por un grupo de hombres rudos, con alguna debilidad de carácter, de acuerdo, que se entregan con aplomo a su trabajo y hacen frente sin temor a un cúmulo de situaciones peligrosas.
Pese a algunos contratiempos, los miembros de la guardia (turno de noche) se las venían apañando para mantener la ley y el orden… Hasta que empezaron los problemas… Varios a la vez.
El primero, de carácter interno, lo constituyó la llegada del joven Zanahoria. Había algo muy extraño en ese chico, y no era sólo su estatura o el hecho de que se hubiese ofrecido voluntario… Tenía una extraña fijación con las ordenanzas, y no sólo parecía sabérselas de memoria sino que se empeñaba en hacerlas cumplir al pie de la letra. Así, un buen día detiene al ilustre presidente del Gremio de Ladrones acusándole de ser, eso, el presidente del Gremio de Ladrones…
Por si fuera poco, Ankh-Morpork empieza a sufrir los ataques de un dragón que nadie sabe de dónde puede haber salido, pues esos feroces e inteligentes animales se creían extinguidos desde hacía muchísimo tiempo. (No, la variedad doméstica de dragones del pantano no puede tenerse en cuenta aquí.) Lo peor del caso es que no parece haber ningún héroe a mano que pueda encargarse del dragón, y ¿a quién le va a tocar hacerse cargo de la situación…?
1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 81
Перейти на страницу:

—¿Sí? —lo alentó Vimes.

—Pues el caso es que Nobby le preguntó que si quería algo asado, y entonces el tipo ese pegó un grito y salió corriendo.

—¿Nada más? —se extrañó Vimes—. ¿No le amenazasteis con nada?

—Eso fue todo, capitán. A mí también me parece un misterio. No dejaba de hablar sobre alguien llamado Gran Maestro Supremo.

—Mmm. —Vimes miró por la ventana. Una penumbra gris envolvía el mundo—. ¿Qué hora es?

—preguntó.

—Las cinco, señor.

—Perfecto. Bueno, antes de que oscurezca… Colon carraspeó.

—De la mañana, señor. Ya es mañana.

—¿Me habéis dejado dormir todo el día?

—No tuvimos valor para despertarte. El dragón no ha dado señales de vida, si es eso lo que te preocupa. La verdad es que no ha pasado nada.

Vimes se lo quedó mirando. Luego, abrió la ventana de par en par.

La niebla entró como una catarata de bordes amarillentos.

—Suponemos que se habrá marchado —dijo Colon, detrás de él.

El capitán alzó la vista hacia las espesas nubes.

—Espero que se despejen antes de la coronación —siguió Colon con voz preocupada—. ¿Estás bien, capitán?

No se ha marchado, pensó Vimes. ¿Por qué iba a marcharse? No podemos hacerle daño, y aquí tiene todo lo que puede querer. Está ahí arriba, en alguna parte.

—¿Estás bien, capitán? —repitió Colon.

Tiene que estar ahí arriba, en alguna parte, entre la niebla. Hay montones de torres tras las que ocultarse.

—¿A qué hora es la coronación, sargento?

—Al mediodía, señor. Y el señor Wonse envió un mensaje, dice que tienes que estar con tu mejor armadura entre los ciudadanos destacados.

—Ah, ¿sí?

—Y el sargento Hummock dice que la guardia de día formará a lo largo de la ruta.

—¿Cómo? —replicó Vimes vagamente, mirando el cielo.

—Pues poniéndose firmes, supongo…

El capitán asomó la cabeza para ver mejor el tejado.

—¿Mmm?

—He dicho que poniéndose firmes, señor —repitió el sargento Colon.

—Está ahí arriba, sargento —dijo Vimes—. Prácticamente puedo olerlo.

—Sí, señor —asintió Colon, obediente.

—Está decidiendo lo que va a hacer.

—¿Sí, señor?

—Tienen inteligencia, ¿sabes? Lo que pasa es que no piensan como nosotros.

—Sí, señor.

—Así que al cuerno con lo de formar a lo largo de la ruta. Quiero que vosotros tres estéis en los tejados, ¿comprendido?

—Sí, se… ¿qué?

—En los tejados. En los más altos. Cuando aparezca, quiero que seamos los primeros en saberlo.

Colon trató de indicar con la expresión de su rostro que él no.

¿Crees que es buena idea, capitán? —aventuró. Vimes lo miró.

—Sí, sargento, lo creo. Es una idea mía —dijo fríamente—. Ahora, ve a encargarte de todo.

Cuando se quedó solo, Vimes se lavó y se afeitó con agua fría, y luego buscó en su baúl de campaña hasta desenterrar la armadura ceremonial y la capa roja. Bueno, la capa había sido roja en el pasado, y aún lo era, en ciertos puntos, aunque la mayor parte de ella parecía una red diseñada para atrapar polillas que cumpliera perfectamente con su cometido. También había un casco, desafiante sin plumas, del que hacía tiempo que había desaparecido el chapado de oro del espesor de una molécula.

Recordaba haber empezado a ahorrar para una capa nueva. ¿Qué había pasado con el dinero?

En la sala de la guardia no quedaba nadie. Errol descansaba entre los restos del cuarto cajón de fruta que Nobby había rescatado de un basurero para él. Lo que faltaba se lo había comido, o lo había disuelto.

En el cálido silencio, los sempiternos rugidos de su estómago sonaban aún más fuertes. De cuando en cuando, gimoteaba.

Vimes le rascó tras las orejas distraídamente.

—¿Qué te pasa, muchacho? —preguntó.

La puerta se abrió con un crujido. Zanahoria entró, vio a Vimes acuclillado ante los restos de la caja, y saludó.

—Estamos un poco preocupados por él, capitán —le informó—. No se ha comido el carbón. Se limita a estar ahí tumbado, temblando y lloriqueando todo el rato. ¿Cree que le sucede algo raro?

—Es posible —asintió Vimes—. Pero es normal que a los dragones les sucedan cosas raras. Al final se les pasa, de una manera u otra.

Errol le dirigió una mirada triste, y volvió a cerrar los ojos. Vimes le echó la zarrapastrosa manta por encima.

Se oyó un pitido. Buscó tras el cuerpecito tembloroso del dragón, y sacó un pequeño hipopótamo de goma. Lo miró, sorprendido, y le dio un par de apretones experimentales.

—Pensé que a Errol le gustaría jugar con algo, capitán —explicó Zanahoria, algo avergonzado.

—¿Le has comprado un juguete?

—Sí, señor.

—Qué amable por tu parte.

Vimes esperaba que Zanahoria no hubiera visto la pelotita de goma escondida tras la caja. Le había costado bastante cara.

Los dejó a los dos en la habitación y salió al mundo exterior.

Había aún más gente que de costumbre. Los ciudadanos empezaban a arremolinarse en las aceras de las calles principales, aunque aún tendrían que esperar varias horas. Aquello era deprimente.

Sintió apetito, y por una vez supo que para satisfacerlo le haría falta algo más que un par de copas. Fue a desayunar a la Casa de la Carne Harga, adonde iba desde hacía años, y se llevó otra sorpresa desagradable. Por lo general, allí la única decoración aparecía en el chaleco de Sham Harga, y la comida era buena y sólida para una mañana fría, todo calorías, grasas, proteínas y quizá alguna vitamina lloriqueando porque estaba muy sola. Ahora la sala estaba llena de cadenetas de papel trabajosamente confeccionadas, y tuvo que enfrentarse a un menú en el que las palabras «Coronación» y «Real» aparecían en cada línea errática.

Vimes señaló débilmente la primera parte.

—¿Qué es esto? —quiso saber.

Harga miró la pizarra. Estaban solos en la taberna.

—Dice «Por designio del rey», capitán —respondió, orgulloso.

—¿Qué quiere decir?

Harga se rascó la cabeza con un tenedor.

—Quiere decir que, si el rey entra aquí, le gustará —explicó.

—¿Hay algo que no sea demasiado aristocrático para que me lo coma yo? —preguntó Vimes con amargura.

Se decidió por una rebanada de plebeyo pan y un proletario filete tan poco hecho que aún se oían sus mugidos. Comió en la barra.

Un vago sonido de arañazos interrumpió su hilo de pensamientos.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó. Harga alzó la vista de su trabajo tras la barra, con gesto culpable.

—Nada, capitán —respondió.

Intentó ocultar las pruebas tras él cuando Vimes se inclinó para ver por encima de la rayada barra de madera.

—Vamos, Sham. Me lo puedes enseñar.

—Sólo estaba rascando la grasa de la sartén —murmuró el otro.

—Ya. Oye, Sham, ¿cuánto tiempo hace que nos conocemos? —preguntó Vimes con terrible amabilidad.

—Años, capitán —respondió Harga—. Vienes aquí cada día, sin falta. Eres uno de mis mejores clientes.

Vimes se inclinó sobre la barra hasta que su nariz quedó a la altura del bulto aplastado en medio del rostro del tabernero.

—Y en todo ese tiempo, ¿has cambiado alguna vez la grasa de la sartén? —exigió saber. Harga trató de retroceder.

—Bueno…

—Esa grasa ha sido como una amiga para mí —dijo Vimes—. Tiene trocitos negros que he llegado a conocer y a amar. Es un alimento por mérito propio. Y también has limpiado la jarra de café, ¿verdad? Lo sé. Esto es un café novato, sin experiencia. El otro café tenía personalidad.

1 ... 46 47 48 49 50 51 52 53 54 ... 81
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)